En la memoria popular aún queda registrada la anecdótica frase “¡El papa se siente charapa!”, esbozada por el papa Juan Pablo II en la ciudad de Iquitos (Loreto), durante su visita al Perú en 1985. Sin embargo, en medio de la coyuntura que atravesaba el país, hubo otra frase suya aún más vehemente. “Os pido, pues, en nombre de Dios: ¡Cambiad de camino!”. La pronunció en Ayacucho, adonde llegó pese a que la región se encontraba en estado de emergencia por el azote de Sendero Luminoso. Fue un enérgico llamado en favor de la paz, dirigido a quienes venían sembrando el terror.
A lo largo de nuestra historia, el Perú ha recibido tres visitas de un Sumo Pontífice. Todas ellas quedaron registradas en las páginas de El Comercio. La visita de León XIV, prevista para el próximo 11 de noviembre, será, en sentido estricto, la cuarta.
La primera de ellas la protagonizó, precisamente, Juan Pablo II, quien arribó al Perú en 1985 como parte de un viaje apostólico que también incluyó Venezuela, Ecuador y Trinidad y Tobago. Regresó en 1988, aunque en una visita mucho más breve.
El Santo Padre fue recibido por dos jefes de Estado distintos las dos veces que llegó al Perú. Primero, por Fernando Belaunde Terry, quien ejercía su segundo mandato; y luego por Alan García, en su primer gobierno.
Después de estas dos visitas, tuvieron que pasar casi 30 años para que otro Sumo Pontífice arribara al territorio nacional. Fue el Papa Francisco, quien llegó en enero de 2018, cuando Pedro Pablo Kuczynski (PPK) ocupaba la Presidencia.
Juan Pablo II arribó por primera vez al Perú a las 7:10 p. m. del 1 de febrero de 1985. Lo hizo en el Grupo Aéreo N.° 8, en el Callao. Cuando apareció en la puerta del avión, las iglesias de Lima hicieron sonar sus campanas y veintiún camaretazos atronaron el ambiente, según las crónicas de la época. El sumo pontífice se arrodilló y besó —literalmente— el suelo peruano.
En el lugar lo esperaba el entonces jefe del Estado, Fernando Belaunde Terry, quien ya se encontraba en el último tramo de su segundo gobierno, iniciado en 1980 y que significó el retorno a la democracia del país tras doce años de dictadura militar.
Belaunde Terry, al darle la bienvenida en nombre del Gobierno y de todo el pueblo peruano, le expresó. “La tierra que tan amorosamente habéis besado esperaba, desde siglos atrás, el honor de la visita del Sumo Pontífice. Os ha tocado la grata misión de darnos esta jornada que es de victoria de la fe”.
Tras un discurso de unos diez minutos, Juan Pablo II abordó el ‘papamóvil’ y se dirigió a la Plaza de Armas, en medio de un multitudinario recorrido. Apenas salió del Grupo Aéreo N.° 8, en el cerro San Cristóbal, junto a la cruz, apareció la frase “Te Amo”, escrita con antorchas.
Eran los primeros momentos de un frenesí católico que envolvió al país ante la llegada, por primera vez, del Vicario de Cristo. Lo que vino después fue una intensa jornada de cinco días para el Santo Padre, que incluyó visitas a Arequipa, Cusco, Ayacucho, Piura, Trujillo y, antes de continuar con su gira, Iquitos.
En Ayacucho permaneció 105 minutos. Desde un modesto estrado levantado en el aeropuerto ayacuchano, Juan Pablo II elevó el tono de su voz para dirigirse enérgicamente a quienes venían sembrando el terror. Sendero Luminoso había iniciado sus acciones en mayo de 1980, justamente durante las elecciones en las que salió victorioso Belaunde Terry.
“Dirijo mi palabra apremiante a los hombres que han puesto su confianza en la lucha armada, a aquellos que se han dejado engañar por falsas ideologías, hasta pensar que el terror y la agresividad, al exacerbar las ya lamentables tensiones sociales y forzar una confrontación suprema, pueden llevar a un mundo mejor”, expresó.
De manera enérgica, rechazó el uso de la violencia y el miedo como instrumentos. “¡La lógica despiadada de la violencia no conduce a nada!”, exclamó.
El mensaje de Juan Pablo II fue preciso en todos sus términos. Además de la violencia terrorista, el Perú atravesaba entonces una profunda crisis económica y social, con una inflación que ya superaba el 100% y los estragos aún presentes del devastador fenómeno de El Niño de 1982-1983. A ello se sumaba una campaña electoral en marcha.
“Fue un remanso, un mensaje de paz en un país acechado por los efectos devastadores de El Niño, el terrorismo y el tema económico. Era un país que estaba saliendo de una crisis y que estaba en plena campaña electoral”, recordó, en diálogo con El Comercio, Víctor Andrés García Belaunde, entonces secretario del Consejo de Ministros durante el segundo gobierno de Fernando Belaunde Terry.
García Belaunde recuerda la calidez y sencillez de Juan Pablo II. También conserva en su memoria un episodio en particular. Según contó a El Comercio, Belaunde Terry fue muy respetuoso de las formalidades religiosas durante la visita del Papa. Violeta Correa, su segunda esposa y entonces primera dama, no estuvo presente en ninguna de las ceremonias oficiales.
Sin embargo, según narró García Belaunde, durante la recepción ofrecida en Palacio de Gobierno, fue el propio Sumo Pontífice quien tuvo el gesto y la iniciativa de ir a saludarla. Para ello, cruzó la puerta que dividía el Palacio de Gobierno de la residencia presidencial, donde ella se encontraba. “Fue un buen gesto del mismo Papa; Belaunde era muy respetuoso de la religión, los protocolos y las costumbres”, expresó.
Tres años después de su primera visita, Juan Pablo II regresó al Perú en mayo de 1988. Fue una visita corta, en el marco del Congreso Eucarístico y Mariano de los Países Bolivarianos. Su avión arribó al Grupo Aéreo N.° 8 alrededor de las 6:00 p. m. del 14 de mayo de 1988. Lo recibió el entonces presidente Alan García, quien se encontraba a mitad de su gobierno. En esta ocasión, Juan Pablo II ya no tuvo necesidad de besar el suelo peruano, pues lo había hecho durante su primera visita. Sin embargo, el Perú que lo esperaba afuera era considerablemente más complejo.
El modelo económico de García había entrado en crisis. El control de precios, la creciente devaluación del inti, los problemas de abastecimiento y las manifestaciones daban cuenta de ello. El país se encaminaba hacia una hiperinflación que cerraría ese año en 1.722,32%, según cifras del BCR. Meses antes, en julio de 1987, el mandatario ya había planteado la estatización de la banca. Y, meses después de la visita, en septiembre de 1988, su gobierno anunciaría el denominado “paquetazo” económico. A todo ello, por supuesto, se sumaban los embates del terrorismo, que no cesaban.
A su llegada, Juan Pablo II evocó los “gratos recuerdos guardados en mi corazón” de su primera visita y también señaló que el pueblo peruano “muestra un hambre insaciable de Dios, hambre de pan, hambre de paz y de justicia”. García, al darle la bienvenida, le dijo que su recuerdo y su presencia llegaban como una luz. “Mire la fe del Perú, pero mire también nuestros pecados y perdónenos por ello”, le expresó. A pesar de la ajetreada agenda, García y el Sumo Pontífice tuvieron una audiencia estrictamente privada de cuarenta minutos en el Despacho Presidencial.
Luis Gonzales Posada, quien fuera canciller durante el primer gobierno aprista, apuntó que, en medio de una época difícil, marcada por atentados terroristas que no solo destruían infraestructura, sino que también cobraban vidas, y por la retracción económica, la visita del Papa “dio un soplo de ilusión y confianza” en que el país podía recuperarse. “Fue un soplo de esperanza, de ilusión. Que solamente la paz y la no violencia eran determinantes en el destino de un país”, afirmó.
Casi tres décadas tuvieron que transcurrir para que el Perú volviera a recibir la visita de un Sumo Pontífice. A diferencia de las ocasiones anteriores, la economía era más favorable. Sin embargo, el Perú nunca ha estado exento de dificultades. Era enero de 2018 y la visita del Papa Francisco coincidía con una crisis política que aún no mostraba todas sus consecuencias y con un jefe del Estado, Kuczynski, que dejaría el cargo apenas dos meses después.
Semanas antes, en diciembre, en pleno apogeo del escándalo del Caso Lava Jato, se había revelado que la constructora Odebrecht había desembolsado más de US$782 mil a la empresa Westfield Capital, vinculada a Kuczynski. El país atravesaba días decisivos. En el Congreso, con una oposición beligerante, se promovió una primera moción de vacancia en su contra, que fue superada a última hora por un estrecho margen de votos. El 24 de diciembre, llegó el indulto humanitario para Alberto Fujimori.
Durante su visita al Palacio de Gobierno, el papa Francisco enfiló contra el “virus social” de la corrupción, al que consideró como “un fenómeno que lo infecta todo”. “Cuánto mal hace a nuestros pueblos latinoamericanos y a las democracias de este bendito continente ese virus social”, expresó. Kuczynski hizo hincapié en la necesidad de cicatrizar las heridas de las últimas tres décadas.
“El Papa Francisco llegó en un momento de gran convulsión política. (…) En medio de todo eso, llegó Francisco con un mensaje que iba mucho más allá de lo religioso. Habló de luchar contra la corrupción, de la necesidad de proteger la Amazonía, de los pueblos indígenas y de la importancia de recuperar la esperanza. Creo que su visita permitió que, al menos durante unos días, la conversación nacional dejara de girar exclusivamente alrededor de nuestras disputas políticas”, expresó Juan Aurelio Arévalo, actual director periodístico de El Comercio, quien acompañó al Sumo Pontífice como periodista acreditado durante su visita apostólica de ese año a Chile y al Perú.
En el vuelo de Roma a Santiago, pudo saludarlo personalmente y entregarle unos obsequios, entre ellos, la portada de El Comercio del día en que nació y la del día en que se fundó el Club Atlético San Lorenzo de Almagro, del cual fue hincha. Recuerda las multitudes que salieron a recibir al Sumo Pontífice, la emoción de las familias y el entusiasmo de las personas que habían esperado durante décadas la visita de un Papa. También recuerda que, en Lima, al Santo Padre se le desinfló una llanta y tuvo que cambiar de vehículo. Asimismo, que casi se llegó tarde a la reunión con Kuczynski en Palacio de Gobierno debido a que el bus en el que se trasladaban los periodistas quedó atascado bajo un puente detrás de la Casa de Pizarro.
Sin embargo, más allá del legado emocional, agregó, Francisco dejó mensajes concretos. “En Puerto Maldonado puso en el centro de la conversación la defensa de la Amazonía y la dignidad de los pueblos indígenas. En Trujillo estuvo cerca de una población que había sufrido los estragos del fenómeno de El Niño costero y en Lima insistió en la importancia de combatir la corrupción y no perder la esperanza. Creo que intentó transmitir que, pese a nuestras diferencias, los peruanos debemos ser capaces de unirnos alrededor de valores compartidos”, subrayó.
Antes de despedirse del país, el papa Francisco dejó este mensaje: “El Perú es tierra de esperanza”.


