Fuerza Popular ha puesto de manifiesto su estrategia de gobierno: polarizar para imponer su agenda. De cara a la ciudadanía y a la oposición, polarizar el debate político y social; y, en relación con el Congreso, imponer las leyes que le conviene, sin mayor debate ni argumentación. Eso lo ubica en el ámbito de un populismo conservador (compitiendo con Renovación Popular), con un manejo autoritario que busca minimizar el rol de una Cámara de Diputados donde no tiene (o no tenía) mayoría. Si el cambio de Obras en el Senado se repite en Diputados, Fuerza Popular controlará el conjunto del Congreso. El fujimorismo, antes que gobernar, siempre ha buscado controlar los organismos del poder. Antes que debatir y argumentar, se prefieren las órdenes por WhatsApp y la cooptación para legislar a favor de grupos de interés. Quien piense diferente es un enemigo, obstruccionista, dicen.
La polarización se ha puesto en escena en diversos discursos y medidas del gobierno. Hay que analizarlos de manera conjunta para ver qué los caracteriza y anima. Está la participación de Fujimori en la Asamblea General de las Naciones Unidas en septiembre. Ahí criticó el accionar del Poder Judicial frente a militares y policías procesados por los excesos en su accionar durante el conflicto armado interno. Octubre ha sido florido. Está el discurso, videos en redes sociales incluidos, para anunciar la creación de un Comando Unificado entre la Policía Nacional y las Fuerzas Armadas para el combate contra la delincuencia. Importó tanto lo que se dijo como la puesta en escena desde el recordado Pentagonito, un fujimorismo reloaded. Ese día se coronó con la frase: “En mi gobierno no hay término medio: o estamos con las Fuerzas Armadas y los héroes de Chavín de Huántar, o se está con los terroristas de Sendero Luminoso”. Los demás no existen. También está el discurso sobre la disciplina en colegios. En esa ocasión, planteó lo que, a su entender, es un ciudadano ejemplar: cabello corto para los varones, nada de tintes ni maquillaje y falda a la rodilla en las mujeres, entre otros. Además, un régimen de sanciones que podría terminar en la expulsión. Esas medidas sonaron a una voluntad de hacer del colegio Leoncio Prado un modelo para todos. Finalmente, tenemos el anuncio sobre la necesidad de un “recorte de ideología” en textos escolares (que no se critique a los militares y que no se hable de género). La “ideología”, la de otros, no la de ellos, por supuesto, obsesiona al fujimorismo. En la intervención en Naciones Unidas, Fujimori habló también de la necesidad de velar por los derechos humanos de los policías y militares sin “cálculo ideológico”.
¿Qué es lo que hilvana todas estas manifestaciones? La idea de un orden maniqueo, vertical, que se vincula a una cultura autoritaria y populista. Que confunde tomar decisiones con ser autoritario (Moyano dixit). Lo que no se alinee con ese orden es significado como enemigo, antipatria y, en su extremo, terrorista. Es una lógica donde lo que debe primar es la obediencia antes que la independencia de criterio y el debate de posiciones. Un particular orden vertical que toma a las Fuerzas Armadas como modelo de obediencia y disciplina. Inevitable recordar la foto de Alberto Fujimori rodeado de militares en los 90, cuando decidió que esa era su institución de apoyo para ejercer el poder.
Este ha sido un discurso que va más allá del combate a la inseguridad ciudadana o la ideología de género. Pretende llevar la política a una lógica de guerra donde están los amigos y los enemigos (los “obstruccionistas”). Apunta a poner en agenda la idea de que el orden, que supuestamente ellos representan, es lo más importante (aunque no quieran poner orden en la policía). Un guiño a la cultura política tradicional de un sector de la población. Lo que quieren es que obedezcamos sus órdenes. Ahí está el alterado ministro Astudillo, que no soporta que lo critiquen. En ese discurso, el que no acata es un enemigo que fomenta el caos o es despreciado y denigrado. Para confirmar la actitud, la presidenta trata de perros a la oposición. Para el fujimorismo, orden es un pedido de facultades legislativas amplio y genérico donde se mezcla lo urgente con lo interesado. Y si alguien se opone, es parte del caos, dicen. Es un discurso que busca justificar que cualquier exceso o acto ilegal se tolere por el combate al enemigo. Eso es lo que acaban de hacer en el Comité de Constitución del Senado: saltarse la ley como les parece, porque, según ellos, “los otros” son obstruccionistas. Y “ser autoritario no es tan malo”, dicen los fujimoristas. Ahí están los medios afines para repetir lo mismo, publicar fotos y nombres de congresistas en portada, como si fueran criminales, para referirse a una oposición que quiere debatir propuestas. Están, también, las notas periodísticas donde se insiste en asociar la oposición al MOVADEF. Las sillas vacías creyendo que las mentes lo están.
Este comportamiento está bastante alejado del discurso de Keiko Fujimori el 28 de julio: “Estoy empeñada en lograr los objetivos de orden y de reconciliación nacional…” o, a mediados de julio, al recibir las credenciales de presidenta por parte del Jurado Nacional de Elecciones: “Pensar distinto no nos hace enemigos… significa aprender a construir sobre aquello que nos une”. En otro momento de ese mismo discurso manifestó: “Ningún gobierno puede sacar adelante al Perú si continúa alimentando la división y el odio”. Hacer política ya quedó a un lado; se busca instalar una lógica de guerra que poco va a contribuir al reclamado fortalecimiento institucional. Parece que la caída en las encuestas terminó con la idea de reconciliación. La oposición tiene que redefinir su estrategia en este nuevo, pero poco sorprendente, escenario: hacer política y cambiar los actuales candados del reglamento del Congreso.


