El Perú vuelve a encontrarse ante una oportunidad histórica, ya que la demanda internacional de minerales y las nuevas conexiones comerciales con Asia ofrecen condiciones favorables para impulsar nuestro crecimiento. Sin embargo, la historia nos recuerda que disponer de recursos y oportunidades no garantiza transformarlos en desarrollo sostenible.
Jorge Basadre llamó “prosperidad falaz” a la riqueza generada por el guano en el siglo XIX. Los ingresos fueron extraordinarios, pero no conseguimos convertirlos en capacidades económicas e institucionales duraderas. El auge minero de comienzos de este siglo tuvo resultados diferentes, pues impulsó el crecimiento y permitió reducir la pobreza. No obstante, buena parte de ese dinamismo dependió de los elevados precios internacionales de los minerales y de las inversiones que alentaron, mientras que los avances en diversificación y productividad resultaban insuficientes. Cuando cambiaron las condiciones externas, el crecimiento perdió impulso y se evidenciaron las limitaciones estructurales que todavía enfrentamos.
Hoy esas debilidades adquieren especial importancia, debido a la inseguridad y el crimen organizado, que encarecen las actividades económicas y desalientan inversiones. Por su parte, el enfrentamiento entre el Ejecutivo y el Legislativo dificulta la continuidad de políticas públicas. A ello se suma una elevada informalidad, que restringe el acceso al financiamiento y a nuevas tecnologías, así como importantes brechas educativas que limitan nuestra capacidad para competir en actividades de mayor valor agregado.
Más allá de las importantes reformas que exigen estos desafíos, necesitamos seleccionar mejor nuestras inversiones y ejecutarlas con eficiencia. Esta es una capacidad que todavía no hemos desarrollado del todo como país y que abordé esta semana, cuando fui invitado a dar las palabras inaugurales del PMxIA Day 2026, un encuentro dedicado a la integración de la dirección de proyectos y la inteligencia artificial. En particular, la dirección de proyectos, cuya contribución trasciende el cumplimiento de presupuestos y cronogramas, cobra singular relevancia, pues comienza con la evaluación de alternativas y articula las actividades hasta comprobar que las inversiones produzcan los beneficios esperados.
Cuando distintas inversiones dependen unas de otras, esta articulación se vuelve fundamental. Un puerto moderno, por ejemplo, difícilmente se convertirá en un polo de desarrollo si no cuenta con conexiones logísticas adecuadas o empresas capaces de aprovecharlas. Debido a ello, la gestión eficiente de programas y portafolios debería permitirnos coordinar iniciativas complementarias para superar las limitaciones históricas y así convertir la riqueza en desarrollo.
La inteligencia artificial puede fortalecer estas capacidades al facilitar mejores pronósticos, detectar riesgos y apoyar decisiones sobre la asignación de recursos. Su contribución, sin embargo, no se limita a mejorar la ejecución de proyectos existentes, porque también utilizaríamos la gestión de proyectos para incorporar IA en los procesos productivos, seleccionando soluciones según su viabilidad y los beneficios que generen.
Si logramos extender las capacidades para gestionar proyectos de transformación tecnológica entre las micro y pequeñas empresas, responsables de una quinta parte del PBI peruano, miles de mejoras empresariales podrían traducirse en incrementos significativos de productividad.
El Perú cuenta con programas y planes nacionales de inteligencia artificial y competitividad que convendría articular mediante programas de transformación productiva, acompañados de formación técnica y evaluación de resultados. Así podríamos avanzar en mejoras concretas mientras enfrentamos problemas estructurales cuya solución tomará más tiempo. Bajo esta perspectiva, la dirección de proyectos y la inteligencia artificial nos permiten desarrollar capacidades para aprovechar la próxima bonanza y generar crecimiento económico y bienestar social.


