Es un cliché, pero esta elección tendrá final de fotografía. Un puñado de votos podrían determinar el rumbo de Brasil en los próximos años. En la primera vuelta, Flvio Bolsonaro -primogénito del expresidente y casi su copia física- derrotó al actual mandatario, Luiz Inácio Lula da Silva, por solo dos puntos porcentuales, pero lo suficiente para entrar empoderado en la carrera del balotaje.
Hasta la semana pasada, los números no parecían favorables para el histórico dirigente de izquierda, pero este jueves se difundió una encuesta de Datafolha que mostraba un empate de 50% de los votos válidos para cada uno. El país, literalmente, partido por la mitad. La diferencia la haría ese colchón importante de brasileños que no fue a votar en la primera vuelta -unos 33 millones, que representa el 21% de electores- y que se han convertido en el foco apetecible de ambas campañas.
Que Brasil viva un clima de polarización no es novedad. Desde la irrupción de Jair Bolsonaro en el 2018, el gigante sudamericano ha visto cómo el escenario político se dividió entre la derecha y la izquierda del Partido de los Trabajadores (PT) personificada en Lula, su líder histórico y que busca su cuarto mandato no consecutivo.
Y esa polarización también se ve reflejada ahora en el rechazo que tienen ambos candidatos. Según la encuestadora Quaest, un 43% de los electores teme el regreso de los Bolsonaro al poder, y otro 43% piensa lo mismo de Lula. “En Brasil, como en muchos otros países, la realidad política es el conflicto entre la derecha y la izquierda, con poco espacio para los moderados, para el centro”, comenta a El Comercio el politólogo Mauricio Santoro, investigador del Centro de Estudios Político-Estratégicos de la Armada Brasileña.
Fiesta de promesas
Como en la primera vuelta, la campaña en el balotaje se ha centrado en la economía, la seguridad y la corrupción, los temas que más preocupan a los brasileños.
“Esos tres asuntos han sido los más importantes. A mucha gente le gusta las políticas sociales de Lula, como Bolsa Familia o Farmacia Popular, pero el problema es que incluso las personas que han recibido estos beneficios están ahora con dificultades económicas”, refiere Santoro.
“Brasil tiene un desempleo bajo y una inflación bajo control. Pero esos números disfrazan las condiciones microeconómicas que revelan la insatisfacción de los brasileños, como el alto endeudamiento de las familias y la sustitución de trabajos formales por trabajos de la economía informal”, expresa a este Diario Brian Winter, editor en jefe de la revista Americas Quarterly y vicepresidente de Políticas de Americas Society/Council of the Americas.
Debido a ello, Lula no dudó en abrir la billetera de las finanzas públicas y anunciar una serie de medidas en los últimos meses, como subir en 15% el subsidio de Bolsa Familia, el principal programa social dirigido a 20 millones de familias pobres; aprobar 3.000 millones de dólares en condonación de deudas para pequeñas empresas y aumentar el descanso laboral semanal.
Según el diario “Folha de Sao Paulo” se trata de unos US$57 mil millones más para el presupuesto 2026-2027, lo que supone que la deuda pública será del 82% del PBI, un problema que también deberá afrontar el próximo gobierno electo.
La criminalidad y la seguridad pública ha sido otro de los temas sensibles en campaña, y en los que Flávio Bolsonaro ha puesto especial énfasis. “Él ha señalado que las bandas criminales serán consideradas como organizaciones terroristas y que por eso va a incluir a Brasil en el Escudo de las Américas auspiciado por Donald Trump. Las propuestas de Lula han sido más vagas y abstractas”, refiere Santoro.
Para Winter hay un factor importante y es el giro a la derecha que ha vivido gran parte de América Latina. “En muchos países una de las preocupaciones más importantes es el crimen organizado, y los candidatos o gobernantes de izquierda no han tenido ese enfoque. Y Lula simboliza la debilidad generalizada de la izquierda en seguridad”, explica.
Por ello, Lula adoptó un tono más duro contra la delincuencia en los últimos meses por una necesidad electoral, como la reducción de la edad de responsabilidad penal a 16 años, aunque Bolsonaro ha propuesto el límite a los 14 años.
El futuro del PT
Una de las preguntas que ha surgido en esta campaña gira en torno al futuro del Partido de los Trabajadores, si es que finalmente Lula no gana la elección. Él mismo ha dicho que es su última campaña, no solo porque ya tiene 80 años sino porque es necesaria una renovación en las filas de la izquierda.
“Si Lula pierde, el PT entra en una crisis existencial. Lula es la figura central de la izquierda brasileña desde hace casi 40 años y no hay herederos obvios. Alguien surgirá porque la izquierda democrática en Brasil tiene una tradición muy fuerte y no va a desaparecer, pero sí va a tener que caminar por el desierto por un tiempo”, señala Winter.
Santoro considera que la izquierda brasileña podría fragmentarse en diversos partidos políticos de corte progresista. “Más allá del resultado de una elección, estamos en medio de una transformación muy profunda de la política brasileña. Estamos viviendo el ascenso de una derecha muy fuerte en Brasil, con capacidad de movilización en la calle, con una presencia muy fuerte en las redes sociales, y con una izquierda que está en el proceso inverso de pérdida de influencia”, agrega.
Hoy en las urnas se sabrá si Lula sigue siendo el político más influyente de Brasil y si la remontada de los últimos días le será suficiente para ganar la elección. O, de lo contrario, si Flávio Bolsonaro puede mantener e incluso ampliar la diferencia y, así, empoderar aún más a la derecha en América Latina.


