Esta es la historia de un programa infantil que nunca trató a los niños como tontos y que, quizá por eso, también conquistó a los adultos. Nacieron en Chile en 2003 como una parodia de los noticieros televisivos y terminaron convertidos en un fenómeno musical, humorístico y generacional.
Hay algo profundamente desconcertante en que uno de los periodistas más queridos de Latinoamérica sea un títere vanidoso, incompetente y bastante más preocupado por su apariencia que por la veracidad de las noticias. Se llama Tulio Triviño Tufillo, conduce un informativo llamado “31 Minutos” y lleva más de dos décadas demostrando que el periodismo televisivo puede ser un espectáculo involuntariamente cómico.
A su lado trabaja Juan Carlos Bodoque, un conejo rojo de dudosa disciplina financiera, y Juanín Juan Harry, probablemente el empleado más explotado y eficiente de una redacción donde casi nadie parece comprender sus responsabilidades. En ese universo, la lógica es una extravagancia y el absurdo, una forma bastante eficaz de explicar el mundo.
Lo sorprendente es que aquel noticiero ficticio haya terminado convertido en una institución de la cultura popular latinoamericana. Sus personajes han sobrevivido a los cambios tecnológicos, al declive de la televisión tradicional y a la transformación de sus primeros espectadores en adultos con trabajos, deudas y, en algunos casos, hijos que ahora también conocen sus canciones.
El próximo 8 de diciembre, esa peculiar redacción desembarcará en el Anfiteatro del Parque de la Exposición con el “Radio Guaripolo Tour 2026”. Será la primera presentación oficial anunciada del espectáculo en Lima, una ciudad donde sus personajes ya eran familiares mucho antes de que se confirmara el concierto.
Un noticiero donde todo podía salir mal
La historia comenzó con dos periodistas chilenos, Álvaro Díaz y Pedro Peirano, quienes compartían una inclinación por el humor absurdo y la sátira televisiva. Ambos habían participado en proyectos como “Plan Z” y “El factor humano”, producciones que exploraban las posibilidades de una televisión menos convencional. Cuando surgió la oportunidad de desarrollar un programa infantil, encontraron una fórmula inesperada: utilizar el lenguaje de los informativos para contar historias protagonizadas por títeres.
“31 Minutos” se estrenó el 15 de marzo de 2003 por Televisión Nacional de Chile. Su título remitía irónicamente al formato de los noticieros y, particularmente, a “60 Minutos”, un informativo chileno de décadas anteriores. Pero el programa no se limitó a parodiar la televisión. Construyó una pequeña sociedad de personajes defectuosos, egoístas, entrañables y contradictorios, cuyas preocupaciones resultaban reconocibles para espectadores de cualquier edad.
Tulio representaba la vanidad y la superficialidad mediática; Bodoque, las contradicciones de un reportero capaz de hablar de medioambiente mientras lidiaba con sus propias debilidades; Juanín, la figura del trabajador indispensable al que nadie parece valorar lo suficiente. También estaban Patana, Policarpo Avendaño y Guaripolo, ese personaje que se proclamaba el favorito de los niños sin necesidad de presentar demasiadas pruebas.
La gran virtud del programa fue comprender que el humor infantil no tenía por qué ser elemental. Había chistes visuales, canciones disparatadas y situaciones ridículas, pero también comentarios sobre el consumo, la contaminación, las relaciones humanas y los mecanismos del poder. Los niños podían reírse de un muñeco que hacía tonterías; los adultos encontraban, detrás de esas tonterías, una sátira de instituciones que conocían demasiado bien.
Su éxito permitió la producción de tres temporadas durante su primera etapa, entre 2003 y 2006. Más adelante llegaría una cuarta, estrenada en 2014. La difusión internacional a través de señales como Nickelodeon, Cartoon Network y plataformas digitales terminó ampliando su alcance mucho más allá de Chile.
De la pantalla al escenario
Aunque sus personajes y guiones fueron fundamentales, resulta difícil explicar la popularidad de “31 Minutos” sin detenerse en sus canciones. Lo que inicialmente parecía una sección humorística del noticiero, el “Ranking Top”, terminó convirtiéndose en uno de los pilares de su identidad. Bajo la conducción de Policarpo Avendaño, el programa presentaba composiciones que parodiaban distintos géneros musicales y que, con frecuencia, resultaban tan ingeniosas como pegajosas.
“Mi muñeca me habló”, “Yo nunca vi televisión”, “Tangananica, Tangananá”, “Diente blanco, no te vayas” y “Mi equilibrio espiritual” dejaron de ser simples canciones de un programa infantil. Algunas hablaban de inseguridades, otras de obsesiones y varias parecían encontrar una poesía inesperada en las preocupaciones más insignificantes. Detrás de buena parte de ese universo musical estaba Pablo Ilabaca, guitarrista de la banda chilena Chancho en Piedra.
El salto a los escenarios fue una consecuencia natural de ese repertorio. Después de desarrollar espectáculos teatrales, en 2012 la agrupación participó en Lollapalooza Chile, donde confirmó que sus canciones podían convocar multitudes. Ese mismo año ofreció conciertos en el Movistar Arena de Santiago.
Pero el momento de consagración llegaría en febrero de 2013, durante el Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar. Allí, frente a un público acostumbrado a juzgar sin demasiada misericordia a los artistas, los títeres conquistaron la Quinta Vergara y obtuvieron las principales distinciones de aquella edición. El llamado Monstruo de Viña, célebre por devorar artistas, terminó rendido ante un grupo de muñecos de tela.
Desde entonces, las giras se multiplicaron. México se convirtió en uno de sus mercados más importantes y sus espectáculos llegaron también a Argentina y Colombia. La compañía desarrolló montajes como “Radio Guaripolo”, “Tremendo Tulio Tour” y adaptaciones de clásicos literarios como “Romeo y Julieta” y “Don Quijote”. Lo que había comenzado como un programa televisivo se había transformado en una propuesta escénica capaz de funcionar incluso sin nuevos episodios en televisión.
El Tiny Desk que conquistó Internet
En octubre de 2025, “31 Minutos” protagonizó otro de esos episodios que ayudan a explicar su extraordinaria supervivencia cultural. La agrupación llegó al Tiny Desk Concert, el prestigioso formato de conciertos de la radio pública estadounidense NPR, que reúne a músicos de distintas partes del mundo en un espacio deliberadamente pequeño, rodeado de escritorios, libros y objetos de oficina.
La presentación, publicada el 6 de octubre, significó su debut como banda en vivo en Estados Unidos. Durante poco más de veinte minutos interpretaron siete canciones, entre ellas “Mi equilibrio espiritual”, “Bailan sin cesar”, “Objeción denegada”, “Calurosa Navidad” y “Mi muñeca me habló”. La puesta en escena conservó el humor del programa y demostró que detrás de sus personajes existía una maquinaria musical y teatral de notable precisión.
La actuación también incorporó comentarios satíricos sobre la política migratoria estadounidense, recordando que el humor de “31 Minutos” nunca había renunciado a observar críticamente la realidad. El video se convirtió rápidamente en un fenómeno viral: apenas tres días después de su publicación rozaba los seis millones de visualizaciones, según informó El País.
El Tiny Desk tuvo además una dimensión simbólica. No se trataba únicamente de un programa chileno llegando a una plataforma internacional, sino que era la confirmación de que sus personajes podían dialogar con una audiencia global sin abandonar su identidad, su idioma ni esa particular combinación de ingenuidad y sarcasmo que los había hecho famosos.
Cine, nuevas generaciones
La expansión de “31 Minutos” tampoco se limitó a la música. En 2008 estrenó “31 minutos, la película”, que trasladó a sus personajes a una aventura cinematográfica. Diecisiete años después, en noviembre de 2025, llegó a Prime Video “31 Minutos: Calurosa Navidad”, una nueva producción en la que Juan Carlos Bodoque debe viajar en busca de regalos después de que un calor insoportable amenace las celebraciones navideñas de Titirilquén. Como era previsible, las buenas intenciones del conejo terminan enfrentándose a sus propias tentaciones.
Su permanencia resulta especialmente interesante en una época dominada por contenidos infantiles diseñados para capturar la atención durante unos cuantos segundos. “31 Minutos”, por el contrario, nació en una televisión de otro ritmo, con personajes que podían equivocarse, historias que se permitían desviaciones y canciones que no necesitaban subestimar la inteligencia de sus espectadores.
La circulación de sus episodios en YouTube y otras plataformas permitió que nuevas generaciones descubrieran el programa sin necesidad de haber visto sus emisiones originales. Al mismo tiempo, quienes crecieron con él encontraron nuevas razones para apreciarlo. Los chistes que antes parecían simples disparates podían adquirir, con los años, significados distintos.
Quizá allí resida su mayor logro: haber construido un universo infantil donde las imperfecciones humanas no se ocultan, sino que se convierten en materia de comedia. Tulio sigue siendo vanidoso, Bodoque continúa tomando decisiones cuestionables y Juanín permanece atrapado en una rutina laboral poco agradecida. Ninguno necesita convertirse en una versión ejemplar de sí mismo para resultar entrañable.
La primera visita a Lima
El “Radio Guaripolo Tour 2026” recupera uno de los espectáculos más populares de la compañía. Su historia gira alrededor de Guaripolo, quien dirige una estación radial desde la que realiza llamadas y bromas a los demás personajes. La propuesta retoma el montaje estrenado originalmente en 2013 y renovado en 2025, combinando situaciones cómicas con interpretaciones musicales.
La presentación limeña está programada para el martes 8 de diciembre en el Anfiteatro del Parque de la Exposición. La venta de entradas comenzará el 21 de octubre a través de Joinnus, con una preventa asociada a tarjetas Interbank. Según la información difundida por la producción, el espectáculo estará permitido para mayores de cinco años acompañados por un adulto responsable.
Para el público peruano, el concierto tendrá algo de reencuentro, aunque se trate de su debut oficial en los escenarios limeños. Durante años, “31 Minutos” circuló por la televisión por cable, Internet y las conversaciones de quienes aprendieron sus canciones de memoria. Su popularidad no necesitó de una visita presencial para instalarse en el imaginario de sus seguidores.
Hay, finalmente, una ironía bastante apropiada en todo esto. Un programa que se burlaba de la solemnidad de los noticieros terminó convertido en un acontecimiento cultural que ahora merece titulares, entrevistas y extensas retrospectivas. Tulio Triviño probablemente consideraría que semejante reconocimiento estaba destinado a llegar. Juan Carlos Bodoque, por su parte, tendría alguna explicación menos decorosa.
Lo cierto es que, veintitrés años después de su estreno, aquellos muñecos siguen convocando espectadores que ya no son niños, pero que todavía encuentran algo reconfortante en sus disparates. Tal vez porque, mientras el mundo se ha vuelto progresivamente más complicado, “31 Minutos” conserva una certeza elemental: a veces, la mejor manera de comprender la realidad consiste en reconocer lo absurda que puede llegar a ser.


