Mi esposa tiene el español como lengua materna, habla inglés fluido, un francés estupendo y también húngaro, que estudió y al que la une su ascendencia familiar. No solo habla cuatro idiomas, sino que ha incorporado un repertorio de marcos lingüísticos y conceptuales que pueden llevarla a organizar una misma experiencia de manera distinta según la lengua.
Cuando se describe un desplazamiento, por ejemplo, el inglés y el húngaro suelen poner en el verbo la forma de moverse (correr, caminar, saltar). El español y el francés, en cambio, colocan en el verbo la dirección o el destino (entrar, salir, subir, bajar) y expresar en otra palabra cómo se realizó el movimiento. En inglés se expresa “she ran into the house”; en español resulta más natural decir “entró corriendo a la casa”.
El español y el francés obligan a clasificar los sustantivos por género, mientras que el húngaro no tiene género gramatical y utiliza el mismo pronombre personal para “él” y “ella”. No son maneras incompatibles de pensar, pero sí diferentes hábitos para organizar una misma realidad.
El lenguaje no determina nuestro pensamiento, pero sí puede acostumbrarnos a ordenar la realidad de determinadas maneras. Los investigadores estudian lo que podríamos llamar categorías perceptivo-cognitivas moduladas por el idioma. Todos percibimos aspectos de la realidad como el movimiento, el espacio, el tiempo o las relaciones entre las personas, pero cada lengua nos acostumbra a organizarlos de una manera particular. Con el tiempo, estos hábitos influyen en aquello que advertimos, recordamos o consideramos significativo.
La cultura llega incluso a modificar la estructura del recuerdo. La psicóloga Qi Wang encontró que participantes estadounidenses tendían a evocar recuerdos tempranos más específicos, centrados en sí mismos y cargados de emoción, mientras que los voluntarios chinos tendían a recordar más actividades colectivas, rutinas y relaciones sociales. El pasado no cambia, pero sí la manera en que seleccionamos y reconstruimos lo vivido.
El aimara ofrece un caso mucho más sorprendente. Rafael Núñez y Eve Sweetser mostraron que, en uno de sus modelos tradicionales, el pasado se sitúa delante del hablante y el futuro detrás, lo que revela una manera diferente de organizar conceptualmente el tiempo. Nayra significa ojo, vista o frente, y se utiliza también para referirse al pasado; qhipa significa espalda o detrás y se relaciona con el futuro. Lo extraordinario es que no se trata solo de palabras, ya que los gestos espontáneos reproducen la misma organización. Al mencionar el pasado, los hablantes tradicionales señalan hacia delante; al referirse al futuro, hacia atrás. Los autores lo denominan un patrón cognitivo inusual y específico de la cultura.
Daniel Everett encontró entre los Pirahã de la Amazonía brasileña otro fenómeno interesante. Su cultura privilegia aquello que pertenece a la experiencia inmediata y directa, principio que él relaciona con diversos rasgos de su lengua y sus prácticas comunicativas. Algunas de sus hipótesis han sido discutidas, pero la cuestión de fondo sigue vigente. ¿Hasta qué punto una cultura puede configurar, generación tras generación, aquello que consideramos relevante y la manera en que organizamos nuestra experiencia?
Everett lleva esta reflexión al valor de la diversidad. Si todos compartimos experiencias, formación y supuestos semejantes, existen altas probabilidades de que terminemos formulando también preguntas parecidas. Un sujeto con una experiencia distinta puede hacernos descubrir que existe otra manera de plantear el problema.
El Perú ofrece un terreno privilegiado para comprenderlo. Conserva 48 lenguas indígenas u originarias; Europa entera reúne, como referencia, alrededor de 225 lenguas autóctonas. Una comparación que permite dimensionar nuestra extraordinaria riqueza lingüística.
Preservar una lengua, entonces, no significa solo conservar palabras, sino mantener vivos conocimientos, categorías y maneras de ordenar la experiencia acumuladas durante generaciones. Defender esa diversidad amplía las preguntas que podemos formular y las soluciones que somos capaces de imaginar. Quizá por eso una de sus mayores riquezas sea recordarnos que aquello que consideramos la forma natural de mirar el mundo es, muchas veces, solo una de las posibles.
