Son las 11 de la mañana, tienes un bajón de energía, y ya estás pensando en otro café. Has terminado de almorzar y tu cerebro pide siesta. Llegan las 4 de la tarde y aparece una necesidad casi existencial de comer algo dulce… ¿Te suena todo esto familiar? Aunque nos hayan hecho creer que es falta de disciplina, muchas veces es tu cuerpo mandándote una señal clara. Entonces, toca hacernos la pregunta: ¿cómo se está comportando tu glucosa durante el día?
Primero, quitémonos el chip de que hablar de glucosa es hablar únicamente de diabetes. En realidad, todos tenemos glucosa circulando en la sangre y necesitamos de ella. Es una de las principales fuentes de energía del cuerpo y cumple un papel esencial en el cerebro. Cada vez que comemos carbohidratos, estos se transforman, en distinta medida, en glucosa. Esta llega a la sangre y el páncreas libera insulina, una hormona que facilita su entrada a las células para ser utilizada como combustible. Hasta ahí, todo perfecto. El problema aparece cuando vivimos en una montaña rusa de subidas y bajadas muy pronunciadas.
Por ejemplo, desayunar únicamente un jugo y un pan con mermelada puede generar una subida rápida de glucosa. El cuerpo responde liberando insulina y la glucosa puede descender. En algunas personas, estas oscilaciones pueden coincidir con cansancio, hambre o ganas de buscar otra fuente rápida de energía.
Una disponibilidad estable de energía favorece nuestra capacidad para mantener la atención y funcionar durante el día. Además, el sueño insuficiente, el estrés y pasar muchas horas sin comer pueden modificar el apetito, la respuesta a la glucosa y nuestras elecciones alimentarias. Por eso, cuando has dormido mal, probablemente te provoque más un quequito que una manzana. Tu cuerpo no perdió la fuerza de voluntad: está buscando energía de rápido acceso para compensar ese cansancio.
Entonces, ¿tenemos que eliminar los carbohidratos para evitar los famosos “picos”? Definitivamente no. La estrategia está en cómo los acompañamos. Combinar carbohidratos con proteína, fibra y grasas saludables hace que la digestión y absorción sean más progresivas. También importa el movimiento. Algo tan sencillo como caminar 10 o 15 minutos después de comer permite que el músculo utilice parte de esa glucosa como energía.
Y algo importante: el problema no es que se eleve la glucosa, sino que esta esté elevada constantemente y que tu cuerpo no tenga la capacidad de regular. Una subida de glucosa es normal. Pero así como sube, también debería bajar después de un tiempo, a medida que la insulina va haciendo efecto.
Así que la próxima vez que llegue el bajón de las 4, la irritabilidad o ese antojo que parece tener vida propia, mira un poco más allá. Pregúntate cómo dormiste, cuánto tiempo llevas sin comer y cuánto te has movido para entender cómo funciona tu cuerpo. //
