Diego Macera ha puesto sobre la mesa un tema crucial: la abrupta caída de la natalidad. Hoy las peruanas tienen en promedio 1,7 hijos, lo que implica que hacia el 2040 el Perú alcanzaría su pico poblacional (36 millones), cuando los mayores de 60 superarían a los menores de 15. La caída en la fertilidad tiene un impacto directo en la posibilidad de un país de crecer y desarrollarse. Cuando la mayoría de la población está en edad de trabajar y la proporción de personas dependientes, como niños y adultos mayores, es relativamente menor, surge lo que se conoce como el bono demográfico. Al tener más trabajadores, más capacidad productiva, mayor potencial de ahorro e inversión, tiene, por tanto, mejores condiciones para acelerar su crecimiento económico y reducir pobreza.
Pero el bono demográfico solo se materializa cuando existen educación y empleos de calidad, acceso a sistemas de salud eficientes y condiciones que permitan a los jóvenes incorporarse productivamente a la economía. En el Perú, estas condiciones no se dieron. Por ello, pese a que en las últimas décadas atravesamos una etapa favorable, con una alta proporción de población en edad de trabajar, no supimos aprovecharla. Si solo 19 de cada 100 estudiantes de segundo de secundaria comprenden lo que lee, será difícil que los demás se conviertan en trabajadores altamente productivos y, por tanto, puedan ser absorbidos por el mercado formal, quedando atrapados en la informalidad, el desempleo o la migración. Aún tenemos 15 años para intentar aprovecharla, porque será mucho más difícil alcanzar un crecimiento económico significativo con una menor población en edad de trabajar. Si cada vez habrá proporcionalmente menos trabajadores, deberíamos concentrarnos en incorporar el talento que hoy permanece fuera de la economía formal. Y allí aparece una de las mayores reservas de productividad desaprovechadas del Perú: las mujeres.
Una de las principales razones detrás de la caída de la natalidad es que hoy las mujeres acumulan muchos más años de escolaridad. En el Perú, el 54% de los egresados universitarios son mujeres y el 62% cuenta con un trabajo remunerado. Esta creciente incorporación a la fuerza laboral ha transformado los patrones sociales. Muchas postergan la maternidad para desarrollarse profesionalmente y otras abandonan el empleo al convertirse en madres. Un estudio de las universidades de Princeton y Londres encontró que el 40% de las peruanas deja de trabajar inmediatamente después del primer hijo y que, 10 años más tarde, el 41% aún no se había reincorporado al mercado laboral. Una economía que está envejeciendo no puede darse el lujo de invertir en la educación de una mujer y después crear un sistema laboral que dificulte que esas personas permanezcan incorporadas cuando tienen hijos.
¿Cómo aprovechar el talento femenino y lograr que las mujeres puedan desarrollarse sin renunciar a la maternidad? El primer paso es cerrar la brecha salarial, que el IPE estima alcanza el 25%. Es decir, por cada S/1 que gana un trabajador, una trabajadora recibe en promedio S/0,75. Según el Banco Mundial, existen tres intervenciones clave para retener a las mujeres en la fuerza laboral: servicios de cuidado infantil asequibles, esquemas de trabajo flexible y licencias parentales compartidas. Esto es fundamental porque la mayor carga de cuidados recae sobre las mujeres. El Perú necesita elevar su productividad antes de que se cierre la ventana demográfica. En otras palabras, antes de que se nos pase el tren.


