La humanidad lleva tres siglos exactos intentando domesticar “Los viajes de Gulliver” y hasta ahora, pese a sus ímprobos esfuerzos, no ha logrado limarle los colmillos ni las garras. Jonathan Swift lo tuvo claro desde el comienzo: le confesó a su buen amigo, el poeta Alexander Pope, que lo había escrito no para entretener, sino para fastidiar a todo el mundo –a las instituciones, a ciertos personajes, a la dignidad misma de la condición humana–. Armas para esa tarea siempre tuvo. Recordemos que pocos años después, en “Una modesta proposición”, propondría satíricamente que los pobres de Irlanda vendieran a sus hijos como alimento para los ricos y así pusieran fin a la hambruna que asolaba a los campesinos. Swift subvirtió todo, vampirizó todo, se aprovechó de todo para concretar sus propósitos.
Su primera víctima fue un género: el relato de viajes, muy celebrado en su tiempo. Navegantes y exploradores se aventuraban en sitios remotos para luego saciar el hambre de exotismo de los lectores europeos. Varios de esos libros exageraban sus descubrimientos, otros los inventaban sin recato, como George Psalmanazar, quien más de veinte años antes de la aparición de Gulliver publicó una “Descripción histórica y geográfica de Formosa”, volumen en el que contaba que el culto principal de la isla exigía el sacrificio anual de los corazones de dieciocho mil niños y que el esposo cuya mujer le hubiera sido infiel tenía derecho a devorarla. El libro tuvo una gran acogida y la Universidad de Oxford lo invitó a dar conferencias. Psalmanazar, que años después admitió su fraude, allanó el camino por el que Swift emprendería su fabulación más perdurable.
Lemuel Gulliver es un personaje incapaz de heroísmo, porque carece de la lucidez y la visión necesarias para denunciar los males que acosan al mundo. Es más bien crédulo, patriotero, vanidoso, pero sobre todo imposible de fijar desde una perspectiva determinada. Y no me refiero solo a sus cambios de escala en los dos primeros viajes, sino a que nunca sabemos con certeza si está del lado de la razón o de la locura. Swift era plenamente consciente de esa ambigüedad y la llevó al extremo en el cuarto viaje, el mejor y el más despiadado en sus conclusiones. Si los tres primeros periplos se centran en las relaciones de poder, en la injusticia y la crueldad de los opresores, en el último se pone en juego la concepción misma que tenemos de nuestra propia especie.
—Equinos y racionales—
En ese viaje, Gulliver llega a la tierra de los Houyhnhnms. Estos son caballos dotados de razón y de habla que han edificado una sociedad utópica, pacífica y ordenada, en la que no hay rastro de religión: todas sus convicciones se basan en la defensa de la racionalidad frente a la barbarie. Los bárbaros son los Yahoos, una raza de seres muy parecidos a los humanos, codiciosos, violentos y sucios, que los Houyhnhnms usan como bestias de carga. Acogido por uno de los caballos, el viajero dialoga con sus anfitriones y les explica cómo funcionan las cosas en Inglaterra, en un intento por demostrar que proviene de una civilización tan avanzada como la de ellos. Los caballos no se conmueven y dictaminan que en aquel lejano país los Yahoos usan la poca lógica de la que están equipados para exacerbar sus peores vicios.
El pesimismo de Swift oscurece el relato. Gulliver entiende que, aunque desprecia profundamente a los Yahoos y admira a los Houyhnhnms, está más cerca de los primeros que de los segundos: él también es un ser egoísta y cruel, apenas recubierto por una ligera capa de razón. Tal sensación se comprueba cuando regresa a casa y no puede abrazar a su mujer sin sentir repugnancia; termina pasando al menos cuatro horas diarias en el establo, conversando con dos caballos.
Lo que denuncia Swift es la arrogancia de quien ha olvidado su esencia animal debido a su privilegio de pensar. Los Houyhnhnms, inhabilitados para los sentimientos, la culpa o la piedad, obedecen a una razón estática, sin curiosidad ni puertas para nuevos conocimientos. La crítica a la intelectualidad y a la sociedad de su tiempo es palmaria; no resulta casual que uno de los aspectos que más le reprocharon fueran sus descripciones de lo menos noble de las anatomías corporales, de olores y de fluidos. Swift les recordaba a sus contemporáneos que detrás de todo aquel progreso no había sino seres primitivos sometidos por sus necesidades biológicas y sus instintos malsanos. Ellos no estaban dispuestos a aceptarlo.
Tampoco lo aceptamos ahora. Por eso este libro sigue siendo incómodo y, como es imposible negar su genialidad, se lo ha querido acomodar en los estantes de la literatura infantil. Su ácida influencia alcanza a toda clase de autores, y la obra continúa advirtiéndonos de nuestra fragilidad, de nuestra traicionera emocionalidad y de nuestro castrante dogmatismo, así como de otros males que persisten con todo su vigor entre nosotros. Mientras así sea, leer a Swift será tan urgente como hace tres siglos.

