Las políticas de lucha contra la pobreza han estado centradas, sobre todo, en quienes ya se encuentran en esa situación y han buscado esencialmente mitigarla mediante transferencias monetarias. La espectacular reducción de la pobreza entre 2004 y 2016, de 58% a 20,5%, fue para muchos analistas la prueba irrefutable de los beneficios del crecimiento sostenido.
Sin embargo, la crisis del covid-19 reveló la existencia de una amplia población vulnerable, no pobre pero susceptible de caer en la pobreza ante un choque adverso, que había permanecido fuera del radar de las políticas públicas. Un hogar puede dejar de ser pobre porque aumentaron temporalmente sus ingresos, sin haber adquirido las capacidades, activos, empleo estable, educación, salud o protección necesarios para mantener ese nivel de bienestar. De allí que la evidencia internacional haya ampliado el análisis desde la pobreza hacia conceptos como vulnerabilidad, resiliencia y movilidad económica.
Según la ENAHO, entre 2004 y 2016 el número de pobres se redujo en casi 10 millones de personas, mientras que el de vulnerables aumentó en algo más de 5 millones. Es decir, más de la mitad de quienes dejaron de ser pobres pasó a formar parte de la población vulnerable. En el periodo siguiente, marcado por un bajo crecimiento (2016-2025), pobreza y vulnerabilidad aumentaron simultáneamente, en alrededor de 2 millones y 452 mil personas, respectivamente.
A pesar de contar con un indicador oficial que permite identificar a la población vulnerable a la pobreza, las políticas sociales siguen llegando después de la batalla, atendiendo a los muertos y heridos de la economía de mercado. Si el Estado solo identifica a los pobres y concentra en ellos sus programas, puede llegar tarde: cuando el hogar ya perdió el empleo, agotó sus ahorros, vendió sus activos o sufrió un shock de salud. No parece haberse aprendido la lección. Ante la amenaza de un fenómeno de El Niño de intensidad extraordinaria, siguen brillando por su ausencia políticas preventivas capaces de reducir la exposición y vulnerabilidad de los hogares frente a choques adversos de gran magnitud.
Pero no basta con mitigar los efectos de la pobreza ni con prevenir las caídas en ella. Las políticas deberían también aprender de quienes consiguieron salir y, sobre todo, de los factores que les permitieron hacerlo de manera sostenible. La pregunta no debería ser únicamente cómo sacar a los hogares de la pobreza, sino qué condiciones permiten consolidar esa salida y evitar que vuelvan a caer.
Ello supone estudiar no solo las características de quienes son pobres, sino también las trayectorias de quienes dejaron de serlo. Es pasar de preguntarse «¿por qué los hogares son pobres?» a preguntar también «¿qué hicieron y qué condiciones encontraron los hogares que consiguieron salir de la pobreza?». Sus trayectorias contienen información valiosa sobre los factores que hacen posible superar la pobreza y mantener esa mejora en el tiempo.
La pobreza, en efecto, es un fenómeno dinámico. Cada año algunos hogares salen de ella mientras otros caen en ella. Las salidas son generalmente de corto alcance: permiten superar la línea de pobreza, pero no la condición de vulnerabilidad. Otras son de mayor alcance y permiten reducir sustancialmente el riesgo de volver a caer. Gracias a que la ENAHO realiza un seguimiento de las condiciones de vida durante varios años, es posible observar estas trayectorias.
Los datos más recientes son ilustrativos. Entre 2024 y 2025, cuatro de cada diez personas salieron de la pobreza, pero tres de ellas permanecieron en situación de vulnerabilidad y, por tanto, con un alto riesgo de volver a caer. Entre las personas vulnerables, casi un tercio (29,1%) logró ascender a una situación de no vulnerabilidad y consolidarse como parte de lo que podríamos llamar clase media, una proporción superior a la registrada entre 2023 y 2024 (24,9%). Para quienes se encuentran en pobreza extrema, en cambio, escapar tanto de la pobreza como de la vulnerabilidad sigue siendo una posibilidad muy remota: en el último quinquenio nunca superó el 5% y apenas llegó a 2,6% entre 2024 y 2025.
Salidas de pobreza hacia la no vulnerabilidad según condición de pobreza inicial¿Qué nos enseñan estas trayectorias? Los estudios disponibles muestran patrones bastante consistentes. La educación es uno de los factores más frecuentemente asociados a la salida de la pobreza: un mayor nivel educativo favorece la movilidad ascendente y reduce el riesgo de recaer. También importan los activos, la calidad de la vivienda y el acceso a servicios básicos. La calidad de la inserción y la posición en el mercado laboral es igualmente decisiva. El trabajo no agrícola, el empleo asalariado y la diversificación de actividades se asocian repetidamente con la movilidad ascendente.
Por el contrario, una agricultura ocasional, informal o de baja productividad está vinculada con la persistencia de la pobreza o con la movilidad descendente. La protección social también contribuye, aunque sus efectos dependen del monto de las transferencias, su cobertura y previsibilidad, así como de su articulación con servicios públicos y medios de subsistencia. Las transferencias en efectivo pueden mejorar la seguridad alimentaria, facilitar el ahorro y el pago de deudas, aumentar la tenencia de ganado y favorecer decisiones productivas, contribuyendo así a la salida de la pobreza.
La lección más consistente es, por tanto, que protección y construcción de capacidades deben ir de la mano. Las transferencias y redes de seguridad reducen el impacto de los shocks, pero la estabilidad de largo plazo aparece cuando se combinan con activos, habilidades, acceso a mercados, riego, extensión agrícola, infraestructura y oportunidades no agrícolas adaptadas a cada contexto. Esto también obliga a evitar políticas uniformes. Los factores que permiten «despegar», «aguantar» o recaer no son necesariamente los mismos según el territorio, la edad, el género, la dotación inicial de tierra o el perfil productivo del hogar. Las trayectorias exitosas deben entenderse como secuencias de procesos y apoyos que pueden adaptarse a distintos contextos, no como recetas únicas.
La evidencia disponible tiene, sin embargo, importantes vacíos. Está muy concentrada en hogares rurales y en sus estrategias de medios de vida, mientras existe mucha menos evidencia sobre las trayectorias de pobreza urbana. También falta comprender mejor cómo se articulan vulnerabilidad y resiliencia a lo largo de una misma trayectoria. Sabemos bastante sobre los factores que se correlacionan con la salida de la pobreza, pero mucho menos sobre qué secuencia de apoyos convierte una mejora inicial en una salida duradera en distintos territorios y para diferentes tipos de hogar.
Ese debería ser uno de los desafíos de las políticas de lucha contra la pobreza: aprovechar las lecciones que ofrecen los hogares que lograron salir. Conocer qué factores —educación, empleo, activos, diversificación, acceso a servicios y protección frente a shocks— hicieron posible esas salidas permite orientar las políticas para potenciar y acompañar esos procesos, en lugar de limitarse a atender sus consecuencias. En definitiva, necesitamos pasar de una fotografía de la pobreza a una película de las trayectorias de bienestar y, sobre todo, aprender de quienes lograron recorrer con éxito ese camino.
