Durante años, Matthew Perry hizo reír a millones de personas con sus ocurrencias como Chandler Bing en “Friends”. Detrás de las cámaras, sin embargo, el actor atravesaba una dolorosa realidad que no siempre era visible para el público. Tenía fama, dinero, reconocimiento y una carrera en Hollywood que muchos habrían deseado, pero nada de eso lo libró de una dura batalla contra las adicciones que había comenzado mucho antes del éxito, cuando apenas tenía 14 años.
En sus memorias, Friends, Lovers and Big Terrible Things, publicadas en 2022, el intérprete relató los múltiples tratamientos a los que se sometió y, durante la promoción del libro, reveló que había gastado cerca de nueve millones de dólares intentando mantenerse sobrio.
A pocos días de cumplirse tres años de su muerte, el estreno de The One About Matthew Perry, una serie documental de tres episodios que llegará a Netflix este 27 de octubre, vuelve a poner su historia en el centro de la conversación. Y con ella, una pregunta que solemos hacernos cuando alguien aparentemente privilegiado atraviesa una crisis: “Pero si lo tiene todo para ser feliz ¿por qué sufre tanto?”
Detrás de esa frase, muchas veces pronunciada sin mala intención, se esconde una creencia profundamente arraigada en nuestra sociedad: que tener la vida resuelta en lo material significa también estar bien emocionalmente.
El dinero puede comprar tranquilidad, pero no una vida libre de dolor
Solemos medir la felicidad ajena a partir de lo que podemos ver: estabilidad económica, éxito profesional, una familia o una vida aparentemente cómoda. Bajo esa lógica, quien reúne todas estas condiciones debería sentirse satisfecho. Sin embargo, como explicó el psicólogo Manuel Roca, del Instituto Certus, el bienestar emocional no funciona como una suma de bienes o logros, ya que existen experiencias internas—pérdidas, conflictos, presiones o vulnerabilidades personales— que escapan a la mirada de los demás.
“Tener mucho no significa sufrir menos, y sufrir no convierte a nadie en desagradecido”, enfatizó el experto en conversación con Somos.
Esto no significa que el dinero carezca de importancia. Contar con una vivienda segura, alimentación, atención médica o acceso a terapia reduce importantes fuentes de estrés y amplía las posibilidades de recibir ayuda.
Sin embargo, aunque los recursos económicos facilitan el tratamiento de un problema, no necesariamente evitan que aparezca. El caso de Matthew Perry, quien destinó millones de dólares a su recuperación, ilustra precisamente esa diferencia.
En esa misma línea, el doctor David Streem, psiquiatra y especialista en adicciones de Cleveland Clinic, nos recuerda que la salud mental involucra cómo pensamos, sentimos, nos relacionamos y afrontamos las dificultades. Por ello, una persona puede continuar trabajando, cumpliendo responsabilidades y proyectando una imagen de éxito mientras atraviesa una profunda soledad, ansiedad o depresión.
Y cuando ese sufrimiento invisible se manifiesta a través de una adicción, la incomprensión suele ser todavía mayor.
Las adicciones no son una cuestión de voluntad
Cuando una persona desarrolla una adicción, es frecuente que su comportamiento se interprete como una falta de voluntad, una sucesión de malas decisiones o incluso una incapacidad para valorar lo que tiene. Sin embargo, esta mirada desconoce la complejidad de un trastorno que va mucho más allá de la elección individual.
Como destacó el doctor Streem, las sustancias pueden alterar el sistema de recompensa del cerebro y generar cambios que dificultan dejar de consumir, incluso cuando la persona desea hacerlo. Esta pérdida de control puede manifestarse en deseos intensos de consumo, intentos fallidos de reducirlo, una creciente dedicación de tiempo a conseguir la sustancia o recuperarse de sus efectos, así como la persistencia del uso pese a sus consecuencias negativas.
Incluso, como advirtió Pedro González, docente de la carrera de Psicología de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya (UARM), la adicción puede extenderse progresivamente a distintas áreas de la vida, desde las relaciones familiares y de pareja hasta el desempeño académico o laboral. “La adicción va copando estas áreas y, como un dominó, derrumba la vida del individuo”, señaló.
Entonces, si es una situación que supone tantas consecuencias negativas, ¿qué lleva a alguien a desarrollar esta dependencia? De acuerdo con Streem, la ansiedad, la depresión, el trauma o las dificultades para gestionar las emociones pueden aumentar la vulnerabilidad, por lo que no es extraño que un trastorno por consumo de sustancias coexista con otra condición de salud mental.
No obstante, el especialista aclaró que no todas las adicciones nacen del intento de escapar del sufrimiento. También intervienen factores genéticos, sociales y ambientales, como los antecedentes familiares, la presión del entorno o el acceso a sustancias.
Por eso, reducir esta complejidad a una falta de carácter no solo alimenta los prejuicios, sino que puede dificultar que quienes atraviesan una adicción se atrevan a reconocerla y buscar ayuda.
La culpa de sufrir cuando aparentemente no falta nada
“Con todo lo que tienes, deberías estar agradecido”, “hay personas que están mucho peor” o “no tienes motivos para sentirte así”. Aunque estas frases pueden parecer inofensivas, esconden una forma de invalidar el sufrimiento ajeno.
Para la psiquiatra Doris Cáceres, de Clínica Internacional, solemos comparar el dolor emocional con las condiciones materiales de una persona, como si tener más privilegios significara tener menos razones para sufrir. Y muchas veces no somos conscientes de que esta mirada puede generar culpa y vergüenza, llevando a quien atraviesa una crisis a ocultar lo que le ocurre por temor a ser juzgado.
Con el tiempo, esta presión también puede convertirse en una exigencia interna, especialmente cuando alguien ha aprendido que debe ser fuerte, exitoso o autosuficiente. Entonces, pedir ayuda puede sentirse como admitir un fracaso.
“Muchas veces la persona no solo está sufriendo; también está peleando contra la posibilidad de reconocerlo”, expresó Roca.
Y en las personas famosas, esta carga puede intensificarse. La exposición constante, la pérdida de privacidad y la presión por sostener una imagen exitosa pueden dificultar que reconozcan sus problemas.
Casos como el del actor de Friends nos invitan a reflexionar sobre esa distancia entre la figura pública que millones de espectadores admiraban y las dificultades personales que él mismo decidió revelar.
Cuando los privilegios también pueden esconder una adicción
Aunque disponer de recursos económicos puede facilitar la atención especializada, también puede amortiguar durante más tiempo las consecuencias visibles del consumo.
Como explicó el psicólogo Manuel Roca, una persona puede cubrir deudas, compensar obligaciones incumplidas o contar con alguien que constantemente “apague los incendios”. Así, mientras desde afuera todo parece estar bajo control, el problema puede seguir avanzando.
“Tener recursos no elimina el problema; a veces simplemente hace que tarde más en hacerse visible”, advirtió.
Esta situación también puede involucrar a la familia. Por miedo, amor o vergüenza, los seres queridos pueden terminar justificando comportamientos preocupantes o interviniendo una y otra vez para evitar que la persona enfrente las consecuencias de sus actos.
Sin embargo, como subrayó el doctor Streem, “un error frecuente es confundir ayudar con evitar que la persona enfrente cualquier consecuencia de su conducta”. Acompañar implica escuchar sin juzgar, promover el acceso a los tratamientos y brindar apoyo, pero también establecer límites. Es por eso que, en ocasiones, la propia familia puede necesitar orientación terapéutica o grupos de ayuda para aprender a manejar estas situaciones sin quedar atrapada en el problema.
Entonces, ¿cómo podemos reconocer que algo no marcha bien cuando aparentemente no falta nada? Para el psicólogo José Chávez, de Sanitas Consultorios Médicos, es vital prestar atención a cambios persistentes de la conducta, como irritabilidad, aislamiento, secretismo o mentiras; alteraciones del sueño y del apetito; deterioro del rendimiento académico o laboral; cambios en las amistades y abandono de actividades habituales. También pueden aparecer problemas económicos inexplicables, pérdida de objetos, tristeza persistente o expresiones de desesperanza.
Aunque estas señales no confirman por sí solas una adicción, sí merecen atención y, cuando corresponda, una evaluación profesional.
Recuperarse no siempre es un camino recto
Reconocer una adicción y comenzar un tratamiento no significa que el problema desaparezca de inmediato. La recuperación puede ser un proceso complejo, con avances, dificultades y, en algunos casos, recaídas que suelen generar frustración tanto en la persona afectada como en su entorno.
Sin embargo, para el psiquiatra David Streem, “una recaída no significa que la persona haya fracasado ni que el tratamiento no sirva”. Los trastornos por consumo de sustancias pueden tener un curso crónico y requerir seguimiento, ajustes terapéuticos y distintas formas de apoyo a lo largo del tiempo.
Por ello, ante una recaída, lo importante es retomar la atención profesional, identificar posibles desencadenantes y revisar el tratamiento, en lugar de responder únicamente con reproches.
Existe, además un riesgo que no debe pasarse por alto: la sobredosis. Después de un período de abstinencia, la tolerancia a determinadas sustancias puede disminuir. En el caso de los opioides, volver a consumir cantidades que antes se toleraban puede resultar especialmente peligroso, sobre todo si se combinan con sedantes. Una sobredosis por opioides puede provocar una disminución grave de la respiración y consecuencias mortales en pocos minutos, por lo que requiere atención médica inmediata.
Más allá del tratamiento, también necesitamos transformar la manera en que hablamos de las adicciones. Para Manuel Roca, el primer paso consiste en abandonar las etiquetas de “vicioso”, “débil” o “sin fuerza de voluntad” y reemplazar los juicios por preguntas que permitan comprender qué está ocurriendo.
“En lugar de decir: “¿Cómo pudo terminar así?”, es mejor enfocarse en: “¿Qué está pasando y cómo podemos intervenir antes de que sea peor?”.
Quizá, frente a historias como la de Matthew Perry, la pregunta nunca debió ser por qué alguien que aparentemente lo tenía todo terminó sufriendo, sino por qué seguimos creyendo que el dolor necesita justificarse. Porque ni el éxito, ni el dinero, ni el reconocimiento garantizan una vida libre de sufrimiento. Y comprenderlo puede ser el primer paso para dejar de juzgar a quienes necesitan ayuda y empezar a acompañarlos.


