¿Recuerdas al artista de circo que hacía girar platos sobre unas varillas? Empezaba con uno, luego dos, cinco, diez… y corría de un lado a otro para impedir que alguno cayera. A veces pienso que esa imagen describe muy bien cómo los ejecutivos, CEO y líderes vivimos nuestras responsabilidades. Me he sentido así muchas veces.
En el trabajo, los platos son los resultados, los clientes, las decisiones, los equipos y los imprevistos. Fuera de él están la familia, los amigos, la salud, el deporte, lo espiritual y tantas cosas que también nos importan. El problema comienza cuando confundimos nuestra capacidad de hacer o lograr —nuestro «éxito»— con la cantidad de platos que podemos hacer girar y sostener en el aire, sin importar cuán tensos o agotados nos sintamos en realidad.
Por supuesto, liderar implica hacernos cargo, cumplir compromisos y responder por los resultados. Pero eso no significa que debamos poder con todo, siempre y solos. Y no me refiero solamente a quienes dirigen empresas, equipos o familias: todos, como adultos, lideramos en algún ámbito de nuestra vida.
Comparto cinco ideas que me parecen importantes, luego de observar a cientos y miles de ejecutivos actuar y tomar decisiones sobre sus vidas:
1. No tenemos que demostrar que somos invencibles. A veces, detrás de la necesidad de resolverlo todo, quizá hay algo más que responsabilidad: el deseo de sentirnos indispensables, el temor a decepcionar o la creencia de que nuestro valor depende de cuánto podemos o logramos hacer. Así, vale la pena preguntarse: ¿estoy asumiendo esto también porque me corresponde o porque necesito demostrar —o demostrarme— que puedo con todo? Reconocer nuestros límites no nos resta brillo, capacidad ni autoridad. Nos permite actuar con más lucidez.
2. No confundamos agotamiento con compromiso. Hay profesionales que llevan sus jornadas interminables casi como una medalla de honor. Pero estar siempre disponibles no significa necesariamente ser más efectivos. Como sabemos, el agotamiento se instala poco a poco: perdemos paciencia, dormimos peor, dejamos de disfrutar y normalizamos vivir en alerta permanente. Estar muy ocupados no siempre significa estar haciendo lo más importante: a veces también llenamos cada minuto de trabajo para no enfrentar asuntos personales pendientes.
3. Deleguemos de verdad. A mayor responsabilidad, mayor necesidad de formar equipos capaces y confiar en ellos. Delegar no es repartir tareas para después controlar cada detalle. Es dar autonomía, acompañar y aceptar que otros pueden hacer las cosas de manera diferente, incluso mejor.
Si todos los platos dependen de nuestras manos, no hemos construido un buen equipo: hemos creado una dependencia que nos hace vulnerables a todos.
También creo que mostrar nuestra humanidad nos acerca a los demás. Decir «no sé», pedir apoyo o reconocer una dificultad, sin eludir nuestras responsabilidades, puede generar más confianza de nuestro equipo que pretender ser infalibles. La vulnerabilidad no está reñida con la fortaleza.
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4. Busquemos otras perspectivas. Cuando estamos inmersos en nuestros problemas, podemos creer que son únicos o insuperables. Conversar con líderes más experimentados, recurrir a mentores, escuchar opiniones divergentes y contrastar ideas distintas nos recuerda que otros también dudan, se equivocan y encuentran salidas. A veces, una conversación oportuna nos ahorra semanas de dudas, angustias o errores innecesarios.
5. Decidamos conscientemente qué precio queremos pagar. El éxito profesional trae satisfacciones enormes, pero también exige renuncias o “pagar el precio”. No existe una fórmula idéntica para todos: cada uno debe decidir cuánto tiempo y energía quiere dedicar a cada parte de su vida, y por cuánto tiempo.
No todos los “platos que giran” valen lo mismo. Algunos son urgentes; otros, irremplazables. Lo peligroso sería descubrir demasiado tarde que dejamos caer los que más nos importaban. Quizá liderar bien o ser “exitoso” no significa demostrar cuántos platos somos capaces de sostener girando en el aire al mismo tiempo. Quizá significa tener el criterio y el coraje de decidir, más pronto que tarde, cuáles no podemos permitirnos dejar caer.


