Giovanni di Fidanza, conocido como San Buenaventura y considerado el segundo fundador de los Hermanos Menores, llevó a cabo una serie de reformas que permitieron que la orden franciscana se convirtiera en una de las más importantes desde el Medioevo hasta nuestros días. Una de ellas tenía que ver con ponerle coto a las divisiones al interior de la orden, causadas por la libre interpretación de la imagen del fundador y el énfasis en determinadas partes de su biografía para justificar lecturas doctrinales. Para zanjar la cuestión, el Ministro General de la orden y cardenal de Albano decidió confiscar y eliminar todas las biografías escritas sobre San Francisco hasta quedarse solo con una: la que él mismo escribió. Así, su obra titulada Leyenda Mayor fue el documento oficial que rigió por siglos en la Orden Franciscana desde 1260.
Como advierte Veronique Gauthier de Lecaros, doctora en Teología Católica por la Universidad de Estrasburgo y docente de la Facultad de Teología de la PUCP, temas como el ayuno, la privación al extremo y el sufrimiento resultan valores fundamentales para entender entonces la santidad, una concepción de la fe que tuvo su cúspide en los tiempos del colonialismo en América y que ha impregnado nuestra espiritualidad hasta hoy. “No hemos logrado salir de esta impronta del sufrimiento. Pero esta valoración no es cristiana. El Papa acaba de decir hace unos días a propósito de eso: ‘No espiritualicemos el sufrimiento’”, alerta la investigadora.
A fines del siglo XIX, el teólogo Paul Sabatier (1858–1928) cuestionó estos criterios, surgiendo con ello la llamada “Cuestión franciscana”, un profundo debate sobre qué Francisco conocemos, qué presentan y qué ocultan las fuentes oficiales. Empiezan a aparecer otros documentos de época y la imagen del fundador comienza a revelar una profundidad más allá de la figura moldeada según los ideales de su tiempo.
—Patrono de la ecología—
Para Gauthier de Lecaros, en una sensibilidad contemporánea San Francisco de Asís es el patrón del medio ambiente. “Su relación con la naturaleza es tan inspiradora como cuestionadora, frente a los desafíos que no debemos aislar de la problemática de la inteligencia artificial, con el consumo de agua y energía que implica, como lo menciona Magnifica humanitas, la primera encíclica del papa León XIV”, señala. En efecto, la visión de San Francisco plasmada en el Cántico de las Criaturas no se trata de un ecologismo ingenuo. El santo reconoce que todo está conectado: el cuidado de la naturaleza es inseparable de la justicia social.
“La idea de pensar la naturaleza como una entidad separada de nosotros, como algo que se puede estudiar y dominar, es una idea moderna. En las poblaciones más tradicionales, el ser humano vive dentro de ella, y en Francisco aún está esta manera de vivir. Y él lo expresa con mucha fuerza”, explica la teóloga.
—Austeridad franciscana—
En una sociedad hiperconsumista guiada por el algoritmo y la acumulación, la opción radical de San Francisco de Asís por la pobreza voluntaria y la renuncia a las posesiones proponía un estilo de vida basado en la sobriedad y la sostenibilidad. En la Edad Media previa a la gran peste, empezaba en la península itálica una revolución económica con acumulación de capitales y nuevos mercados. Había cambios en la forma de vivir y la gente empezaba a concentrarse en las ciudades, lo que implicaba una transformación en el consumo. San Francisco reacciona justamente contra eso. “Esto es importante tomarlo en cuenta en una sociedad consumista, pero también es esencial pensarlo desde la espiritualidad”, advierte la teóloga.
—Diálogo Intercultural—
Asimismo, Francisco enseña a acercarnos al otro desde el respeto mutuo, un ejemplo clave en un mundo actualmente polarizado por conflictos geopolíticos y fundamentalismos. En ese sentido, su viaje al encuentro del sultán Al-Kamil en medio de la Quinta Cruzada es el paradigma del diálogo interreligioso: “Francisco deseaba ir a las cruzadas para predicar, buscando la conversión de los musulmanes. Predicaba sin armas, a diferencia de las órdenes militares que acompañaban a los soldados cruzados para recuperar los lugares sagrados”, explica Gauthier de Lecaros. En Damieta, en 1219, Francisco dialoga con el sultán, quien gobernaba el Sultanato ayubí de Egipto y era sobrino del famoso líder musulmán Saladino. Sin embargo, no logrará convertirlo ni detener la guerra. Al-Kamil lo recibió con respeto y hospitalidad, lo escuchó y le permitió regresar sano y salvo a su campamento. Mientras tanto, en su ausencia, los frailes estaban haciendo de las suyas en Italia. El fracaso forma parte de la vida de Francisco y lo hace muy cercano, porque es un hombre que va de derrota en derrota. Sin embargo, la reunión con el sultán hizo de él una figura mayor del diálogo interreligioso”, explica la teóloga.
—Leprosos y excluidos—
Asimismo, el icónico beso de San Francisco al leproso simboliza hoy la atención a los excluidos: migrantes, personas sin hogar, marginados. Su ejemplo invita a mirar la dignidad humana más allá de la utilidad económica. “Abrazar a nuestros leprosos, besar sus llagas, es un hecho que se presenta en las fuentes históricas, pero, al mismo tiempo, es una metáfora de todo lo que implica besar una herida”, dice.
—Las mujeres de su vida—
Para la investigadora, un aspecto fundamental para comprender la figura de San Francisco es su amistad franca con las mujeres, empezando por Santa Clara de Asís, con quien el santo supo respetar su singularidad, dejándose consolar e incluso aconsejar por ella en momentos de crisis ante las desviaciones del carisma franciscano que surgían entre sus hermanos de la orden. Clara desarrollaría una espiritualidad propia y original —muy complementaria a la de su ‘hermano y padre’—, visible en sus cartas a Inés de Praga, mientras él la llamaba afectuosamente “la florcita” (plantichella). Esta apertura hacia lo femenino se reflejó también en su amistad con Jacoba de Settesoli, a quien Francisco llamaba “Fray Jacoba” para sortear con ingenio las normas que prohibían el ingreso de mujeres a su convento.
Finalmente, la teóloga de la PUCP destaca que en esta época de expansión burguesa e inicio del arte gótico, cuando el Papado necesitaba adaptarse a una nueva sociedad urbana mediante las órdenes mendicantes, un humilde Francisco buscó reformar la Iglesia desde dentro y en absoluta obediencia al Papa, evitando las rupturas heterodoxas de la época. Esa misma sensibilidad innovadora lo llevó a revolucionar la religiosidad popular a través del primer belén en vivo, revalorizando la figura de María y conectando con la profunda humanidad de un Cristo sufriente, experiencia viva que culminaría marcada en su propia carne con los estigmas.