A más de 3.700 kilómetros del continente, Isla de Pascua o también conocida como Rapa Nui ofrece paisajes difíciles de reproducir en un estudio: volcanes, playas de aguas turquesas y los moáis que forman parte de su patrimonio cultural. Ese escenario fue uno de los protagonistas de “Wild Horse Nine” (Caballo Salvaje Nueve"), la nueva película del director británico-irlandés Martin McDonagh. Sin embargo, filmar allí una producción de Hollywood implicó mucho más que trasladar cámaras y actores hasta la isla. Hubo que aprender a trabajar bajo otras reglas, adaptar los planes de rodaje y, sobre todo, entender que cada decisión debía respetar un territorio arqueológico y una comunidad con sus propias prioridades.
La película, que llegó a los cines la primera semana de noviembre, está ambientada en Chile, poco antes del golpe de Estado de 1973. La historia sigue a Chris y Lee, dos agentes de la CIA interpretados por John Malkovich y Sam Rockwell, quienes reciben la orden de viajar desde Santiago a Rapa Nui por encargo de su jefe. Entre los moáis y los paisajes de la isla, una relación inesperada con dos estudiantes altera el rumbo de su misión.
Para conocer lo que ocurrió detrás de cámaras, conversamos con Leo Pakarati, realizador audiovisual y productor de Rapa Nui, y Waitiare Kaltenegger Icka, productora de cine que participó en la coordinación local del rodaje. Sus testimonios permiten dimensionar el trabajo que hubo detrás de una filmación que, además de convocar a un equipo internacional, buscó incorporar a trabajadores de la isla.
Un año previo de permisos
La primera dificultad apareció mucho antes de que se encendieran las cámaras. Según explica Pakarati, las conversaciones para hacer posible el rodaje comenzaron aproximadamente un año y medio antes de la filmación. La productora británica se vinculó con la chilena Fábula y, a partir de allí, se inició un proceso de coordinación con Ma’u Henua, la comunidad indígena que administra el Parque Nacional Rapa Nui.
No se trataba únicamente de obtener una autorización para filmar. Había que explicar el propósito de la película, conocer las condiciones del territorio y establecer qué espacios podían utilizarse. El resultado fue un protocolo que contempló la presencia de arqueólogos durante el rodaje, el registro de la huella de carbono y la gestión de los residuos para garantizar que no quedara basura en los lugares de filmación. También se definieron las zonas por las que podía circular el equipo y los puntos donde era posible instalar cámaras.
Las restricciones llegaron incluso a modificar decisiones creativas. En algunas ocasiones, el director tuvo que cambiar el ángulo de una toma porque el lugar previsto para colocar la cámara no estaba permitido por razones arqueológicas. La producción tuvo que adaptarse a las condiciones del parque, no al revés.
Waitiare Kaltenegger Icka destaca que la participación de la comunidad fue fundamental para que el proyecto pudiera avanzar. La mirada local permitió orientar al equipo sobre los lugares que debían protegerse y sobre la manera de representar elementos de la cultura rapanui. Para ella, no basta con contratar trabajadores de la isla: es importante integrarlos en distintas áreas de la producción, pues conocen el territorio y pueden advertir situaciones que alguien llegado desde fuera quizá no identifique.
La productora también recuerda que fue necesario gestionar permisos especiales para que parte del equipo pudiera permanecer en Rapa Nui más tiempo del permitido habitualmente a los visitantes (30 días). La producción tuvo que organizar la estadía y los permisos de trabajo de quienes llegaron desde el continente y el extranjero.
Autos de los años setenta, barcos y una máquina para imprimir credenciales
La distancia es uno de los factores que más condiciona cualquier producción en Rapa Nui. No hay disponibilidad inmediata de todos los equipos, materiales o servicios que requiere una filmación de gran escala. Pakarati explica que, para recrear la década de 1970, fue necesario trasladar hasta la isla los vehículos de época que aparecen en la película. Después del rodaje, todos debían regresar al continente: ningún automóvil ni elemento de la escenografía podía quedarse allí.
El transporte marítimo sumó otra dificultad. La isla no cuenta con un puerto que permita desembarcar carga en cualquier momento, por lo que los barcos pueden tener que esperar a que las condiciones climáticas sean adecuadas. Esa incertidumbre obliga a anticipar los movimientos y a organizar el rodaje con un margen de flexibilidad.
La experiencia de Kaltenegger Icka muestra hasta qué punto un problema aparentemente menor puede convertirse en una operación logística. Cuando se malogró la máquina que imprimía las credenciales del personal, conseguir un reemplazo no fue tan sencillo como acudir a un proveedor local. La solución requirió coordinar su traslado desde el continente. También hubo que reorganizar jornadas por las lluvias, cerrar temporalmente algunas calles para grabaciones nocturnas y coordinar el tránsito con las actividades habituales de los habitantes.
El rodaje en la isla se extendió por alrededor de dos meses, según los recuerdos de ambos entrevistados, aunque no todo el elenco ni el equipo permanecieron durante el mismo periodo. La planificación tuvo que considerar, además, que algunos trabajadores locales ya tenían compromisos con el turismo, una de las principales actividades económicas de Rapa Nui.
Filmar sin detener la vida de la isla
Uno de los principales retos fue hacer compatible el rodaje con la actividad cotidiana de la comunidad. A diferencia de lo que ocurría en 1993, cuando se filmó Rapa Nui, la película de Kevin Costner, el turismo tiene hoy un peso mucho mayor en la economía local. Cerrar un acceso o interrumpir el tránsito puede afectar el trabajo de guías, transportistas y agencias, además de los planes de quienes visitan la isla.
Pakarati conoce ambas experiencias: participó en la producción de Rapa Nui cuando era joven y volvió a involucrarse en una gran filmación décadas después. Para él, una diferencia fundamental es que esta vez la comunidad tuvo un papel más activo en la administración del parque y en la definición de las condiciones del rodaje.
El aprendizaje de la película de 1993 también fue importante. Pakarati recuerda que entonces se produjeron daños al patrimonio arqueológico, entre ellos incidentes relacionados con moáis. Esa experiencia reforzó la necesidad de establecer reglas claras para Wild Horse Nine. El nuevo protocolo buscó evitar impactos sobre los sitios arqueológicos y, al mismo tiempo, permitir que los visitantes continuaran recorriendo la isla.
La protección del patrimonio también llegó al guion y a la puesta en escena. Pakarati cuenta que una secuencia ambientada en Ahu Tongariki incorporó una intervención solicitada por la comunidad: una de las personajes cuestiona a quienes se comportan irrespetuosamente en un espacio sagrado. Otros detalles fueron modificados para evitar que los actores pisaran plataformas ceremoniales o apoyaran objetos sobre estructuras arqueológicas. En algunos casos, el equipo recurrió a piedras colocadas especialmente para la escena y a decisiones de encuadre o posproducción para no intervenir físicamente el lugar.
No todo el mundo pudo participar en el rodaje. Algunas personas prefirieron continuar con sus compromisos laborales en el turismo, mientras que otras se sumaron como extras o en áreas de producción, vestuario, maquillaje y asistencia. Kaltenegger Icka considera que la experiencia dejó una lección para futuras producciones: además de contratar mano de obra local, es necesario reconocer e incorporar a los profesionales audiovisuales que ya existen en la isla.
¿Qué tan diferente sería filmar una película de Hollywood en Perú?
La experiencia de Rapa Nui permite plantear una comparación con Perú, aunque las condiciones no son idénticas. Una producción internacional que elija locaciones peruanas también debe coordinar permisos, transporte, alojamiento, contratación de personal y protección de espacios patrimoniales o naturales. Sin embargo, filmar en el territorio continental ofrece, en muchos casos, una ventaja logística: existe una mayor conexión por carretera entre ciudades y regiones, así como más alternativas para trasladar equipos y resolver imprevistos. En una isla remota, en cambio, una máquina averiada o un envío retrasado pueden afectar directamente el calendario de trabajo.
En el Perú, filmar una producción de Hollywood es posible, pero el país todavía enfrenta una desventaja frente a otros destinos de la región: la falta de incentivos económicos específicos para atraer grandes rodajes extranjeros. Aunque existen mecanismos de promoción como Film in Peru, de PROMPERÚ, que asesora a las productoras en la búsqueda de locaciones, la gestión de permisos y la coordinación con autoridades, los trámites pueden involucrar a distintas instituciones según el lugar elegido: municipalidades para las vías públicas, el Ministerio de Cultura para los sitios arqueológicos y el Sernanp para las áreas naturales.
La diferencia también está en la competencia regional. Colombia, por ejemplo, ofrece devoluciones e incentivos tributarios a las producciones internacionales que contratan servicios locales. Esa política ayuda a explicar por qué Paddington en Perú, pese a llevar el nombre del país, filmó solo algunas escenas en territorio peruano y trasladó buena parte del rodaje a Colombia. En cambio, Transformers: el despertar de las bestias sí realizó una parte importante de su producción en el Perú.
Así, mientras que en Rapa Nui el desafío de Wild Horse Nine estuvo marcado por la logística y el compromiso de filmar respetando el patrimonio y la vida cotidiana de sus habitantes, en el Perú el reto pasa también por consolidar un entorno que facilite la llegada de grandes producciones. En ambos casos, el atractivo de las locaciones es solo el punto de partida: detrás de cada película hay una red de permisos, acuerdos, profesionales y decisiones que determina si un territorio puede convertirse, efectivamente, en un set de filmación.
Una oportunidad para el cine de Rapa Nui
Más allá de las dificultades, Pakarati considera que Wild Horse Nine puede abrir una nueva etapa para la actividad audiovisual de la isla. Durante mucho tiempo, explica, se pensó que Rapa Nui solo podía servir como escenario para historias relacionadas con su propia cultura. Esta película demostró que sus paisajes también pueden representar otros lugares: una playa puede convertirse en un escenario caribeño y un paisaje volcánico, en un territorio completamente distinto.
La producción dejó trabajo, experiencia y una oportunidad para que profesionales locales participaran en un proyecto internacional. También permitió mostrar que la isla cuenta con capacidades para recibir rodajes de gran escala sin renunciar a sus reglas de protección ni paralizar su actividad cotidiana. Pakarati espera que esa experiencia anime a otras producciones a considerar Rapa Nui como locación y abra nuevas alternativas laborales para las generaciones jóvenes.
El vínculo con el cine, además, viene de antes. Después de participar en la película de Kevin Costner, Pakarati decidió permanecer en la isla y desarrollar su propia productora. Más adelante impulsó espacios de formación audiovisual y trabajó con jóvenes en áreas como cámara, sonido y periodismo. Hoy identifica una nueva generación de profesionales que puede sumarse a futuros proyectos.
La película también tendrá un encuentro especial con la comunidad. Según adelantó Pakarati, se prepara una primera proyección en Rapa Nui para la segunda semana de noviembre, con el propósito de compartir el resultado del trabajo con quienes hicieron posible el rodaje. La producción contempla una exhibición adaptada a las condiciones de la isla.
Para Kaltenegger Icka, la expectativa de los habitantes por ver la película refleja el interés que despertó el proyecto. Pero la verdadera ganancia, más allá de la pantalla, será que la experiencia permita consolidar una participación local más amplia en futuras producciones porque el desafío de filmar en Rapa Nui no termina cuando se apagan las cámaras, también consiste en dejar capacidades, oportunidades y una relación de respeto con el lugar que hizo posible la historia.


