Ropa por todas partes, comida desperdigada, un lavadero repleto de platos sin fregar. Así recuerdan los integrantes de BTS la vieja residencia donde se formaron, en el barrio de Nonhyeon-dong, en Gangnam, Seúl. Por entonces todavía no eran BTS, solo aspirantes de una empresa de entretenimiento que compartían un mismo cuarto por necesidades de supervivencia. Lejos del glamour de hoy, hubo un tiempo en que las pechugas de pollo eran su única fuente de proteínas y en que la vida se resumía en un horario implacable. El despertador sonaba a las diez de la mañana y la habitación de práctica no los soltaba sino hasta las diez de la noche.
En esa casa de Big Hit Entertainment, donde ellos eran adolescentes con contrato de entrenamiento (‘trainees’), convivían dos tradiciones. Estaban los raperos, que habían llegado primero y eran los mayores; luego los cantantes y bailarines, de menos edad. Y los primeros tenían un plan con los segundos. Después de las extensas sesiones de baile, por las noches se había montado una informal “escuela de rap” en la casa, donde los mayores les enseñaban a los más jóvenes los rudimentos del rap estadounidense como si fuera una cuestión de vida o muerte. Había una estrategia detrás de esto. Ellos querían que la empresa, al terminar su fase de ‘trainees’, los hiciera debutar en un conjunto de rap, no en uno de ‘idols’ de K-pop. La vida les tendría reservada una sorpresa.
En el libro “Beyond the Story: Crónica de 10 años de BTS”, el periodista Myeongseok Kang recuerda aquellas primeras tensiones en el origen de la agrupación, sobre todo con chicos tan distintos. Estaban los raperos (RM, J-Hope y Suga), con un pie en la escena underground del hip hop. Y luego estaba Jin, autodenominado “el hombre más guapo del universo”, que veía en la música un trampolín hacia la actuación. También estaba Jimin, que venía de la danza contemporánea; V, un flaquito de voz grave dotado para el baile; y el más joven, Jung Kook, de 13 años, con pasta de ‘idol’ por su cara de galán de secundaria y su paso por programas de canto. Hasta que llegó la decepción: Bang Si-hyuk, el presidente de Big Hit, les confirmó que nunca serían un grupo de rap. La pequeña empresa tenía demasiadas deudas y estaba al borde de la quiebra; lo único que podía rescatarla era hacer de ellos ídolos del K-pop. Una ‘boy band’ que rapeara. Su primer sencillo, “No More Dream”, fue presentado un 13 de junio de 2013. Era, por fin, el comienzo. Solo que no era el que habían imaginado.
Un sistema de estrellas como ninguno
Para entender lo que significó el fenómeno de BTS, hay que mirar el terreno en el que surgió. El K-pop, o pop coreano, fue siempre, como señala el periodista Adrian Besley en su libro “BTS: Icons of K-pop”, menos un género musical que un sistema de entrenamiento. Allá las agencias reclutan adolescentes, los preparan durante años en canto, baile e idiomas y luego los lanzan como integrantes de un grupo. Pero esa es solo una pata de la mesa. También están las discográficas, las radios y los populares programas de televisión, que conforman un ecosistema capaz de alimentar sus propios éxitos. Compañías como SM, JYP, YG y HYBE ocupan un lugar central en esa industria y hoy proyectan a sus artistas hacia el resto del mundo.
El K-pop forma parte, a su vez, de algo más amplio: la Hallyu u “ola coreana”, nombre que recibió la creciente popularidad de la cultura surcoreana en el extranjero. Tras la crisis financiera asiática de 1997, el Estado apostó por las industrias culturales: su gasto en el sector pasó de US$14 millones en 1998 a US$84 millones en 2001. Una cifra que ha seguido subiendo. Esa apuesta ayuda a explicar por qué hoy resulta tan fácil encontrarse con una producción coreana al entrar a Netflix. El Óscar de “Parásitos”, el éxito de “El juego del calamar” y los K-dramas, son algunas de las caras más visibles de una influencia cultural que Corea del Sur lleva décadas construyendo.
Del cuarto compartido a los estadios
Trece años después de los modestos orígenes de BTS, la escena es otra. En marzo de 2026, “Arirang”, su disco de retorno, debutó en el primer lugar del Billboard 200 con 641 mil unidades, la mayor semana para un álbum de un grupo desde que la lista se mide por unidades, en diciembre de 2014. Su nueva gira abarca 88 fechas en 34 ciudades de 23 países, todas en estadios. Los siete chicos que compartían un cuarto llenan hoy recintos que ni el más optimista de los fans de entonces habría imaginado. Y la empresa que estuvo al borde del cierre, Big Hit, es hoy HYBE, un conglomerado que facturó 2,66 billones de wones en 2025 (unos US$2.320 millones).
La pregunta es cómo se llega de un lavadero lleno de platos sin fregar a tres estadios agotados en Lima, Perú. En el libro de Besley se ensaya una respuesta. BTS no es una banda cualquiera. “Lo destacable con ellos es que son un grupo de K-pop que no se parece a ningún otro en la historia de la industria del entretenimiento coreano. BTS son únicos porque tuvieron éxito sin el apoyo de una gran compañía; los miembros del grupo están realmente involucrados en la escritura y producción de sus propias canciones y, sobre todo, no tienen miedo de hablar de sus aspiraciones y ansiedades”.
Lo de BTS como autores de sus canciones no es un asunto menor y, salvando las distancias, recuerda una condición por la que también pelearon los Beatles cuando les ofrecieron su primer contrato. Cantar tus canciones te da un estatus distinto. Te da poder. Esa autoría, sumada a que el propio Bang coescribe y produce buena parte del repertorio, ayudó a dar más credibilidad a un mensaje que, viniendo de un producto fabricado, quizá habría sonado demasiado hueco.
Al participar en la creación de sus canciones, BTS también ganó espacio para decidir de qué quería hablar. El K-pop más comercial suele ofrecer diversión y evasión, pero el grupo mostró desde el inicio interés por dirigirse a sus fans con temas menos cómodos: la presión escolar, las dudas que trae crecer, la salud mental. Esa inclinación se hizo más notoria con la serie de discos de la era “Love Yourself”. En setiembre de 2018, RM subió a la tribuna de la ONU para dar un discurso, una escena insólita para una industria cuyos grupos solían mantenerse al margen de los debates públicos.
Una comunidad, no un público
Una parte fundamental de la historia de BTS son quienes los escuchan. ARMY, su legión de fans, nació casi junto con el grupo, en 2013, y BTS entendió pronto que con esos seguidores debía mantener una relación distinta. Las redes sociales, las transmisiones en vivo y los videoblogs les permitieron mostrar una intimidad poco habitual en el K-pop y alimentar la sensación de una conversación permanente. Fue el comienzo de un ‘fandom’ tan dedicado y organizado que, con frecuencia, se convierte en noticia, ya sea por su capacidad para movilizarse, recaudar fondos para causas sociales o convertir cada lanzamiento del grupo en un acontecimiento global.
Ese mismo ‘fandom’ todavía recuerda con cierta angustia 2022, el año de la pausa. BTS anunció entonces un paréntesis para que sus integrantes cumplieran el servicio militar obligatorio y desarrollaran proyectos en solitario. Los siete completaron el servicio en junio de 2025 y, el 1 de julio de ese año, anunciaron juntos su regreso durante una transmisión en vivo. En el pop, desaparecer durante años siempre ha sido un riesgo. Cuando Elvis Presley regresó del servicio militar en 1960, tuvo que recuperar terreno en un mercado que había cambiado durante su ausencia. BTS enfrentaba, seis décadas después, una incógnita similar. Su regreso terminó despejándola. Después de tres años de pausa, el público seguía ahí. //
