Una de las frases más actuales respecto al mundo moderno aparece en el poema de W.B. Yeats “La segunda venida” (escrito en 1919). Refiriéndose a los turbulentos tiempos posteriores a la Gran Guerra, Yeats afirma: “Las cosas se desmoronan; el centro no puede sostenerse”. El futuro de Europa estaba en suspenso. La vida personal de Yeats también había sufrido un golpe. Víctima de la epidemia de la gripe española y embarazada, su esposa George había estado cerca de morir. La idea de estabilidad en su vida y en su continente se encontraba lejos de esas líneas.
Lo más dramático del verso de Yeats es la palabra “centro”, que no puede sostenerse. El “centro” se refiere precisamente a aquello que une a las sociedades entre sí, esa amalgama de convicciones, creencias y sentimientos de pertenencia común. Cuando el centro se pierde, es decir cuando desaparece ese vínculo esencial en un país, las cosas parecen ir a la deriva.
Las protestas de estas últimas semanas en ciudades importantes de Portugal, España, Italia y Francia, hasta el momento, nos llevan a una pregunta similar. ¿Las cosas se están desmoronando? ¿El centro no puede sostenerse? Las protestas se dirigen a temas esenciales como la educación y la vivienda. Las dificultades en esos países y en todo el mundo son evidentes sobre todo para la gente joven. Uno de los carteles en París es un símbolo. “Ya que no tenemos futuro, vamos a arruinarles el presente”. Por otro lado, un saludo que se ha establecido entre los manifestantes. “Bismillah, c’est les ténèbres”. Se trata de una expresión árabe incorporada a la jerga francesa, algo así como “Vamos allá. Está oscuro”.
Vamos allá. Está oscuro. La frase es irónica. Sin embargo, no todo es escepticismo. Estuve hace poco en Madrid, donde vi armarse el campamento en la Puerta del Sol. Era una especie de ciudadela fundada por sus habitantes. Estaba la Avenida de Maricarmen, la Plaza de las Precarias, la Plaza Lésbica e Intifada, la calle Lucha de Clases y el paseo Rosa Luxemburgo. La ilusión de construir un espacio utópico no ha desaparecido.
Lo único que une el descontento de todos es una inclinación a los grupos antisistema, tanto de la extrema derecha como de la extrema izquierda. Pero también parece haber un salto al vacío que no tiene en cuenta ninguna ideología. Aun así, la extrema derecha en particular ha ganado preferencias entre los jóvenes. Según el “Financial Times”, un tercio de los jóvenes franceses y holandeses menores de 25 años y el 22% de los alemanes se inclinan a la extrema derecha. Recuerdo que durante años circuló la frase atribuida a Churchill: “El que a los 20 años no es de izquierda no tiene corazón, pero el que a los 30 no es de derecha no tiene cerebro”. Eso corresponde a una época donde la juventud se asociaba con la izquierda, es decir con el deseo del cambio. Tiempos pasados.
Si el centro no se sostiene, es porque nadie cree en nadie, salvo a veces en los radicales. No hay un líder en el mundo que aparezca como una fuente de integración frente a este desmoronamiento. Y no solo es un fenómeno europeo. Estas protestas podrían extenderse a las ciudades en nuestro continente, con toda naturalidad. El centro se pierde cuando no hay nadie capaz de darle forma. Quizá pueda llegar. Todavía estamos a la espera de que las sociedades se sobrevivan.

