Lleva casi 40 años recorriendo un bosque que conoce de memoria. José Guevara Huamán es guardaparque voluntario y desde 1988 ha entregado buena parte de su vida a custodiar la flora y fauna del lugar, pero también a protegerlas de la acción humana. Sus raíces están en el bosque seco que hoy integra el Área de Conservación Regional Salitral-Huarmaca, en Piura. El vínculo con este territorio empezó mucho antes de que fuera reconocido como área de conservación, en 2011. “Nosotros de este bosque vivimos”, repite.
La jornada de Guevara no transcurre desde una caseta, como muchos podrían imaginar. Empieza temprano, a veces cuando todavía no ha salido el sol. Puede internarse en el bosque a las cinco de la mañana y regresar recién a las cuatro o cinco de la tarde. Durante horas recorre a pie sectores como El Oso, La Caña Brava o El Guabo. En el camino, el aroma del palo santo acompaña parte del recorrido entre hualtacos y pasallos, mientras el ganado avanza entre los árboles y, en algún punto del bosque, se esconden venados, pumas, sajinos y la pava aliblanca, un ave endémica y en peligro de extinción que tiene aquí su hábitat.
Mientras camina, el hombre también busca las huellas de quienes entran al bosque para depredarlo. Una de sus tareas es detectar la extracción ilegal de especies como el palo santo y reportarla. “La gente lo extrae, se lo lleva para el mercado. Lo cortan verde y lo dejan que se seque”, cuenta. Un árbol menos puede parecer poco frente a la extensión del paisaje, pero la extracción repetida durante años es precisamente una de las presiones que enfrenta este ecosistema.
El bosque que vigila es apenas una parte de uno mucho mayor. Los bosques secos ocupan 3.422.904 hectáreas entre Tumbes, Piura, Lambayeque y La Libertad. Su apariencia cambia con el agua: durante largos periodos secos pierden verdor y, cuando regresan las lluvias, semillas que permanecían en el suelo germinan y la vegetación vuelve a abrirse paso. Sin embargo, detrás de esa capacidad para recuperarse existe una realidad mucho más compleja: alrededor del 95% de estos bosques se encuentra degradado por procesos históricos de fragmentación y pérdida de cobertura.
El Comercio viajó hasta Piura para conocer qué se está haciendo para conservar y recuperar este ecosistema. La visita se realizó durante el X Congreso Regional Forestal (COREFOR), un espacio que reúne investigaciones y experiencias vinculadas a la gestión de los bosques. Pero el viaje fue más allá de las exposiciones. Permitió internarse en uno de estos territorios y conocer el trabajo que ocurre todos los días lejos de los auditorios: guardaparques que recorren durante horas el bosque, comunidades que intentan recuperar zonas degradadas, especies que luchan por conservar su hábitat y alternativas productivas que parten de una misma idea, que quienes viven del bosque puedan seguir haciéndolo sin acabar con él.
Un ecosistema degradado que vuelve a reverdecer
Ese bosque que José Guevara recorre desde hace décadas no luce igual durante todo el año. En septiembre, cuando El Comercio ingresó a Salitral-Huarmaca, buena parte del camino estaba dominado por tonos secos, ramas desnudas y un suelo que levantaba polvo con cada paso. Es una imagen que puede resultar engañosa para quien llega por primera vez.
Aunque se les conoce simplemente como bosques secos, su denominación técnica es “bosques estacionalmente secos”. Mirbel Epiquién, director general de Diversidad Biológica del Ministerio del Ambiente (Minam), explicó que la sequedad forma parte de un ciclo y que, durante las temporadas de lluvia, un territorio aparentemente árido puede volver a cubrirse de vegetación.
“En realidad el nombre técnico es bosques estacionalmente secos del norte del Perú. Hay épocas normales de lluvias en donde comienzan a reverdecer”, explicó.
La transformación puede ser considerable. Las lluvias intensas asociadas a fenómenos como El Niño, pese a los daños que pueden ocasionar en las ciudades del norte, favorecen dentro del bosque la recarga de acuíferos, la germinación de semillas y la recuperación de cobertura vegetal.
“El fenómeno de El Niño tiene un efecto negativo sobre las actividades económicas en general, pero tiene un efecto muy positivo en recarga de acuífero, ampliación del bosque y demás”, señaló Anton Willems, director ejecutivo de Profonanpe.
Epiquién explica esa respuesta a partir de la resiliencia del propio ecosistema. Incluso después de largos periodos sin agua, permanecen semillas capaces de germinar cuando vuelven a encontrar las condiciones necesarias.
“Viene la lluvia y las semillas comienzan a germinar nuevamente. Los árboles también comienzan a protegerse entre ellos, dándole cobijo, refugio a otros arbolitos”, señaló. Esa capacidad, agregó, permite que el bosque resista amenazas naturales y aquellas provocadas por la actividad humana.
Ayudar al bosque a recuperarse
Pero que el bosque sea capaz de reverdecer no significa que pueda recuperarse solo de décadas de degradación. En los mismos caminos que recorre Guevara, el ganado se desplaza libremente entre los árboles. Vacas y cabras forman parte del paisaje y también de la economía de las familias, pero para un brote que apenas empieza a crecer pueden convertirse en una amenaza.
Por eso, en algunos pilotos de restauración se dispersaron semillas antes de las lluvias y luego se protegieron las nuevas plantas. Sergio Lazo, coordinador del Proyecto Bosque Seco, explica que las comunidades utilizan ramas para construir pequeñas estructuras alrededor de los brotes. Las llaman “nodrizas”.
“Las semillas, el árbol crece y está la presión de sus mismos animales. Entonces, se les ha enseñado que eso lo tienen que proteger con unas ramas y eso se llama nodrizas”, explicó Lazo. La protección permanece hasta que el árbol alcanza una altura suficiente para reducir el riesgo de ser consumido.
La escena ayuda a entender una de las dificultades de recuperar este ecosistema: aquello que se busca conservar convive con las actividades de quienes dependen de él. Y esa relación no necesariamente tiene que ser negativa. Cuando llegan las lluvias hay más alimento para el ganado, aumenta la floración y también puede mejorar la producción de miel.
“Es una oportunidad porque se alimentan mejor los animales de los que viven las comunidades. Hay mejor floración, hay mejor miel. Esas comunidades que viven de esos animales producen mejor queso, hay mejor ingreso económico”, señaló Lazo.
Recuperar caminos
Durante el recorrido por Salitral-Huarmaca, los guardaparques pidieron guardar silencio en algunos tramos. La razón estaba en algún punto entre los árboles: la pava aliblanca. El ave, endémica y en peligro de extinción, necesita del bosque para alimentarse, reproducirse y desplazarse.
Ese movimiento ayuda a entender por qué restaurar no significa solamente plantar árboles. Visto desde arriba, buena parte de las áreas conservadas aparecen como “manchones” separados entre sí. Para la fauna, la distancia entre uno y otro puede significar la pérdida de un corredor que antes formaba parte de un mismo hábitat.
“Si tú ves en un mapa las áreas naturales, vas a ver manchones que son las áreas protegidas. En el tema de conectividad, lo que busca este componente es cómo esos manchones, que parecen mosaicos dispersos, comienzan a conectarse de manera que las especies puedan trasladarse de un lado a otro”, explicó Lazo.
El Proyecto Bosque Seco ha alcanzado acuerdos sobre unas 42.000 hectáreas para favorecer esa conectividad y tiene como objetivo llegar a 80.000. Además, cerca de 1.900 hectáreas se encuentran en proceso de restauración frente a una meta de 2.278. Las intervenciones involucran a 22 comunidades campesinas.
Epiquién advierte que por eso el resultado no puede medirse únicamente contando hectáreas recuperadas. La ubicación también importa. Restaurar un espacio entre dos fragmentos puede volver a abrir el paso para animales y permitir que las semillas encuentren vegetación, humedad y condiciones para desarrollarse.
“Un bosque necesita tener conectividad, es decir, continuidad, para que pueda haber flujos, sobre todo de especies de fauna”, señaló. “Por eso tenemos que garantizar que haya un corredor. Eso se llama corredores de bosque”.
Vivir del bosque sin acabar con él
La caminata también deja claro algo que las cifras no siempre muestran. Este no es un territorio aislado de las personas. Hay ganado entre los árboles, guardaparques que pertenecen a las propias comunidades y familias que durante generaciones han encontrado aquí alimento y recursos. El propio Guevara lo resumió al iniciar el recorrido: “Nosotros de este bosque vivimos”.
Por eso, recuperar el bosque sin ofrecer alternativas a quienes dependen de él sería resolver solo una parte del problema. El proyecto trabaja en cerca de 60 intervenciones, 34 de ellas vinculadas a restauración, y busca que ese proceso avance junto con actividades económicas asociadas a los propios recursos del ecosistema.
“Vamos a hacer la restauración, comenzamos a armar el piloto y vamos haciendo la actividad productiva también a la paralela”, explicó Lazo.
La algarroba, la ganadería caprina y la producción de miel forman parte de esa relación histórica. A ellas se suman el turismo, la meliponicultura, el aprovechamiento de fibras naturales y otras actividades que buscan generar ingresos sin perder de vista la conservación.
En Piura, durante el I Festival Bosque Seco, 30 asociaciones mostraron parte de ese trabajo. Había miel de abeja y de meliponas, algarrobina, derivados lácteos de leche de cabra, cacao y artesanías. Productos distintos nacidos de un mismo territorio.
Para Willems, allí está uno de los principales retos. “La economía en el norte es un boom y eso es algo que deberíamos aplaudir. Pero solamente va a ser sostenible si esa economía te permite disfrutar de un ambiente sano, si te permite disfrutar de los servicios ecosistémicos que necesitamos”, sostuvo.
Del palo santo a las abejas sin aguijón
Horas después de haber iniciado la caminata con las estrellas todavía sobre nuestras cabezas, el sol ya caía con fuerza sobre Serrán. El recorrido terminó por llevarnos hasta el vivero, donde la conservación adquiría una escala mucho más pequeña: en un espacio acondicionado, varias cajas de madera resguardaban colonias de abejas nativas.
Son meliponas y otras especies que comparten una característica particular: no tienen aguijón. Cumplen un papel importante como polinizadoras y algunas forman naturalmente sus enjambres dentro de árboles como el palo santo y el gualtaco.
El palo santo vuelve a aparecer aquí, pero desde otro ángulo. Es el mismo árbol cuyo aroma acompañó buena parte de la caminata y uno de los que Guevara vigila para evitar que sea cortado ilegalmente. También puede convertirse en refugio para abejas necesarias para el propio bosque.
María Adriana Requena Moscol, bióloga que trabaja en la jefatura del ACR Salitral-Huarmaca, explica que el palo santo puede ser aprovechado cuando el árbol muere y seca naturalmente. El problema comienza cuando se cortan ejemplares todavía vivos para dejarlos secar y comercializarlos.
“De por sí sí se puede aprovechar, pero el palo santo seco. Lo que hacen ellos es cortarlo verde, esperan a que se seque y se lo llevan. Eso es lo que no debería pasar”, explicó.
La tala no es la única amenaza que encuentran los guardaparques. Cerca de algunas quebradas, cazadores construyen pequeños escondites desde donde esperan que bajen los venados. Son conocidos como “hornos de cacería” y, cuando son encontrados durante los patrullajes, son destruidos.
“Ellos se esconden dentro de estas cuevitas, esperan a que el venado baje y lo cazan. Eso también ellos lo reportan”, explicó Requena. “Aquí no se permite ningún tipo de caza porque es un área protegida. Si hay venado, se espera que se desarrolle libremente, no para consumo”.
Frente a esas amenazas, las pequeñas cajas del meliponario representan otra manera de relacionarse con el mismo territorio. En lugar de extraer un árbol vivo, la apuesta es obtener valor de un bosque que permanece en pie.
“Ahorita lo que se está haciendo con Bosque Seco es el tema de las meliponas, de las abejas nativas. Se está tratando de que se aproveche como un bionegocio la producción de miel”, explicó Requena.
El mismo principio se extiende a otros recursos. La fibra del fruto del ceibo, por ejemplo, puede procesarse para elaborar hilos, textiles y rellenos para almohadas, chalecos o colchones. “Se encuentra dentro del bosque, es un recurso aprovechable”, agregó.
La apuesta, finalmente, es que esas actividades crezcan al mismo tiempo que el bosque logra recuperarse. No será un proceso rápido. Guevara lo sabe después de casi cuatro décadas caminando entre estos árboles: conservar implica vigilar lo que permanece, pero también darle tiempo a aquello que intenta volver a crecer.
“Restaurar una hectárea de bosque seco es un proceso que toma muchísimos años; sin embargo, tienes que hacerlo”, resumió Willems.


