¿Uniformes impecables, rostros sin maquillaje y celulares guardados son sinónimo de un colegio disciplinado? A simple vista, esa imagen proyecta control y estructura en las aulas. Sin embargo, la realidad de la convivencia escolar y el aprendizaje suele ser mucho más compleja.
Este debate cobra especial vigencia tras el anuncio realizado el pasado 12 de octubre por la presidenta Keiko Fujimori sobre los nuevos Lineamientos para la Gestión de la Disciplina Escolar, con los que el Ejecutivo busca recuperar el orden y la autoridad docente en los colegios públicos y privados del Perú.
La propuesta contempla el retorno de las notas de conducta, restricciones sobre la presentación personal y sanciones que pueden llegar hasta la expulsión. A ello se suma la regulación del uso de celulares en los colegios, una medida establecida por ley en 2025 y reglamentada recientemente.
“Al maestro se le respeta”, enfatizó la mandataria durante la presentación de los lineamientos, sometidos a consulta pública por un plazo de 15 días.
No obstante, más allá de las prohibiciones, surge una pregunta de fondo: ¿basta con endurecer las normas para prevenir el bullying y mejorar la convivencia escolar, o el verdadero desafío está en enseñarle a los estudiantes a comprender los límites y autorregular su comportamiento?
¿Disciplina es lo mismo que obediencia?
Frente a situaciones de indisciplina, conflictos y violencia escolar, establecer normas claras y garantizar su cumplimiento es indispensable. Sin embargo, un estudiante que sigue todas las reglas no necesariamente ha aprendido a ser disciplinado. Y es que el propósito de estas debería ir más allá de conseguir que los alumnos obedezcan por temor a una sanción.
Como explicó a Somos Ena Dorregaray, directora pedagógica de Eureka Soluciones Educativas, la disciplina más efectiva fomenta tres elementos clave: la autorregulación, la capacidad de tomar decisiones conscientes y la responsabilidad de evaluar el impacto de las propias acciones en los demás.
A diferencia de quien obedece por miedo—y depende siempre de la presencia de una autoridad—, el estudiante que comprende el sentido de las normas puede actuar responsablemente sin supervisión.
“El objetivo de los colegios no debería ser formar estudiantes obedientes, sino ciudadanos que sean capaces de actuar con responsabilidad y criterio propio”, sostuvo la especialista.
Esta visión es compartida por Rossana Zurita, docente de la carrera de Educación de la Universidad Científica del Sur, quien señaló que la disciplina “no es un fin en sí misma, sino un medio para construir una convivencia democrática que favorezca el desarrollo de los aprendizajes”.
Cuando los estudiantes interiorizan y cumplen acuerdos básicos —como respetar las opiniones y los turnos, escuchar, pedir ayuda, usar un lenguaje respetuoso y cumplir con las tareas—el aula se transforma en un espacio seguro donde pueden participar, explorar, preguntar e incluso equivocarse sin temor.
Por el contrario, una rigidez excesiva puede generar miedo, estrés y desconfianza, apagar la curiosidad y debilitar el vínculo con los docentes. Así, lejos de favorecer el rendimiento académico, el control autoritario puede terminar perjudicando el aprendizaje.
Uniformes, maquillaje y notas de conducta: ¿educar o controlar lo visible?
Las exigencias sobre la presentación personal son una de las expresiones más visibles del control escolar. Pero ¿qué relación tienen realmente con el comportamiento?
Para Dorregaray, estas normas pueden fomentar hábitos de organización, responsabilidad y cuidado personal, aunque aclaró que no existe una relación automática entre apariencia y conducta. “Por ejemplo, un alumno puede cumplir estrictamente con el uniforme y ejercer bullying, mientras que otro puede ser cuestionado por su presentación y demostrar una gran responsabilidad y una buena convivencia”.
La discusión también plantea una cuestión de fondo: ¿dónde está el límite entre las normas escolares y el respeto a la individualidad? Según la psicóloga Caridad Ruesta, del Servicio Psicopedagógico de la Universidad de Piura, durante la adolescencia la apariencia es una vía fundamental para explorar la identidad y sentirse parte de un grupo. Por consiguiente, las restricciones excesivamente rígidas— especialmente sobre aspectos culturales, étnicos, religiosos o personales—pueden vivirse como una negación de quién se es. Si además se imponen mediante humillaciones, pueden afectar significativamente la autoestima del estudainte.
De ahí que las norman deban responder a necesidades de seguridad, salud o convivencia, aplicándose con proporcionalidad y respeto. “Cuando la sanción apunta a la persona y no a la conducta, se cruza ese límite”, advirtió la psicóloga. Y es que fiscalizar arbitrariamente detalles irrelevantes, sin atender los problemas de fondo, puede convertir la disciplina en un ejercicio de control superficial.
Esta misma reflexión se extiende al retorno de las notas de conducta. Cuando se aplican con criterios claros y objetivos, estas evaluaciones pueden ayudar a identificar dificultades, reconocer avances y reforzar la importancia de la convivencia escolar. Sin embargo, reducir el comportamiento a una calificación numérica presenta limitaciones severas.
“Un número no explica qué ocurrió, por qué ocurrió ni qué hacer para mejorar”, recalcó Ruesta. Además, una nota puede depender de criterios subjetivos y no distinguir entre una falta aislada, un comportamiento reiterado o una necesidad no atendida. Por eso, debe complementarse con descripciones cualitativas y retroalimentación que oriente al estudiante.
Existe, además, otro riesgo: cuando las malas notas se repiten, el alumno puede terminar interiorizando la etiqueta de “problemático”. Esto se relaciona con la profecía autocumplida, un fenómeno por el cual las expectativas negativas de docentes y compañeros pueden influir en el trato que recibe el estudiante y, que eventualmente, terminan reforzando la conducta que se pretendía corregir, llevándolo a actuar en consecuencia bajo la premisa de “si ya soy así, para qué intentarlo”.
Por esta razón, resulta fundamental evaluar comportamientos concretos y modificables, sin convertir una falta en una característica permanente del alumno. La disciplina debe ofrecer oportunidades de mejora, no etiquetas difíciles de superar.
Las consecuencias de una disciplina basada en el miedo
No toda conducta disruptiva responde a una decisión deliberada de desobedecer. Detrás de un estudiante que interrumpe la clase, desafía una norma o tiene dificultades para autorregularse pueden existir situaciones de estrés, ansiedad, violencia familiar, experiencias traumáticas, problemas de aprendizaje o condiciones como el trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH).
Reconocer estas diferencias constituye uno de los principales desafíos para los docentes y directivos. Por eso, la psicóloga Elena Saona, de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya (UARM), destacó que antes de sancionar es necesario evaluar tres aspectos: la frecuencia del comportamiento, su impacto en los demás y el grado de conciencia del estudiante sobre sus acciones.
“Antes de etiquetar o patologizar una conducta hay que comprender el contexto”, resaltó Saona. Frente a esto, es necesario que los docentes consulten con el equipo psicopedagógico para identificar las posibles causas y determinar si corresponde aplicar una medida disciplinaria, flexibilizar la norma, ofrecer apoyos o derivar al estudiante a un especialista.
Pero ¿qué ocurre cuando una falta pone en riesgo la seguridad de otros estudiantes? Comprender las causas de una conducta no significa justificarla ni renunciar a las consecuencias. Ante situaciones de violencia, el colegio tiene la responsabilidad de proteger a las víctimas, intervenir oportunamente y establecer límites claros. La discusión, entonces, no es si debe actuar, sino cómo hacerlo sin perder de vista su función educativa.
Para Zurita, aunque las suspensiones y expulsiones pueden detener temporalmente ciertas conductas, sus efectos a mediano y largo plazo suelen ser contraproducentes, ya que dificultan la reintegración y perjudican la trayectoria educativa y socioemocional del alumno.
“La suspensión debe ser el último recurso, aplicarse durante el menor tiempo posible y acompañarse de un plan de retorno formativo. Esto implica proteger a los demás mediante supervisión o separación temporal cuando exista riesgo, sin abandonar el proceso educativo del estudiante sancionado. Además, es fundamental mantener la comunicación con la familia, garantizar la recuperación de aprendizajes y ofrecer seguimiento socioemocional y herramientas para mejorar su comportamiento”, explicó.
Asimismo, la psicoterapeuta Liliana Tuñoque, de Clínica Internacional coincidió que las sanciones pueden ser necesarias, especialmente cuando está comprometida la seguridad de los compañeros. No obstante, advirtió que el castigo por sí solo no garantiza cambios duraderos: si un alumno deja de agredir únicamente por temor, podría repetir la conducta cuando desaparece la figura de autoridad.
Esta distinción cobra especial relevancia frente al bullying. “Hay límites que no son negociables, como no agredir a un compañero, y deben hacerse respetar”, enfatizó Tuñoque. Sin embargo, una disciplina centrada exclusivamente en las faltas o los castigos puede llevar a los agresores a ocultar sus conductas. De ahí la importancia de involucrar a los estudiantes en la construcción de normas de convivencia y promover la empatía, la reflexión y la responsabilidad compartida.
Cómo enseñar límites que realmente funcionen
Recuperar la autoridad docente no debería significar ejercer un mayor poder para castigar, sino construir relaciones basadas en el respeto y la confianza. De acuerdo con la educadora Rossana Zurita, esta autoridad se fortalece cuando los profesores actúan con justicia, aplican normas claras y coherentes, escuchan a sus estudiantes y corrigen los errores sin recurrir a la humillación.
La consistencia entre lo que se exige y lo que se practica resulta esencial para que los límites sean comprendidos y respetados.
“La clave está en pasar de la pregunta “¿qué castigo merece?” a “¿qué necesita aprender y cómo repara el daño?”. Esto significa aplicar consecuencias proporcionales y relacionadas con la falta, promover la reparación del daño, establecer planes de mejora y enseñar explícitamente habilidades para gestionar la frustración y resolver conflictos. Porque al final, castigar enseña lo que no hay que hacer, pero no enseña qué hacer en su lugar”, resaltó la psicóloga Caridad Ruesta.
Este esfuerzo requiere, además la participación activa de las familias, ya que la disciplina, los valores y los hábitos esenciales comienzan en el hogar. En esa línea, los padres deben establecer límites claros, mantener espacios de diálogo, enseñar con el ejemplo y trabajar de manera coordinada con los docentes, evitando que las pantallas y dispositivos sustituyan el acompañamiento cotidiano.
Entonces ¿cómo se puede comprobar si estos nuevos lineamientos realmente están funcionan en los colegios? Para la experta en pedagogía Ena Dorregaray, el éxito no debería medirse únicamente por menos tardanzas o una reducción en los reportes disciplinarios. También deberían considerarse la disminución de los casos de bullying, la mejora del clima escolar, una mayor sensación de seguridad y el desarrollo de la autonomía de los estudiantes.
En definitiva, un colegio puede tener uniformes impecables y aulas silenciosas sin que eso garantice una convivencia saludable. La verdadera disciplina se demuestra en cuánto crecen los estudiantes, no en cuánto control ejerce una escuela sobre ellos.
Porque educar no consiste únicamente en conseguir que los alumnos obedezcan mientras alguien los vigila, sino en formar personas capaces de comprender los límites, asumir responsabilidades y convivir respetuosamente por convicción propia.


