Hay un hombre de cincuenta y tantos años que baila con una muleta en una mano y una cerveza en la otra. La muleta le sirve de apoyo, aunque por momentos parece que también de instrumento de percusión. Se mueve como puede, que es bastante. No tiene precisamente la ligereza de un bailarín de salsa, pero tampoco parece interesado en conseguirla. Ha venido a bailar y eso es lo que hace. A su alrededor, varias parejas ensayan sus propios pasos, se abrazan, se ríen y cantan con esa confianza que solo se adquiere después de haber escuchado una misma canción durante buena parte de la vida. Una mujer le canta al oído a su acompañante. Otra levanta los brazos y cierra los ojos. Un grupo de amigos brinda. La noche apenas comienza y en el Estadio San Marcos, donde primero canta Juan Luis Guerra y luego lo hará Carlos Vives, ya no queda demasiado espacio para la timidez.
No necesita presentación
Son las ocho y media de la noche del sábado. Las tribunas están llenas. Hay una considerable cantidad de millennials, hombres y mujeres que probablemente ya vieron a Juan Luis Guerra y Carlos Vives en alguna de sus anteriores visitas a Lima. Quizá compraron entradas para otros conciertos, quizá bailaron sus canciones en discotecas que ya no existen o las escucharon en los equipos de sonido de sus padres. Algunos han llegado con sus parejas actuales; otros, con amigos que conocen desde hace veinte años. Hay una generación entera que ha crecido con estos dos músicos y que, aparentemente, no tiene ninguna intención de jubilar su repertorio.
El espectáculo “Latin Lima Dúo” tiene algo de reencuentro familiar, pero de esos en los que nadie se queda sentado y donde la conversación se sustituye por un coro multitudinario. Juan Luis Guerra y su banda 4.40 salen al escenario y la maquinaria empieza a funcionar. No hay que explicar demasiado. Suenan los primeros compases y el público reconoce inmediatamente el territorio.
“Vale la pena”, “Rosalía”, “La travesía” y “La llave de mi corazón” forman parte de ese universo musical en el que el merengue se permite sofisticaciones, el jazz se encuentra con los ritmos caribeños y la melodía conserva siempre una vocación popular. JLG no necesita levantar la voz para imponerse. Tiene una elegancia particular pulida con el tiempo y una manera de dirigir la fiesta sin parecer que está dirigiéndola. Su banda, entretanto, es una maquinaria de relojería: percusiones, metales, guitarras, voces y arreglos que explican por qué su música sigue sonando tan bien incluso cuando uno cree conocerla de memoria.
Hay un detalle que conviene recordar. Juan Luis Guerra no es solamente un cantante de éxitos bailables. Estudió composición de jazz en el Berklee College of Music de Boston y, al regresar a República Dominicana, desarrolló con 4.40 una identidad que mezcló merengue, bachata, son y otros ritmos con una formación musical poco habitual en el circuito comercial. El resultado fue una música popular de enorme elaboración. En otras palabras: uno puede estar moviendo la cintura mientras escucha a músicos extraordinariamente competentes haciendo su trabajo.
La noche también tiene sus momentos de complicidad local. Gianmarco aparece para compartir escenario con el dominicano. El encuentro despierta una reacción especial entre los asistentes. El cantautor peruano, que conoce bien la dimensión sentimental de las canciones y la relación que estas construyen con su público, se incorpora a una celebración que ya tiene sus propias reglas. No es un invitado cualquiera: es uno de los nuestros participando de una fiesta que, aunque tiene acento dominicano y colombiano, también pertenece a Lima.
JLG permanece sobre el escenario hasta aproximadamente las diez y cuarto de la noche. Se despide, pero el público no parece demasiado convencido de que esa sea la última palabra. Y tiene razón. El dominicano vuelve para regalar dos de esos momentos que justifican por sí solos una entrada.
Primero llega “Bachata Rosa”. Entonces el estadio, que hasta hace unos minutos era una enorme pista de baile, se convierte en una colección de pequeñas escenas privadas. Hay personas que cantan mirando al escenario, otras que se acercan a sus parejas y algunas que simplemente dejan de moverse. La canción, publicada en 1990 como parte del álbum del mismo nombre, tiene una historia considerable. Aquel disco vendió más de nueve millones de copias, según la biografía oficial del artista, y le dio a Guerra su primer Grammy. Pero las cifras se quedan cortas para explicar lo que sucede cuando suena en vivo.
“Bachata Rosa” no es solamente una canción romántica: es una máquina de regresar al pasado. Uno puede tener cincuenta años, treinta, veinte o los que sean, pero basta escucharla para recordar una persona, una habitación, una fiesta, una promesa o una época que probablemente ya no volverá. Más de uno tiene los ojos húmedos. No es que el concierto se haya puesto triste. Es que algunas canciones tienen la mala costumbre de abrir cajones que uno creía cerrados.
La pausa sentimental dura lo que tiene que durar. Después llega “La bilirrubina” y San Marcos vuelve a convertirse en una fiesta. Hay algo maravilloso en la manera en que Guerra puede pasar del romanticismo más delicado a una explosión de merengue sin perder un gramo de elegancia. “Me sube la bilirrubina” es uno de esos estribillos que parecen instalados en el ADN de la música popular latinoamericana. Se canta, se grita, se baila. El señor de la muleta debe estar agradecido.
Carlos Vives y el tuno de la gran Colombia
Carlos Vives tiene otra clase de energía. El colombiano trae consigo una geografía musical distinta: el acordeón, el vallenato, la tradición caribeña de Santa Marta y una mezcla de rock y pop que ayudó a llevar los sonidos tradicionales colombianos a las grandes audiencias internacionales. Cuando comenzó a desarrollar ese lenguaje con su banda La Provincia, en los años noventa, contribuyó a cambiar la manera en que el vallenato podía relacionarse con la música contemporánea.
Su repertorio es una sucesión de canciones que ya tienen vida propia. “La gota fría”, “Pa’ Mayté”, “La tierra del olvido”, “Fruta fresca”, “Volví a nacer” y “La bicicleta” pertenecen a ese cancionero que se reconoce desde los primeros acordes. Hay en ellas una mezcla de picardía, romanticismo y celebración que funciona particularmente bien en un estadio. Vives tiene la energía del músico que disfruta estar ahí, que se comunica con el público y que entiende que una presentación de esta naturaleza también debe ser una fiesta de principio a fin.
Su trayectoria supera las tres décadas. La biografía oficial del artista registra dos premios Grammy y 18 Latin Grammy, además del reconocimiento como Persona del Año de la Academia Latina de la Grabación en 2024. No son distinciones menores. Pero, por encima de los premios, Vives ha conseguido que el vallenato viaje por el continente sin perder su acento. Su música puede sonar en una celebración limeña, en una fiesta bogotana o en una reunión familiar en cualquier ciudad latinoamericana y conservar su capacidad de convocatoria.
Hay también una circunstancia reciente que hace especialmente interesante este encuentro. Juan Luis Guerra y Carlos Vives acaban de unir sus voces en “Buscando el mar”, canción incluida en El Último Disco, Vol. 1, la producción que el colombiano publicó en 2026. El tema está inspirado en el imaginario de Gabriel García Márquez y en el universo de “Cien años de soledad”. Además, conserva un significado especial para Vives, ya que incluye la última interpretación de acordeón de Egidio Cuadrado, su histórico compañero musical, fallecido en 2024.
El álbum fue concebido como un regreso a la interpretación orgánica, con los músicos tocando juntos y recuperando una forma de grabación que privilegia la ejecución colectiva. No deja de ser una declaración interesante en una industria cada vez más dominada por la producción digital. Dos artistas veteranos reivindicando el valor de tocar juntos en una época en la que muchas veces basta con tener una computadora y una buena conexión a internet.
Quizá lo más interesante de la noche no está en las biografías ni en las distinciones, sino en el público, en las parejas que se abrazan cuando aparece una bachata, en los amigos que cantan a gritos un estribillo que conocen desde la adolescencia, en los hombres que se han quitado la casaca para seguir bailando y en las mujeres que parecen haber encontrado una excelente excusa para olvidarse de la semana. Hay gente que ha venido a escuchar música y gente que ha venido a recuperar algo, aunque probablemente ambas cosas sean lo mismo.
Lima ha recibido muchas veces a Juan Luis Guerra. También conoce de sobra a Carlos Vives. Sus canciones han pasado por escenarios limeños, festivales, radios y celebraciones privadas. Uno podría preguntarse qué queda por ofrecer cuando un artista ha visitado tantas veces una ciudad. La respuesta está en San Marcos: queda la posibilidad de volver a cantar juntos. Queda la oportunidad de escuchar una canción que uno conoce desde hace décadas y descubrir que todavía puede emocionarse. Queda, sobre todo, la alegría de comprobar que el tiempo no ha conseguido convertirnos en personas demasiado serias.
El sábado, San Marcos fue una fiesta caribeña instalada en Lima. Hubo merengue, bachata, vallenato, pop, nostalgia y una buena dosis de felicidad compartida. Juan Luis Guerra y Carlos Vives han cantado tantas veces en esta ciudad que ya no necesitan presentaciones grandilocuentes. Les basta con empezar una canción para que miles de personas recuerden quiénes eran cuando la escucharon por primera vez y comprueben, de paso, que todavía saben bailarla.
Otra vez la misma cantaleta
Un día después del concierto, la Municipalidad de Lima clausuró temporalmente San Marcos por “incumplimientos de las disposiciones municipales”, decisión que, como mencionó la comuna en sus redes sociales, “responde a las observaciones detectadas durante el evento y busca proteger la tranquilidad y bienestar de elos vecinos”. Durante le tiempo de la clausura, el estadio no podráalbergar más espectáculos deportivos o musicales. Punto clave que llevó a esta decisión: el control de accesos y salidas.
Esta decisión trae a la mente lo ocurrido en 2022, un día después a un show que dio el mismo Juan Luis Guerra, aunque en el ahora fenecido Arena Perú. Una situación diferente, donde no se respetó el aforo máximo. La sobreventa terminó por suspender la segunda fecha del artista.


