En una entrevista publicada por El Comercio, el canciller Carlos Espá destacaba la importancia de Estados Unidos como socio comercial del Perú, a la vez que sostenía que nuestras exportaciones hacia ese país son cualitativamente más importantes que las destinadas a China, porque tienen mayor valor agregado. La afirmación merece una reflexión.
No conozco estadísticas oficiales que clasifiquen nuestras exportaciones según su “valor agregado”. Imagino que el canciller se refería principalmente a las exportaciones no tradicionales, rubro en el cual Estados Unidos es, efectivamente, nuestro principal comprador: el año pasado adquirió US$6.985 millones frente a US$1.331 millones de China. Sin embargo, cuando observamos el conjunto de nuestras exportaciones, China representó el 35,1% del total y Estados Unidos el 10,9%.
Pero vayamos al fondo del asunto. ¿Debemos considerar que un mineral o un producto agrícola tiene poco valor agregado simplemente porque no ha sido transformado industrialmente?
Pensemos en la agroexportación. Una fruta fresca peruana que llega en excelentes condiciones a los mercados más exigentes del mundo incorpora tecnología, investigación, genética, sistemas de riego, control de calidad, logística y una enorme capacidad empresarial. Todo eso es valor. Y mucho.
Lo mismo ocurre con la minería. Los concentrados producidos por una operación moderna, como Quellaveco, son el resultado de las inversiones multimillonarias, el conocimiento especializado, la automatización, los camiones autónomos, los sistemas digitales y las aplicaciones de inteligencia artificial. ¿Podemos afirmar seriamente que ese producto tiene poco valor agregado simplemente porque no ha pasado por una fundición y una refinería?
Existe una idea muy arraigada según la cual, cuanto más procesamos un producto, mayor valor generamos. No siempre es así.
Una fruta fresca de primera calidad puede valer más que la mermelada fabricada con ella. El pescado fresco puede alcanzar un precio muy superior al de la harina de pescado. Y, en determinadas condiciones de mercado, convertir un concentrado minero en metal refinado puede exigir enormes inversiones sin generar una rentabilidad que las justifique.
Construir una fundición y refinería para procesar los concentrados de Quellaveco, por ejemplo, tendría que evaluarse por su rentabilidad y competitividad, no por la idea abstracta de que necesariamente estaríamos “agregando valor”. El Perú ya conoce las consecuencias de emprender grandes inversiones bajo premisas discutibles. La modernización de la Refinería de Talara debería servirnos, por lo menos, para reflexionar antes de repetir experiencias semejantes.
La discusión, entonces, no debería ser entre materias primas y productos industrializados. Debería ser entre actividades competitivas y actividades que no lo son.
La minería convierte roca sin valor comercial en productos que el mundo demanda. La agricultura peruana ha convertido desiertos en campos altamente productivos y ha conquistado mercados para arándanos, uvas, paltas y otros productos gracias a tecnología, inversión y esfuerzo empresarial.
Eso también es valor agregado.
No necesitamos transformar por transformar. Necesitamos producir aquello en lo que podemos competir, incorporando cada vez más tecnología, conocimiento y productividad.
Porque, al final, el verdadero valor no está en cuántos procesos industriales atraviesa un producto, sino en cuánto valor económico somos capaces de crear. El Perú debe dejar de confundir valor agregado con creación de valor.


