Stiven Mesa Londoño inició su carrera vendiendo caramelos en su colegio de Antioquia, donde sus compañeros mayores y sus clientes le decían “Bendiciones”. De ahí salió “Blessings”, la palabra que lleva tatuada en la mano, y también el nombre artístico: de TNMC a Bless, y de Bless a Blessd. Esa noche, cuando el Arena 1 reabría sus puertas tras la clausura, el ahora artista internacional salió a escena con joyas que, a ojo de buen cubero, bien podrían competir en precio con el total de las entradas vendidas para su concierto.
Para llegar hasta ahí a pie, primero había que pasar por la bajada del parque Belén, donde miembros de la Marina de Guerra del Perú custodiaban el lugar con fusiles en mano. Al llegar, el artista esperó 25 minutos antes de aparecer en escena, bajo una cruz inclinada que sugería un concierto góspel, idea que el primer golpe de bajo se encargó de desmentir. Cuando por fin apareció, lo hizo cubierto de brillo, con anillos de diamantes, cadenas cubanas, pulseras, cinturones, la montura de los lentes y algunos destellos en el polo que quizá eran bisutería.
Abajo, en las zonas A, B y la tribuna, el público respondía con una devoción más física que verbal. Los hombres repetían el pasito e imitaban los gestos del artista en sus videoclips, mientras las chicas se contorsionaban en posiciones casi imposibles, vestidas de verano en una noche de invierno limeño en la que afuera se registraban unos 22 grados.
Aquí se prefería tomar Mike’s y bebidas de colores en lugar de cerveza, así como fumar vapes en lugar de cigarros. Las luces iban y venían con poca luminosidad, pensadas para bailar en la oscuridad y bien apegaditos. El sentimiento llegaba rápido hasta una vendedora de tragos que, con unas 20 latas sobre la cabeza, bajaba despacio hasta el suelo. Lo difícil, después de los 30 años, es volver a subir sin, inevitablemente, tocarse la columna.
Un golpe de calor
El primero en advertirlo fue el propio Blessd, que desde temprano lanzaba agua al público como quien sabe que un recinto cerrado sube de temperatura mucho más rápido de lo que marca la calle. Y esa calle, además, no era la de un invierno cualquiera. Lima vive un invierno atípico, pues el Niño Costero mantiene el mar peruano más cálido de lo normal y empuja las temperaturas de la capital por encima de lo habitual.
Dentro del Arena 1, con miles de cuerpos saltando bajo techo, ese calor heredado se multiplicaba. No alcanzaron las salpicaduras de agua del cantante. En medio del show, una chica sufrió un golpe de calor y el artista, que hasta entonces mandaba sobre la fiesta, detuvo todo para pedir agua para ella y exigir que le dieran espacio. Fue el único momento en que el flow cedió ante sus propias consecuencias y el público, que había ido a bailar, obedeció sin protestar.
Lo de la chica no fue un caso aislado. Otros asistentes empezaron a abandonar la pista para buscar zonas más ventiladas y los vendedores, que hasta hacía un rato cargaban cervezas, cambiaron de mercancía y salieron a ofrecer botellas de agua. Los abanicos, originales unos e improvisados otros, se convirtieron en el accesorio de la noche. Algunas personas fueron directamente a la enfermería en busca de un poco de oxígeno y, hacia el final de la noche, Blessd seguía lanzando agua.
Arriba, mientras tanto, el espectáculo no bajaba el ritmo. “¿Quién se sabe los clásicos?”, preguntó el cantante, que empezó su carrera hace ocho años y suma más de 100 canciones, antes de quitarse el polo y pedir que le lanzaran cosas al escenario. A mitad del show cedió el protagonismo a tres artistas urbanos que armaron un interludio vocal e instrumental con un DJ, un anfitrión y una cantante en los coros. Luego subió un chico del público para cantar con él. Blessd, al notar que algunas partes no se las sabía, sacó la letra en su celular y le prestó su gorra, mientras el joven se plantaba frente a la cámara para recorrer el escenario.
Unos temas más adelante, al playback se le notaron algunas veces las costuras, pero eso al público le importaba poco, porque lo suyo era la actitud, el flow y la performance. “Creo que aquí no hay fanáticos por moda, ¿cierto?”, lanzó, y la respuesta fue un coro. La noche tuvo también su intento de momento emotivo al estilo urbano, con la pantalla grande en blanco y negro y la letra cambiando, aunque el tumpa tumpa siguiera intacto. Más tarde apareció el tema que grabó con Ovy on the Drums y, con él, un hombre araña sobre el escenario, mientras Blessd pedía guardar los celulares para saltar y bailar “Una noche de locura”.
Regresar a casa
El cierre fue con “Nueva York”. Pidió que prendieran las luces para sacarse una selfie y, ya con el público rendido, se puso a coquetear en colombiano. “Todas princesas, todas lindas, todas hermosas”, dijo. En el pecho llevaba tatuada la palabra “Éxito”, una descripción acertada de su concierto en Lima.
Si algo recorrió la noche como un hilo conductor, fueron las segundas oportunidades. Blessd las conoce de cerca. Antes de la fama, se levantaba a las 2 de la madrugada para trabajar con sus padres en la Central Mayorista de Antioquia, antes de ir al colegio. Hoy, cada diciembre, se las da a otros con su iniciativa “Navidad Bendita”. El Arena 1 también recibía la suya este año.
Los números cuentan esa historia con claridad. Para el concierto de Robbie Williams llegaron 25.000 personas al Arena 1 Park, la zona sin techo del recinto. Aquel espectáculo terminó con la clausura del establecimiento y obligó a varios artistas a cambiar de locación, entre ellos bandas como Gorillaz. Esta vez, con un recinto más cerrado y pequeño, la salida del lugar fue más llevadera. En los alrededores, la seguridad también se hacía notar, así como el libre tránsito por el puente de la bajada del parque Belén.
Ese puente fue, justamente, el protagonista silencioso del final. Con el paso peatonal abierto, la salida transcurrió sin incidentes, a diferencia de lo ocurrido con los cientos de personas que escalaron el acantilado para abandonar el concierto de Williams. En parte, las dimensiones del Arena 1 y las vías de salida ayudaron a descongestionar el tránsito peatonal, aunque la marea de asistentes encontraba algunos tapones en los comerciantes que cerraban pequeños tramos del recorrido. Ya al aire libre, la sensación térmica volvió a los 22 grados. Dentro del recinto, sin embargo, quedaba flotando una pregunta: ¿será el calor el siguiente reto de los productores de conciertos en espacios cerrados?


