Era 1998 o 1999. Todas las tardes, junto al escritor Javier Arévalo (Nocturno de Ron y Gatos, Peisa) un grupo de jóvenes, entusiastas reporteros sin experiencia, sostenían reuniones en el sótano de la facultad para repensar un proyecto que iba a llamarse, con los meses, Redacción. El nombre no me gustaba mucho, pero la idea de ser parte sí: ahí, entre los más carismáticos muchachos estaba Rony López Mija, conversador, astuto, siempre al día con las noticias, siempre primero para elegir titulares, ángulos, y fotografías para abrir el suplemento de la USMP. Él iba a ser periodista, sin duda. Y lo fue.
Nació el 21 de enero de 1980 y, a los seis meses, tuvo poliomielitis. Eso nunca impidió su talento. Recibió terapia intensiva durante tres años en la clínica San Juan de Dios y, paralelamente, sus padres lo llevaban a terapias particulares. Durante la infancia alternó los juegos y el colegio con las terapias. En la secundaria descubrió su vocación por las comunicaciones. Fue corresponsal escolar de El Comercio durante tres años y en 1995 ganó el premio Sabuesito.
Se dedica a las relaciones públicas desde 2004 y, a lo largo de su trayectoria, he desarrollado campañas de prensa para los sectores musical, empresarial, artístico, cultural y de entretenimiento. Desde 2022, se enfoca principalmente en las relaciones públicas gastronómicas, trabajando con restaurantes y marcas en sus estrategias de comunicación y posicionamiento en medios.
¿Dirías que aún hoy tienes heridas emocionales por la polio?
Sí, claro que sí. Primero, porque creces viendo que tu cuerpo es diferente al de los demás. Yo tenía que ir al colegio con un fierro en la pierna y eso hacía que estuviera expuesto a las miradas de todo el mundo. De alguna manera, eso te obliga a sentir que no puedes equivocarte, que tienes que hacer las cosas bien para evitar la lástima, la vergüenza o que te miren como alguien que no puede hacer las cosas por sí mismo.
También está el tema de la autonomía. Siento que muchas veces las personas con discapacidad tenemos que demostrar más que los demás que podemos hacer las cosas por nuestra cuenta, que podemos trabajar, tomar decisiones y manejar nuestra propia vida. Es como si tuviéramos que demostrar constantemente que somos capaces, cuando esa debería ser una posibilidad que se nos reconozca sin tener que estar probándola todo el tiempo.
También está el tema de la soledad. Yo no podía salir a jugar como los demás niños, no porque no quisiera, sino porque tenía miedo de caerme. Lo intentaba, pero ese miedo estaba presente. Entonces me quedaba en casa dibujando, pintando o escribiendo, pero muchas veces estaba solo. Durante muchos años viví sintiéndome culpable de mi propia soledad, como si hubiera sido responsabilidad mía, cuando en realidad había circunstancias físicas que condicionaban las cosas que podía hacer.
Y creo que también queda esa sensación de saber que tu cuerpo no va a ser igual al de los demás y que tienes que aprender a vivir con eso desde muy pequeño. Son experiencias que te acompañan mientras creces y que no necesariamente desaparecen cuando eres adulto.
¿Por qué elegiste ser periodista?
A los 14 años me di cuenta de que quería ser periodista porque siempre miré la vida de otra manera. Era muy perceptivo, muy observador y me daba cuenta de cosas que a veces la gente pasaba por alto. Me gustaba acercarme a las personas, conocer sus historias y contarlas. Además, una de mis metas era ser escritor, y sentía que el periodismo era una manera de empezar a desarrollar esa capacidad de narrar historias.
Cuando fui corresponsal escolar de El Comercio, me encargaron entrevistar al ministro de Educación. Fue una experiencia muy gratificante porque tenía que aprender y manejar temas que, probablemente, otros escolares de mi edad no conocían. Eso me apasionaba y me daba adrenalina. Después hice otras entrevistas y reportajes.
Una tarde que fui a la redacción de El Comercio, la periodista Patricia Castro Obando no podía asistir a una comisión en Latina y, como yo estaba de vacaciones, me preguntó si quería cubrirla. Tenía 16 años y acepté. Fui a Latina con el chofer del diario y fue una experiencia genial porque, por primera vez, iba a cubrir una comisión como periodista y no como corresponsal escolar. La nota salió en las páginas de espectáculos.
Después, Milagros Leiva me llevaba a cubrir actividades de la Feria del Hogar y conferencias de prensa. Todo eso fue alimentando mi pasión por el periodismo. En ese momento, lo que más me atraía era precisamente eso: descubrir historias, conocer realidades distintas y mirar la vida desde otras perspectivas.
¿Cuáles dirías que han sido los momentos más difíciles, los que te han hecho sentir vulnerable?
Definitivamente, nunca había sentido mi discapacidad como un obstáculo hasta que terminé la universidad y empecé a buscar trabajo como periodista. Iba a las entrevistas, pasaba todas las pruebas, pero al final me decían que no podían contratarme porque necesitaban un periodista que estuviera parado en el Congreso o en la puerta de un canal durante horas. Se preocupaban por mi integridad y, lamentablemente, en ese momento no había una vacante para un periodista de escritorio.
Yo salía de esas entrevistas y me ponía a llorar porque no sabía cómo regresar a mi casa y decirles a mis papás que no me habían dado el trabajo por mi discapacidad. Llegué a cuestionarme si realmente había estudiado lo que debía estudiar. Hasta ese momento no había sentido que mi discapacidad fuera una barrera para desarrollar mi vocación, pero encontrarme con esas puertas cerradas me hizo enfrentar una realidad que no había previsto.
Hasta que un día, conversando con un taxista, me animé a considerar la posibilidad de trabajar por mi cuenta. Justo entonces me salió una campaña de prensa para un grupo llamado Triángulo de Escarpa. Francisco Murias, el cantante del grupo y un gran amigo mío hasta el día de hoy, estaba produciendo el disco de relanzamiento de Ana Carina Copello y me recomendó con ella. Después, Ana Carina me recomendó con María Pía y así empecé a construir mi propia red de contactos.
En ese momento éramos pocos los jefes de prensa y yo tuve que armarme solo mi cartera de clientes y mi red de contactos. Gracias a Dios, la prensa siempre me recibió con mucho cariño, especialmente los periodistas de espectáculos, y eso hizo que mis inicios fueran una etapa muy bonita. Me acuerdo de que recorría los medios a pie, llevando en mi mochila sobres con notas de prensa y discos para promocionar a los artistas. Así empecé a abrirme camino en las relaciones públicas.
Luego vinieron más campañas y entré a trabajar en la agencia de Milagros Mejía, donde aprendí muchísimo y tuve la oportunidad de manejar campañas internacionales. Después trabajé en una joyería, la vida me llevó al teatro y, finalmente, llegué a la gastronomía.
Son rubros distintos y todos me han apasionado, pero la gastronomía es, de todo lo que he hecho, lo que más me gusta. Viendo mi trayectoria en retrospectiva, ese momento difícil en el que no encontraba trabajo terminó llevándome a construir mi propio camino profesional.
¿Conoces alguna historia parecida a la tuya que inspire a otros?
La verdad, no conozco una historia parecida a la mía dentro del rubro en el que me desenvuelvo. Crecí en espacios donde no había muchas personas con discapacidad y, de alguna manera, terminé moviéndome en el otro extremo. Seguramente hay otras historias, pero no he tenido la oportunidad de conocerlas de cerca.
Creo que el hecho de haberme desarrollado profesionalmente en distintos espacios y de haber construido mi propia carrera demuestra que he podido integrarme y desenvolverme en la sociedad. Desde niño aprendí a adaptarme a los entornos, a reconocer mis límites y también mis habilidades. Y hoy camino pisando fuerte, como digo yo, por cada espacio al que voy.
Mi experiencia ha sido aprender a adaptarme a una sociedad que no siempre está preparada para recibir a las personas con discapacidad. Pero también creo que es importante que los espacios sean cada vez más accesibles e inclusivos. No se trata solamente de que nosotros aprendamos a adaptarnos, sino de que la sociedad también entienda que tenemos derecho a participar en igualdad de condiciones.
Hoy tienes varias marcas del rubro gastronómico en tu cuenta. Yo te conocí fan de Shakira: ¿cómo fue ese cambio?
Lo de Shakira creo que fue mi primer trabajo como relacionista público, pero para mí mismo. Ella venía a presentar el disco ¿Dónde están los ladrones? en el programa de Laura Bozzo y yo quería conocerla como fuera. Era consciente de que no podía pasarme todo el día parado en un hotel ni salir corriendo detrás de ella en el aeropuerto. Entonces llamé al productor, le pregunté si iban a hacer algún programa especial y, cuando me dijo que sí, le propuse participar con una dinámica de fans. Yo era capaz de todo por Shakira y finalmente me presentaron. Fue una experiencia inolvidable.
No me arrepiento de haberlo hecho, aunque tampoco es algo que me genere orgullo necesariamente. Durante meses, cada vez que ella venía, resucitaban la foto y el video, y la gente seguía reconociéndome por esa historia. Para mí fue incómodo porque salía a la calle y sentía las miradas de la gente. Yo había vivido expuesto a las miradas desde niño por mi discapacidad, así que imagínate cómo era sumar a eso una exposición pública de ese tipo. Ahí aprendí que la fama no es para cualquiera.
Ahora, mirando hacia atrás, me doy cuenta de que en esa experiencia ya había algo de relacionista público. Yo sabía a quién contactar, cómo acercarme al productor, cómo proponer una idea y qué tenía que hacer para conseguir un encuentro. En cierta forma, supe vender mi historia para alcanzar un objetivo, aunque en ese momento no era consciente de que estaba aplicando habilidades que después se convertirían en mi profesión.
Yo estudié periodismo, pero cuando terminé la universidad no conseguí trabajo como periodista y empecé a dedicarme a las relaciones públicas, inicialmente con artistas y proyectos musicales. Después fui pasando por otros sectores, hasta que en 2022 apareció la oportunidad de trabajar con La Cabrera. En ese momento llevaba varios meses sin trabajar por un tema de salud y sabía que no podía quedarme con una sola marca si quería retomar mi actividad profesional.
Entonces llamé a un amigo de Rey Marino y le dije que quería volver a la vida laboral, pero que necesitaba sumar otra marca gastronómica. Le propuse hacer las relaciones públicas de su restaurante y aceptó. Después conversé con otro amigo, sin saber que tenía una pizzería, y también me ofreció su restaurante para trabajar. Así, poco a poco, fui construyendo mi cartera de clientes gastronómicos, tal como lo había hecho al inicio de mi carrera con la música.
Más adelante conocí a la gente de Casa Tambo y surgió la oportunidad de trabajar con ellos. Recuerdo mucho una conversación con su gerente, quien no sabía exactamente qué problema tenía en la pierna. Me dijo que veía cómo me desenvolvía por todos los espacios como si fuera mi casa y que eso hablaba mucho de la crianza que me habían dado mis padres. Me dijo que ellos eran unos héroes. Fue un comentario que me quedó grabado.
El año pasado también recibí una propuesta que para mí fue un gran honor: los directivos del Chifa Titi me llamaron para hacerme cargo de sus relaciones públicas. En más de 60 años de historia, era la primera vez que contrataban a un relacionista público. Que me eligieran y que hayamos construido una buena relación es otro motivo de orgullo para mí.
Algo que valoro mucho de mi trabajo con las marcas gastronómicas es el vínculo que he construido con sus responsables. Me pasa con el equipo de Titi, con Daniel Manrique, de Segundo Muelle, y con Juan Machi, de Ache. Siento que hay una relación de confianza que se ha construido con el tiempo. Valoran mi trabajo, mi opinión y mi criterio, y me han dado mucha autonomía para desarrollar las campañas. Como siempre digo, a mayor responsabilidad, mayor respeto.
Hoy estoy contento con la carrera que he construido en la gastronomía. Es un sector que me apasiona y en el que he encontrado marcas y personas con las que comparto una relación profesional muy sólida. Para mí, esta etapa representa la evolución de todo lo que fui aprendiendo desde mis inicios en las relaciones públicas.
¿Hasta dónde puede crecer la gastronomía peruana, en tiempos de The World’s 50 Best Restaurants?
Creo que la gastronomía peruana puede crecer muchísimo, pero también tenemos que entender que crecer no significa solamente aparecer en un ranking internacional. Crecer también es evolucionar, mejorar el servicio, la atención y la manera en que hacemos las cosas. Tenemos pendientes importantes en sostenibilidad, en cómo gestionamos nuestros residuos y nuestra energía, en cómo nos relacionamos con nuestros proveedores y en cómo contribuimos a reducir las brechas sociales.
Un tema que me toca especialmente es el de la inclusión. En 2023, desde mi trabajo con La Cabrera, propuse implementar una carta en braille. En ese momento no era una exigencia, pero cuando me reuní con el equipo y les planteé la idea, la aceptaron inmediatamente, sin dudarlo. Para mí fue importante encontrar esa disposición de una marca a entender que la experiencia gastronómica también debe considerar a las personas con discapacidad.
Recuerdo que el día de la presentación publiqué unas historias en redes sociales y otros restaurantes con los que trabajaba me escribieron para decirme que también querían tener su carta en braille. Ahí me di cuenta de que una acción puede generar interés en otros y abrir una conversación dentro del sector. La gastronomía, como parte de la industria de la hotelería, tiene un gremio muy unido, y creo que esa capacidad de trabajar en una misma dirección puede ayudar a impulsar cambios importantes.
Pero la inclusión no termina con una carta en braille. También implica contar con espacios accesibles para personas con movilidad reducida, ofrecer una atención que considere distintas discapacidades y entender que todos deberíamos poder disfrutar de la experiencia de ir a un restaurante. La gastronomía peruana tiene una propuesta culinaria extraordinaria, pero todavía puede avanzar mucho para que esa experiencia sea realmente accesible para todos.
Por eso creo que el reto es crecer en todos los aspectos. Está bien que nuestros restaurantes sean reconocidos internacionalmente, pero también tenemos que preguntarnos qué estamos haciendo para cuidar el planeta, trabajar de manera más justa con toda la cadena de valor y reducir las brechas sociales. Para mí, ese también es el significado de ser una gastronomía de clase mundial.


