Para hablar de la última novela de Rosa Montero, “Un día en la vida de Clarita”, hay un acuerdo tácito: no hablar más allá del primer tercio de la historia para evitar el spoiler. Como cuando se entrevista a un director de cine. Y hablando de cine, leer su más reciente libro nos remite a un filme tan humano y entrañable como “El apartamento”, de Billy Wilder. Después, la novela da un giro y explota como “Duro de matar”, de John McTiernan. Más allá de las referencias, lo cierto es que todos queremos ser Jack Lemmon, Bruce Willis o Clarita: todos queremos protagonizar nuestra propia película. Dejar de ser simples figurantes.
A Clarita todos en la oficina la creen boba, vieja, un mueble inútil. Nadie imagina que es una superdotada, voraz lectora de novelas de detectives y hacker en sus tiempos libres. Y en el mes que lleva circulando la novela, hombres y mujeres de diferentes edades le confiesan a Montero lo identificados que están con su personaje. Que Clarita les ha ofrecido alivio frente a la dureza de la vida y de los abusos del poder. “De alguna manera, Clarita se venga por todos nosotros”, advierte la escritora desde su estudio en Madrid en este diálogo vía Zoom.
—El cineasta Woody Allen decía que la jubilación es para la gente que se ha pasado toda una vida odiando lo que hacía. ¿Cuánto envenena la vida cotidiana laboral a la gente?
Yo creo que muchísimo. De hecho, por lo menos en España se habla del acoso escolar, que es verdaderamente terrible. Pero de lo que no se habla nada y es como el elefante en la habitación es sobre el acoso laboral. Algo tremendamente abundante. La gente cree equivocadamente que se trata solo de la violencia que ejercen los jefes hacia los subalternos, siendo lo más común entre los compañeros. A mí, de hecho, una compañera me acosó durante meses cuando recién comenzaba a trabajar. Fue muy duro, felizmente duró poco. Pero conozco casos de gente que esto les ha destruido la vida, porque lo peor que puedes hacer con alguien es humillarlo. La humillación te envenena, terminas rompiendo el espinazo de la gente. Según los estudios, se sabe que los chavales que en Estados Unidos cogen un fusil y se dedican a matar a sus compañeros de aula, todos ellos han sido acosados. Esto no es una justificación, pero sí indica que es una circunstancia tremendamente crítica que, unida a otras cosas, te destruye como persona. Lo mismo sucede con el dolor que produce el acoso laboral en tanta gente a través de micro o macro humillaciones. Y dice mucho de la inmadurez del ser humano, que terminamos llevando nuestra vida adulta al mismo patio del colegio, reproduciendo la violencia. Es terrorífico.
— ¿Cómo replicamos ese comportamiento de la escuela con el entorno laboral?
Estas cosas suceden sobre todo por dos razones. La primera, porque si los malos existen en el mundo es porque los buenos lo permiten. Estudios de psicología señalan que el 2% de los seres humanos resultan ser psicópatas. Naturalmente, no son esos psicópatas de las películas. Es un porcentaje mínimo los que terminan siendo asesinos. Sin embargo, entre los CEOs de las grandes empresas y entre los políticos, esta cifra crece a un 4%. Y esos psicópatas son gente muy mala, muy seductora, muy manipuladora y muy tóxica. Luego hay alrededor de un 8% de psicopatoides y narcisos malignos. En total, quizá un 10% de la gente sea mala. Y el resto es gente que es buena, o que quiere serlo. Sin embargo, puede ser cobarde, acomodaticia, ambiciosa en el sentido más mezquino. Y ellos dejan actuar a los malvados. Y la segunda razón: el ser humano emocionalmente no avanza. Hemos construido una sociedad al borde de la extinción a causa de la mala gestión de nuestras tecnologías, por el calentamiento global y por la inteligencia artificial. Hemos alcanzado un desarrollo científico bestial, pero emocionalmente estamos al nivel de los cavernícolas. Ese es el problema: no hay una madurez emocional. No hay autoconciencia ni autoanálisis.
— En el colegio a los abusadores los castigan y en el trabajo los ascienden.
Totalmente, ahí está.
— Clarita representa la mirada del invisible. Ya en tu primera novela, Crónica del desamor (1989), tu protagonista observaba los comportamientos machistas de la cultura corporativa dentro de una empresa periodística. ¿Durante el tiempo que separan ambas novelas ese machismo ha retrocedido?
¡Oh, enormemente! La sociedad ha cambiado muchísimo. El machismo que había entonces en España era brutal. Veníamos del franquismo. Desde entonces, hemos recorrido un camino de casi 50 años. Ahora, por ejemplo, según los eurobarómetros, que son los estudios sociológicos hechos al interior de la Unión Europea, España siempre aparece como uno de los países menos sexistas de la UE, que no quiere decir que haya dejado de serlo. Sin embargo, ha habido un desarrollo visible. Por eso, para mi novela, escogí que Clarita trabajara en un pequeño banco privado y familiar, donde el sexismo aún esté presente, junto con el clasismo, el machismo y todos los viejos “ismos”.
— Hay algo que por tan normalizado se hace invisible y que criticas en tu novela: abusar del diminutivo para los nombres femeninos. ¿Qué tanto te molesta esa práctica? ¿Es solo cariño o una forma de minimizarse?
Por supuesto que es completamente despreciativo. Y no solo eso, hay empresas en que a las mujeres se les conoce por su nombre, mientras que a los hombres por el apellido. Todos son micromachismos de los que uno se va limpiando. Y, efectivamente, Clarita se ha hecho una vida diminuta, lo más pequeña posible, e intenta que no la vean. Sus propios compañeros, cuando la miran, no la ven. No tienen idea de quién es, mientras ella sabe muy bien quiénes son todos. Eso es lo que les pasa a las presas: tienen desarrollado el sentido de la observación para sobrevivir. Al depredador le basta con ser el más fuerte.
— Clarita se considera a sí misma “una entomóloga marciana del hormiguero humano”. En el fondo, ¿no son así todos los escritores?
Ni qué decir, la vida de Clarita es la antítesis de la mía. Pero sí que me siento muy identificada en muchas cosas. Como decía el escritor romano Terencio, nada de lo humano me es ajeno. Terminas viviendo dentro de Clarita. Ella tiene una presencia superpoderosa, me obligó a escribir sobre ella. Y ahora la llevo sobre los hombros, como un loro de pirata. Me dio para escribir de temas como la neurodivergencia, por ejemplo. Como las personas que la padecen son machacadas desde muy temprano hasta que son mayores. Como escribí en El peligro de estar cuerda, siempre supe que algo no funcionaba bien dentro de mi cabeza. No soy una TOC, como Clarita [nota: o “No tengo TOC”], pero tengo neurodivergencias como tantísima gente. Lo normal es ser raro. Es por eso que hay tanta gente identificándose con ella. Muchas Claritas y Claritos, porque no es solo una cuestión de mujeres. Clarita habla de cosas muy duras, pero con mucho sentido del humor. A mí el humor me interesa mucho y está en todos mis libros. El humor es una gran vía del conocimiento y de expresión de la realidad. Y este es el libro que más sentido del humor tiene. Todo esto para decirte que me siento muy cercana a ella, en una mirada desde fuera. En efecto, esa es la mirada que intentamos los escritores, una mirada un poco marciana que aspira a ver la realidad en su conjunto.
— Hablando del humor, para sus decisiones, Clarita apela a las muchas novelas policiales que ha leído. Eso le da cierto toque muy cervantino al personaje…
Yo me siento muy heredera de Cervantes. Hay dos grandes vías del sentido del humor en la literatura española. Está la de los herederos de Cervantes, que es el humor compasivo. Y está el de los herederos de Quevedo, un humor satírico, sarcástico y venenoso. Puede ser maravilloso, pero yo me siento heredera del humor de Cervantes. En efecto, creo que el personaje de Clarita es tremendamente cervantino. Ella es quijotesca, la loquita que todo el mundo desprecia, pero que resulta la heroína.
— Para terminar, nos llegan noticias de premios literarios convertidos en grandes operaciones de marketing, y de novelas escritas con inteligencia artificial que obtienen galardones. ¿Sientes incertidumbre o malestar frente al futuro del oficio?
Siento cierta melancolía. A mí me interesa muchísimo la ciencia, leo mucha divulgación científica desde siempre, por eso escribo ciencia ficción. Y te diré que cuando he sacado esta novela, sentí cierto escalofrío, pensando quizás que estas sean las últimas novelas humanas que publiquemos, ¿sabes? Sin embargo, te digo también que eso es lo que menos me preocupa. Me preocupa mucho más algo que denuncia la economista italiana Francesca Bria, especializada en inteligencia artificial. Ella considera que está en marcha un golpe de Estado de los tecno-autoritarios. Las cinco grandes empresas tecnológicas del mundo están dirigidas por fascistas como Peter Thiel, de Palantir Technologies, que recientemente dijo que la libertad y la democracia no son compatibles. Estas empresas se están apropiando de los sectores estratégicos de todo Occidente: defensa, comunicaciones, finanzas, energía. Estamos en sus manos. Eso ya me parece infinitamente más grave que lo que suceda con las novelas. Me parece infinitamente más grave la posibilidad de que la inteligencia artificial acabe con nuestra especie, lo que es posible, como decía Geoffrey Hinton, padre de la inteligencia artificial, Nobel de física en 2024, quien abandonó su trabajo en Google en 2023 para denunciar el peligro de que la IA nos extermine.

