El Gobierno se aproxima a su primer trimestre. Sería absurdo exigir resultados sustantivos en poco tiempo. Pero la economía política sí concede especial importancia al inicio de una gestión: el ‘honeymoon period’, esa ventana en la que existe mayor capital político para revelar prioridades, iniciar reformas y asumir costos. No corresponde todavía preguntar cuánto cambió el país, pero sí hacia dónde vamos.
La elección produjo inicialmente una respuesta clara. El triunfo de Fuerza Popular frente a una alternativa más distante de una economía de mercado redujo uno de los riesgos percibidos por la inversión privada. Las expectativas reaccionaron. Según el BCRP, las expectativas sobre la economía a doce meses pasaron de 55,9 puntos en mayo a 72,1 en julio. Luego bajaron a 68,1 en agosto y 67,6 en septiembre. A tres meses ocurrió algo similar: de 46,2 en mayo saltaron a 62,3 en julio, para retroceder a 56,8 en septiembre. Seguimos en terreno optimista, pero el entusiasmo inicial se viene desinflando.
¿El Niño? Puede explicar una parte, aunque era un riesgo conocido con anticipación. Otra hipótesis merece atención: la acumulación de señales del Gobierno comienza a alejarse de lo inicialmente esperado.
Primero, las facultades legislativas. Se filtró inicialmente un borrador ambicioso, con reformas en formalización, empleo, inversión y modernización del Estado. Pero el propio Ejecutivo fue moderándolo y el pedido oficial que finalmente remitió al Congreso tuvo menor alcance. Después, la Cámara de Diputados lo recortó todavía más, concentrándolo esencialmente en seguridad y El Niño. El Congreso tiene una cuota importante de responsabilidad, pero el retroceso había comenzado antes.
Segundo, buena parte de la agenda pendiente terminó trasladada a comisiones presidenciales. Estas tendrán nueve meses para presentar propuestas sobre formalización, financiamiento, inversión pública y cumplimiento tributario. ¿Está mal sentarse a diseñar reformas? Por supuesto que no. El problema es la señal: asuntos que parecían urgentes pasan ahora a nueve meses de estudios y recomendaciones. Viene inevitablemente a la memoria la frase atribuida a Napoleón: “si quieres que algo no se haga, nombra una comisión”. Habrá que demostrar que esta vez será diferente.
Tercero, el aumento del salario mínimo. Paradójicamente, mientras las reformas para promover la formalización quedaron en el camino, una decisión que sí avanzó rápidamente fue elevar la RMV. Una medida de corte populista que golpea especialmente a las mype, encareciendo la contratación formal precisamente donde esta resulta más difícil. Una contradicción en un país donde siete de cada diez trabajadores son informales.
Cuarto, y más delicado, lo fiscal. El Consejo Fiscal advierte que leyes aprobadas por el Congreso ya comprometen alrededor de S/13 mil millones anuales de gasto permanente. Frente a ello esperaría un Gobierno mucho más firme defendiendo la sostenibilidad fiscal e impulsando las acciones de inconstitucionalidad pendientes. Hemos escuchado al MEF levantar la voz, pero esta se pierde frente al silencio del resto del Gobierno sobre el tema. Confiar en que el ciclo favorable de los ‘commodities’ continuará y evitar conflictos con los beneficiarios de estas leyes sería peligrosísimo.
El problema de fondo es que esta discusión ocurre en una economía que lleva años perdiendo dinamismo. Crecimos 6,2% anual entre 2005 y 2014 y apenas 2,4% entre 2015 y 2024, mientras nuestra productividad laboral permanece por debajo de un tercio del promedio OCDE. No estamos frente a un problema coyuntural: sin reformas que eleven la productividad, impulsen la inversión y recuperen el empleo formal, corremos el riesgo de consolidar un crecimiento mediocre como nuestra nueva normalidad.
¿Se acabó entonces el optimismo? No. El Gobierno conserva una ventaja: una orientación económica que, en principio, ofrece mejores condiciones para la inversión. Pero eso ya no basta. Nadie esperaba resultados en pocas semanas. Sí se esperaban señales claras de que se empezaría a revertir ese deterioro. Todavía hay espacio para darlas. Pero la confianza, como sabemos, también se deprecia.


