Son las 10.33 de la mañana en la costa este de China. Hace frío y la neblina se abre paso entre el Trío de Superrascacielos. Un agente de seguridad vigila la entrada junto a su perro, mientras varios visitantes se preparan para ingresar al tercer edificio más alto del mundo, pese a la escasa visibilidad. Estamos al pie de la Torre de Shanghái, cuyo mirador ofrece una panorámica de 360 grados a 546 metros de altura. Para llegar, debemos subir al piso 118 en menos de un minuto.
Ingresamos al ascensor y nos recomiendan abrir la boca para aliviar la sensación de oídos tapados por el cambio de presión. Una pequeña pantalla indica los metros que ganamos a cada segundo. El trayecto apenas permite seguir las cifras: cuando las puertas vuelven a abrirse, comienza el recorrido frente a los enormes ventanales, con la expectativa de descubrir cuánto del horizonte deja ver la bruma.
El famoso "Trío de Superrascacielos" de Lujiazui, el distrito financiero de Pudong en Shanghái. Foto: La República/Jennifer ValquiDesde esa altura, las calles pasan a un segundo plano y los edificios vecinos sirven de referencia para dimensionar la distancia que nos separa del suelo. Aun así, estamos por debajo de la cima: la construcción alcanza los 632 metros y es la más alta de China. Su perfil en espiral, diseñado por el estudio Gensler para reducir las cargas del viento, sobresale en Lujiazui, el núcleo financiero de Pudong.
Shanghái desde arriba: entre rascacielos, el río Huangpu y el Bund
Desde los ventanales, la mirada encuentra primero la Torre Jin Mao y el Shanghai World Financial Center. Sus cimas quedan por debajo del mirador: la primera exhibe su perfil escalonado; la segunda, la abertura que le da su conocida apariencia de destapador. Observarlas desde arriba permite distinguir detalles de sus remates que difícilmente se aprecian a pie de calle.
Más allá aparece la Perla Oriental, reconocible por las esferas que atraviesan su estructura. A su alrededor se extienden avenidas y bloques de oficinas hasta las orillas del Huangpu, el río que separa Pudong de Puxi. Las embarcaciones que recorren sus aguas parecen pequeñas frente a los edificios y ayudan a dimensionar el paisaje que tenemos delante.
Desde el piso 118, los visitantes pueden observar los icónicos edificios de Shanghái, como la Torre Jin Mao y la Perla Oriental. Foto: La República/Jennifer ValquiAl otro lado se distingue el Bund, con sus fachadas históricas alineadas junto al paseo ribereño. Desde aquí, esa arquitectura comparte escena con los rascacielos del distrito financiero. Hacia el interior de Puxi, las construcciones se suceden hasta perder nitidez en la distancia, donde la bruma desdibuja los contornos de la ciudad.
Los visitantes disfrutan de una vista panorámica en la Shanghái Tower pese a la bruma que cubre la ciudad. Foto: La República/Jennifer ValquiRecuerdos ofrecidos en el mirador de la Torre de Shanghái
En el piso 118, la visita continúa entre artículos inspirados en el rascacielos. La tienda ofrece réplicas a escala y botellas de agua cuyos envases reproducen su silueta en espiral. Después de contemplar la ciudad desde los ventanales, encontramos sobre los estantes versiones en miniatura del edificio que nos sostiene a más de 500 metros del suelo.
El piso 118 de la Torre de Shanghái ofrece también puestos de venta de recuerdos para los visitantes. Foto: La República/Jennifer ValquiEl recorrido incluye el Árbol de los Deseos, donde los visitantes cuelgan tarjetas con mensajes personales, y un punto postal desde el que pueden enviar correspondencia. Luego llega el descenso en ascensor y, con él, otro cambio de presión en los oídos. Ya en el sótano, los restaurantes ofrecen opciones para almorzar, entre ellas sopas picantes y platos de cerdo con arroz frito. La torre también alberga un centro comercial de acceso gratuito: una última parada antes de volver a las calles de Shanghái.
La carne de cerdo es uno de los ingredientes más populares de la gastronomía china. Foto: La República/Jennifer ValquiPrecios y clima: qué tener en cuenta antes de subir
La entrada al piso 118 de la Torre de Shanghái tiene un precio regular de referencia de 180 yuanes por adulto, equivalente a 90 soles peruanos. La misma entidad consigna una opción de 268 yuanes (S/134) que incluye el espacio artístico SKY632, ubicado en los niveles 125 y 126. Esos montos pueden cambiar según las promociones y la modalidad elegida, por lo que conviene consultar los canales oficiales de venta antes de reservar.
El clima también condiciona la experiencia: la bruma y las nubes bajas pueden ocultar los edificios que esperamos contemplar desde el observatorio. Revisar el pronóstico y las condiciones de visibilidad ayuda a planificar la visita, aunque no garantiza un horizonte despejado. Tampoco las luces nocturnas aseguran una mejor perspectiva si persiste la niebla. A más de 500 metros del suelo, cuánto podemos ver depende también del cielo.
El trayecto en ascensor hasta el piso 118 de la Shanghái Tower requiere menos de un minuto. Foto: La República/Jennifer ValquiDel día a la noche: cómo cambia la ciudad desde el mirador
Con luz natural, se distinguen las curvas del río, las diferencias de altura entre los edificios y el trazado de las calles. Al caer la tarde, esos detalles ceden protagonismo a las primeras luces: las fachadas se iluminan y los reflejos aparecen sobre el agua. Desde el mirador, el cambio ocurre de forma gradual, a medida que las siluetas se recortan contra un cielo cada vez más oscuro.
Este rascacielos, parte del "Trío de Superrascacielos" en Lujiazui, es el edificio más alto de China con 632 metros. Foto: La República/Jennifer ValquiEn una orilla, la iluminación destaca los edificios históricos del Bund; en la otra, las torres de Pudong dibujan el perfil del distrito financiero. Permanecer hasta el anochecer permite contemplar ambas escenas desde los mismos ventanales, aunque la niebla puede ocultar parte del horizonte. La ciudad que durante el día se reconoce por sus formas adquiere, de noche, otros contornos.


