El día de su cierre definitivo, hace dos sábados, los dueños de Profesa tuvieron una jornada de trabajo como ya no recordaban. De pronto, su tienda de fotografía estaba nuevamente llena de clientes que se abrían paso con cuidado, mientras una pequeña cola se formaba en la avenida Petit Thouars, a la espera de entrar. Personas de todas las edades compraban materiales fotográficos en remate, preguntaban por filtros y placas, y también se llevaban recuerdos del local. Hasta por los afiches de las paredes preguntaban.
Los asistentes, antiguos clientes de Profesa, habían acudido por un video que se hizo viral en el que Fernando Yague y Gloria Hashimoto, fundadores de la tienda de fotografía de San Isidro, anunciaban el fin de su negocio después de 46 años. Poco familiarizados con las redes sociales, cuentan que lo grabaron por insistencia de un cliente que les advirtió que no podían irse sin despedirse. Era como lanzar una botella al mar, sin anticipar la respuesta. “Fue para nosotros como mil veces más de lo que imaginamos”, se emociona Fernando.
En su mejor momento, nueve personas trabajaban en el local. Una semana antes del cierre quedaban tres: el matrimonio y un técnico. Por su mostrador habían pasado fotógrafos reconocidos, aficionados y estudiantes de comunicaciones enviados por sus profesores para comprar materiales y revelar sus primeros rollos. Para muchos, la visita incluía una consulta o una explicación que ayudaba a entender el oficio. “El mayor éxito de Profesa es que nosotros siempre hemos tratado de enseñar”, dice Gloria. La despedida les permitió comprobar cuánto de ese trato recordaban todavía sus clientes.
El negocio nació en 1980, cuando esperaban a su primer hijo. Fernando era ingeniero de la UNI, pero había crecido entre el estudio fotográfico de su padre y el laboratorio contiguo a la casa familiar. Fue él quien les propuso empezar con mercadería y un local que utilizaba como depósito cerca del parque Cánepa, en La Victoria. Siete años después se mudaron a Petit Thouars. Los clientes los animaron a ampliar sus servicios: revelado en blanco y negro, transparencias, color, ampliaciones y murales. Hubo temporadas en que trabajaban sábados y domingos, y debían amanecerse para cumplir los encargos.
La llegada de la fotografía digital cambió ese ritmo. “Pensamos que iba a ser progresivo, pero avanzó muy rápido”, recuerdan. Intentaron adaptarse e invirtieron en equipos que pronto quedaban superados por otros mejores y más baratos. También fue disminuyendo la impresión de fotografías. Incluso quienes seguían usando rollos preferían digitalizar las imágenes. El negocio perdió movimiento y el matrimonio empezó a considerar el retiro. Sus hijos llevaban tiempo pidiéndoles que descansaran. Ellos, además, tenían planes que la atención de la tienda había obligado a postergar durante años.
Dicen que en 49 años de casados nunca pudieron viajar juntos. Cuando Gloria iba a ver nacer a sus nietos, Fernando se quedaba atendiendo. “Tenemos sueños pendientes que también queremos cumplir”, explica ella. Antes de retirarse, han dispuesto que los equipos pasen al técnico que los acompañó durante 24 años. Él continuará revelando y digitalizando desde su casa, y conservará el número móvil de Profesa para que los clientes puedan encontrarlo. “No quiero dejar a nadie en el aire”, dice Gloria. El oficio que aprendió con ellos continuará. Para el matrimonio se abre la feliz posibilidad de hacer algo que durante décadas resultó imposible: preparar un viaje sin pensar en nadie más que ellos. Muy merecido. /


