Los títulos de sus libros son extensos, prometedores y narrativos: “El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan”, “El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia” o “Lo que está y no se usa nos fulminará”. ¿De dónde viene tu regusto por los títulos largos?, le pregunto a Patricio Ron y le comento que a algunos colegas consideran tal extensión algo pretenciosa.
“Pues del mismo lugar del que viene el rechazo de tus colegas. ¡A nadie le gustan los títulos largos!”, responde. El argentino Patricio Pron, una de las figuras del Hay Festival que hoy termina en Arequipa, sabe que para muchos los títulos extensos son difíciles de recordar e innecesarios. Sin embargo, justamente por esas razones, él los prefiere. “Cuando comencé a utilizar estos títulos lo hice a manera de provocación. Una respuesta a mis editores que me decían que los títulos largos llevan al fracaso. Con el tiempo, esos títulos se han convertido en un rasgo de estilo”, explica.
La suya fue una de las primeras participaciones en el Hay Festival de Arequipa, la tarde del jueves en el Colegio de Arquitectos. Conversó con la periodista y escritora Patricia del Río sobre la literatura como resistencia, tomando como ejemplo uno de los personajes centrales de su libro más reciente (también de luengo título): “En todo hay una grieta y por ella entra la luz”. Benjamín Fondane, poeta y cineasta francés de origen rumano, testigo del surrealismo parisino, autor de una película maldita y perdida en Buenos Aires y asesinado en Auschwitz. Su novela empieza como una biografía del escritor, pero enseguida se convierte en el relato de un mundo fracturado, una postal de lo vertiginoso de Nueva York a poco de empezar el segundo gobierno de Trump.
Pron supo de Fondane hace 15 años, leyendo sobre otro autor que perteneció al círculo surrealista. Desde entonces, trató de averiguar más sobre su vida extrema. En el 2024, al ser invitado a trabajar durante un año en la Biblioteca Pública de Nueva York, se encontró con una fuente de información fantástica. Y, mientras tanto, percibía el miedo en la ciudad ante el ascenso del presidente, un sentimiento que acompaña siempre la vida en una sociedad totalitaria. “Poco después de llegar, se me hizo evidente que mi trabajo no era tanto escribir sobre Fondane, sino escribir acerca de sus tiempos ligados al nuestro. Hablar de cómo los totalitarismos se instalan en la vida cotidiana, prácticamente sin que te des cuenta. En ese sentido, los tiempos de Fondane son muy parecidos a los nuestros”, afirma.
—En el Hay de Arequipa hablaste sobre la literatura como resistencia. ¿Cómo se refleja el tiempo de Benjamín Fondane en el nuestro? ¿Cómo su resistencia resuena hoy?
Fondane era un escritor y un filósofo judío, que se vio acosado a lo largo de su vida por el mismo odio que encontramos en buena parte de las fuerzas políticas actuales. Se vio obligado a escapar y a ocultarse. Pudo haber sobrevivido, pero decidió compartir el destino trágico de los judíos de Europa y, en ese sentido, de alguna manera se convirtió en uno de esos náufragos de la historia de los que habla en sus libros de poemas. Es una figura que no se ha quedado en el pasado, sino que vive en la experiencia de miles que hoy se ocultan para no ser deportados, o que permanecen en refugios a la espera de una petición de asilo.
—Tu novela es también una gran postal de Nueva York. ¿Es una ciudad que podríamos considerar resistente hoy en Estados Unidos?
Efectivamente, Nueva York parece ser una excepción dentro del país, como pueden serlo Austin, San Francisco, algunos sectores de Los Ángeles y poco más. A diferencia del resto de los Estados Unidos, es abierta, plural, inclusiva. Es una ciudad dura, qué duda cabe, pero también es capaz de mostrar compasión y solidaridad con los menos afortunados. Nueva York es una ciudad cosmopolita, caracterizada, condicionada y transformada por la migración. Por ello, es una ciudad mucho menos aferrada a las mentiras con las que se manipula a las personas que nunca han cruzado sus fronteras nacionales. En Nueva York llaman a esa actitud “patriotismo crítico”.
—Tu libro es la historia de un investigador que escribe la biografía de Benjamín Fondane. ¿En qué no nos equivocamos cuando perseguimos la pista biográfica de un personaje?
Es una buena pregunta. No soy un fan de las biografías de escritores. Aunque hay algunas realmente muy buenas desde luego, en todas ellas, sin embargo, parecen estar buscando en el lugar equivocado. Algunas se interesan en los hechos exteriores de la vida de un autor y no en la resistencia que el autor propuso. Pienso que si un escritor vivió realmente e hizo su trabajo, algo de su biografía debería continuar siendo un misterio.
—Fondane cuestionaba a los políticos de izquierda y derecha diciendo: “No conozco una idea que no tenga al menos 100.000 asesinatos en su conciencia”. En estos tiempos de polarización, ¿la literatura se convierte en un espacio para desmantelar el dogmatismo?
La literatura es un lugar de encuentro. En ella confluimos las personas que creemos que la literatura es la vida mejorada. En marcos como el Hay Festival se producen diálogos en los que, idealmente, todo puede ser cuestionado. En los últimos años, parece haber una confusión que determina que la libertad de expresión sirve para encubrir y legitimar discursos de odio. Y con eso muchos no estamos de acuerdo. Creo que nos encontramos en una encrucijada en ese aspecto. Al margen de ello, todas las propuestas deben ser bienvenidas.


