A dieciséis años del rescate de los mineros chilenos, a Álex Vega el sonido de los temblores todavía le recuerda el día del derrumbe. Sin importar dónde esté, cada vez que el piso se mueve, a él le vuelve a la mente el estruendo bajo tierra, el viento que de pronto “sopló hacia abajo” y, enseguida, la fuerza descomunal que lo lanzó contra una pared cuando todo se desmoronaba. En segundos, el aire se llenó de tanto polvo que no podía verse las manos, aunque las tenía a quince centímetros del rostro. Ha pasado mucho tiempo, pero hay cosas imposibles de olvidar. “Esa parte, la del ruido, es la que siempre se me ha quedado”, dice.
Vega, de 47 años, es de Copiapó, una ciudad del norte de Chile rodeada por la inmensidad rojiza del desierto de Atacama. Hijo de mineros, aprendió todo sobre el oficio de su padre, pero nada podía prepararlo para lo que vivió. Álex fue uno de los 33 mineros que quedaron atrapados en la mina San José el 5 de agosto de 2010. Su historia forma parte de “El rescate de los mineros chilenos: carrera contra el tiempo”, la nueva serie documental de National Geographic, disponible en Disney+, que reconstruye en tres episodios aquella dramática operación mediante imágenes de archivo y entrevistas.
En diálogo exclusivo con Somos, Vega vuelve sobre aquellos 69 días de encierro involuntario. No es la primera vez que cuenta su historia. Desde el rescate, ocurrido en octubre de 2010, la prensa ha vuelto una y otra vez sobre el caso de “los 33 de Chile”. Sin embargo, el filme de National Geographic le ha permitido descubrir aspectos de lo ocurrido que él mismo desconocía, desde los esfuerzos que se hacían en la superficie para encontrarlos hasta cómo transcurría la vida bajo tierra. “Hay muchos detalles que yo no sabía. Para el documental se ha hecho un gran despliegue de información, videos y cosas que ni siquiera yo manejaba. No pude evitar que se me cayeran las lágrimas”, admite.
De todo, Álex Vega recuerda vívidamente el miedo de estar atrapado a 700 metros bajo el desierto, con la angustia de que dejaran de buscarlos, los dieran por muertos o se limitaran a colocar una lápida conmemorativa en la entrada de la mina. Ya había ocurrido antes, en un caso similar en México. Era un miedo y una posibilidad reales. El ruido de las operaciones de rescate que llegaba hasta donde estaban les daba cierta tranquilidad. Pero cuando todo quedaba en silencio, como ocurrió durante los largos días en que las labores se paralizaron por culpa de un martillo roto, el temor se apoderaba de ellos.
En efecto, lo que más impresionó a Álex del documental no fue revivir la historia conocida, sino descubrir pasajes dolorosos. La producción lo ha confrontado con situaciones que National Geographic presenta como inéditas. “Son imágenes que nosotros mismos grabamos abajo, que nunca vi en su momento”, cuenta. Verse ahora en uno de los momentos más duros de su vida lo estremeció, especialmente cuando apareció la escena en que estaban a punto de quedarse sin comida. “Era lo último que nos quedaba”, recuerda sobre un tarro de arvejas y otro de atún. Lavaron la tapa del filtro de aire de una máquina, la utilizaron como olla, mezclaron todo con agua y lo pusieron sobre una fogata. Era tan poco que no alcanzaba para repartirlo en los vasitos que tenían, así que lo convirtieron en una especie de caldo.
Un rescate de película
Bajo tierra, mantener el orden era una tarea de todos los días. Organizarse era también una forma de conservar la cordura. Para distraerse, improvisaron un dominó con materiales de la mina: carteles de advertencia y trozos de melamina cortados con una sierra. Cuando alguno estaba a punto de perder los estribos, los demás trataban de calmarlo. “El enojado se iba por allá, los otros por acá, y al rato se juntaban: ‘discúlpame’, una mano, un abrazo, y ahí quedó”.
El documental recoge también momentos decisivos de aquella historia, como cuando el mensaje de papel que confirmaba su supervivencia consiguió llegar a la superficie: “Estamos bien en el refugio los 33”. O cuando comenzaron a enviarles agua, comida y objetos para distraerse mientras se diseñaba la cápsula que finalmente los devolvería a la superficie. Igual, salir de la mina no significó el final de la historia. Vega pasó un año con licencia médica, entre evaluaciones con psicólogos y psiquiatras, y “muchas pastillas”. Dormía mal y despertaba sobresaltado. Se lo contó a su padre, quien le respondió: “Hijo, tú tienes que enfrentar este miedo”. La única manera, le dijo, era volver a entrar a una mina. Lo llevó a una donde trabajaba su cuñado. El primer día estuvo media hora; el siguiente, una hora. Fue aumentando el tiempo poco a poco, hasta que al terminar la semana consiguió pasar casi toda una jornada bajo tierra. “Al principio fue con bastante miedo”, reconoce, “pero me sirvió bastante”.
Con el tiempo, las pesadillas fueron desapareciendo, aunque algunas secuelas permanecen. Vega habla del documental con satisfacción. Lo considera “un trabajo muy profesional y muy bonito”. Sobre lo que vivió bajo tierra, todavía hay recuerdos que le cuesta dejar atrás. El tiempo no siempre lo cura todo.

