La primera generación de republicanos apostó por el federalismo, que, en el lenguaje republicano clásico, guardaba estrecha relación con el poder municipal. El fundamento de esta apuesta partía de la noción de que en una federación “los pueblos” debían preservar tanto su autonomía política como el control de sus recursos, un hecho que, se consideraba, redundaría en el bienestar de las denominadas “patrias chicas”. En un libro pionero sobre el tema –“La descentralización en el Perú republicano, 1824-1998”–, Pedro Planas analizó en detalle una serie de intentos federalistas fallidos, cuyo objetivo fundamental fue fortalecer las instituciones locales, en lo que se creía era el más eficaz antídoto contra el caudillismo. Este terminó derrotando a una notable, aunque complicada, iniciativa republicana. Para Planas, la discusión federalista, que, como tantas otras, fue sepultada por la guerra a muerte entre facciones enfrentadas por el apetitoso botín estatal, denota la existencia de un modelo de territorialización alternativa. Ciertamente, a pesar de los enormes desafíos de la indómita geografía peruana, la propuesta previamente analizada posee dos pilares que vale la pena recordar: el fortalecimiento de la ciudadanía y la promoción de las diversas potencialidades económicas de la joven república peruana.
La república del Perú, concebida por sus teóricos como una “asociación de asociaciones” en pos del bien común, fue descrita como “un gobierno central sostenido por la concurrencia de gobiernos locales”. De lo que se trataba era de fomentar administraciones “convenientes al carácter y costumbres de los habitantes” de cada región del Perú y “a las circunstancias territoriales” que de ellas emanaban. La apuesta descentralizadora duró muy poco tiempo, ya que los caudillos de turno no solo impusieron la llamada “tramoya electoral”, sino que crearon, de la mano de sus aliados de turno, un modelo de territorialización guerrerista. Porque fue en las decenas de conflictos armados del siglo XIX de donde emergieron las provincias, distritos y departamentos del Perú republicano. En efecto, la adhesión al caudillo victorioso les permitió a decenas de localidades el acceso a la prebenda estatal que la riqueza guanera llevó a los límites de una acelerada movilidad social.
Si se tiene en consideración la avidez y desesperación de los candidatos a las próximas elecciones de noviembre, donde la transgresión de la ley mediante “sucesiones matrimoniales” o el mimetismo político es un verdadero escándalo, queda claro que la municipalidad es el nuevo botín de guerra para, salvo honrosas excepciones, los rufianes de turno. En esta nueva lucha abierta por el poder local, donde el culto a la personalidad y el sinsentido es lo que se impone, no hay más que observar los carteles de Renovación Nacional, con su horripilante muelle de plástico en la entrada de La Punta, que dando cuenta de un bombardeo mediático que se repite a lo largo y ancho del Perú. Cada localidad, hasta la más pequeña, se ha convertido en un “Far West” sin sheriff que la custodie ni santo que la ampare de la rapacidad. Lo que más duele, sin embargo, es que las armas de estas maquinarias perversas apuntan a la destrucción sistemática de una memoria local acumulada por décadas. Pienso en el crimen estético perpetrado por otro “renovador nacional” en Miraflores, sin olvidar a su cruel correligionario, responsable directo del arboricidio en el antes bello y acogedor Campo de Marte.
¿Qué hacer ante este tsunami de arrogancia y ambición desenfrenada? En una notable entrevista, Carissa Véliz, profesora de Filosofía en el Instituto de Ética de la Universidad de Oxford, nos recuerda que, luego de la Segunda Guerra Mundial, se dio un gran énfasis en los derechos y pasaron a un segundo plano los deberes ciudadanos. Y esos deberes son en esta etapa de tránsito planetario un instrumento de supervivencia. El deber revisitado como oportunidad de construir desde abajo instituciones cívicas que apunten a la humanización y al respeto por la vida, está personificado, en nuestro caso particular, por Marina Auñiz, quien, a través del Club Amigos del Árbol, que ella fundó, lidera una cruzada de recuperación de nuestro huarango milenario. Aparte de difundir su compromiso ciudadano entre los niños, Marina reimagina una territorialización basada en el cuidado, el amor y el trabajo colectivo, y por ello, desde su trinchera, ejemplifica un civismo silencioso para tiempos de muerte como los presentes.
