En 2026, el historiador francés François Hartog alcanza los ochenta años. Su extensa obra no exige una celebración complaciente, sino una lectura rigurosa para desentrañar la experiencia temporal contemporánea. Desde sus tempranos estudios sobre la alteridad en la Grecia clásica hasta la formulación de los regímenes de historicidad, su marco analítico permite comprender cómo hemos quedado atrapados en un presentismo asfixiante. Su pensamiento nos brinda la distancia necesaria para recuperar la inteligibilidad de un mundo dominado por lo efímero.
RPP••Actualizado: 28 oct. 2026, 12:00 p. m.
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De la alteridad antigua a la crisis del tiempo moderno El recorrido intelectual de François Hartog no puede reducirse a una mera sucesión de publicaciones, sino que debe entenderse como una indagación sistemática sobre cómo las sociedades construyen su relación con la otredad y, posteriormente, con el tiempo. Sus investigaciones iniciales, materializadas en obras como El espejo de Heródoto (1980), se centraron en la forma en que los griegos antiguos elaboraron la representación del «otro». Sin embargo, fue a partir de la década de los noventa cuando su trabajo experimentó un giro decisivo hacia la historiografía y la teoría del tiempo histórico. Esta transición conceptual estuvo profundamente influida por su diálogo intelectual con la obra del historiador alemán Reinhart Koselleck y su célebre tensión entre el «espacio de experiencia» y el «horizonte de expectativa». Hartog comprendió que la modernidad se había sustentado en una asimetría particular, donde el futuro operaba como la fuerza ordenadora del sentido humano. Frente al colapso de las narrativas teleológicas que marcaron el final del siglo XX, su labor analítica se enfocó en proveer herramientas epistemológicas para diagnosticar las mutaciones temporales de nuestra época. Al alcanzar sus ocho décadas de vida en este 2026, su figura trasciende los linderos académicos europeos para establecerse como un pilar fundamental en la comprensión de las crisis de sentido que atraviesan las sociedades contemporáneas. El presentismo como régimen de historicidad El aporte más gravitante de Hartog reside en la formulación del concepto de «régimen de historicidad», una categoría heurística que permite analizar la articulación específica entre pasado, presente y futuro en una sociedad determinada. En su texto canónico Regímenes de historicidad: presentismo y experiencias del tiempo (2003), definió con suma precisión el tránsito hacia el «presentismo». Este régimen temporal se caracteriza por la omnipresencia de un presente continuo, dictaminado por la instantaneidad de las redes de información, la celeridad de las transacciones globales y la urgencia de la rentabilidad inmediata. En este escenario, el futuro ha dejado de ser una promesa de progreso para transformarse en una fuente de profunda ansiedad, a menudo percibida bajo la sombra de la catástrofe ambiental o tecnológica, fenómeno abordado con lucidez en Cronos (2020). Al mismo tiempo, el pasado se ha visto reconfigurado. Ante la incapacidad de proyectarse hacia el mañana, las sociedades contemporáneas han desarrollado una fijación inusitada por la memoria y la patrimonialización. Como Hartog examina en Creer en la historia (2013), el imperativo del recuerdo y la necesidad compulsiva de conservar operan como un mecanismo de defensa frente a la aceleración del tiempo, revelando el malestar de una cultura que, al verse desprovista de un horizonte histórico orientador, intenta anclar desesperadamente sus certezas en la preservación de lo pretérito. Un marco analítico para pensar nuestra realidad La vigencia del andamiaje teórico de Hartog adquiere una resonancia particular al ser trasladado a coordenadas distintas a las europeas. La utilidad metodológica de los regímenes de historicidad trasciende su lugar de enunciación original, ofreciendo un prisma riguroso para desentrañar procesos históricos y políticos específicos. En un contexto como el peruano y latinoamericano, pensar con Hartog permite examinar cómo se ha experimentado el desgaste de las promesas de modernidad y de qué manera la fractura temporal se manifiesta en la vida republicana, en el declive institucional y en las recurrentes narrativas de crisis. Este esfuerzo de traducción conceptual, articulado en De la profecía al presentismo. Fragmentos para una historia de los tiempos en el Perú desde François Hartog (2026), de nuestra autoría, demuestra que el presentismo no es una condición monolítica, sino un diagnóstico maleable que exige ser historizado localmente. El onomástico de Hartog no debe ser motivo de una celebración retórica, sino el punto de partida para reivindicar la historia como un auténtico ejercicio de lucidez. Frente a la hegemonía de lo efímero, su obra recuerda que la función del historiador y del intelectual público no es fungir de cronista resignado de un presente absoluto. La labor ética y epistemológica radica en sostener el escrutinio crítico, desnaturalizar la inmediatez y forjar categorías conceptuales indispensables para devolver inteligibilidad a un mundo herido por la falta de horizontes.
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