Protestan por diversas razones, pero el enojo parece ser el mismo. Miles de jóvenes se han lanzado a las calles en varios países europeos –en muchos de forma violenta– con reclamos que incluyen desde mejores condiciones educativas y de vivienda hasta más políticas anticorrupción. Es una revolución que, aunque está lejos de ser homogénea, ha puesto el foco en la generación Z, aquella integrada por jóvenes nacidos entre 1997 y el 2012, y que en su mayoría afirma haber heredado un mundo “roto”, en el que tener una vida digna es casi una ilusión.
Francia se convirtió hace una semana en el epicentro de ese hartazgo. Lo que comenzó como un movimiento estudiantil que demandaba medidas contra la falta de recursos y la escasez de maestros en las escuelas pronto sumó a universitarios y jóvenes que denuncian la crisis de la vivienda y la precariedad económica y laboral. La mecha terminó extendiéndose a sindicatos y más manifestantes, y derivó en protestas cargadas de extrema violencia, con autos y edificios públicos en llamas, tiendas saqueadas y calles vandalizada.
Las escenas de caos y de disturbios también se están viendo en Italia y España, donde el desalojo de una octogenaria provocó masivas protestas en las que los jóvenes tomaron el protagonismo. Marcharon y levantaron carpas en la emblemática Puerta del Sol de Madrid, actitud que han replicado sus pares en Portugal y Grecia, donde el reclamo es similar. En Albania, los jóvenes apuntan principalmente contra el gobierno y la corrupción. Varios edificios públicos en Tirana fueron incendiados y gravemente dañados.
“Lo que todos estos jóvenes tienen en común es la frustración”, dice a El Comercio Francesco Tucci, director de la Carrera de Comunicación y Periodismo en la UPC. “Es una generación que padece precariedad laboral, encarecimiento de la vida, crisis de vivienda, desigualdad, desconfianza institucional. A diferencia de sus padres y abuelos, se han quedado sin ningún paracaídas social y no gozarán de servicios públicos de calidad”, añade.
Para Tucci, un factor que ha permitido el escenario para el enojo de las nuevas generaciones es que existe una incoherencia entre la fuerte política liberal introducida por la Unión Europea y las tensiones del estado bienestar. “Hoy todo el sistema público se está desmantelando. Lo que se consideraban derechos sociales adquiridos ahora están retrocediendo hacia privatizaciones con la política actual de la Unión Europea”, apunta.
Su postura es compartida por Rodrigo Murillo, historiador y analista internacional afincado en Francia, quien describe el descontento juvenil como un síntoma de la obsolescencia del modelo europeo.
“Vemos el declive de un sistema social que pretendía financiarlo todo con una fuente inagotable de riqueza que finalmente se terminó por agotar. Básicamente, todos los pilares sobre los que reposaba el modelo europeo hoy día parecen tambalearse. La juventud protesta y con razón”, señala a este Diario.
Grupo heterogéneo
Si bien comparten su insatisfacción, los jóvenes que protestan en Europa tienen perfiles diversos y no son homogéneos ni en sus reclamos ni en su orientación política. En la primera línea están quienes exigen mejores perspectivas de futuro. Pero las manifestaciones también han evidenciado la presencia de grupos radicales e individuos violentos que han aprovechado la situación para delinquir.
“En el caso de Francia, hay un núcleo de estudiantes que merecen ser escuchados. El problema es que en torno a ellos está la ultraizquierda, que quiere maximizar la violencia de las protestas para sacar partido de ellas y arrinconar al Estado. Además, fruto de esta violencia aparece la delincuencia juvenil pura y dura”, dice Murillo.
El presidente de Francia, Emmanuel Macron, respondió prohibiendo las protestas no autorizadas por sindicatos y reforzando la presencia policial. En Italia, los desmanes y actos criminales del último fin de semana obligaron a que el gobierno aprobara por decreto-ley el arresto preventivo de menores y su imputabilidad desde los 14 años.
“Los jóvenes acudieron a la plaza para destrozar cosas, robar y grabarse a sí mismos mientras lo hacían. Es un fenómeno que debemos abordar con seriedad, también para evitar que esas imágenes se conviertan en un modelo a imitar”, advirtió la primera ministra Giorgia Meloni.
Mejor conectados
Un elemento común es el uso de las redes sociales. Tucci señala que la movilización digital permite convocar y organizar rápidamente eventos, así como coordinar y construir narrativas, aunque después los métodos de acción difieren y pueden ser pacíficos o violentos.
Pero estas plataformas no solo sirven para difundir convocatorias o documentar abusos, sino que también tienen potencial de viralizar historias falsas y promover mensajes de odio o violencia en un contexto de protestas, algo que, recalca Murillo, no será un fenómeno pasajero.
“El modelo político no parece tener los incentivos para recomponerse e, indudablemente, las redes sociales van a generar que esto se multiplique en todos los estados europeos. Ya lo hemos visto en Francia, Italia, Albania y ahora último en Grecia. Es una situación sumamente grave”.


