Los peruanos nos preparamos con entusiasmo para recibir al Papa peruano, León XIV. A la vez, las lluvias ya golpean el norte y los esfuerzos de prevención conviven con la necesidad de atención de emergencias. Ante este contraste, cabe preguntarse: ¿seremos capaces de convertir el entusiasmo compartido en un compromiso colectivo y sostenido frente a los problemas que afectan a todos?
En su primera encíclica, León XIV plantea una idea que trasciende las creencias: el bien común no se construye solo desde el Estado ni solo desde la sociedad. Además, advierte sobre permitir que las emergencias decidan el rumbo por nosotros. Pocas advertencias describen mejor cómo hemos conducido al Perú en los últimos años.
Desde la economía, una preocupación detrás de estas reflexiones es la confianza, no solo como virtud deseable, sino como algo que mueve decisiones. Según la Encuesta Mundial de Valores de 2025, solo el 6% de los peruanos cree que se puede confiar en la mayoría de las personas. Cuando dudamos de que el Estado o los demás cumplan su parte, cada uno busca resolver por su cuenta. Si la educación o salud públicas fallan, quien puede busca una alternativa privada; quien no, se queda sin opciones.
Y no es ningún reproche: nadie debe sacrificar la educación o la salud de los suyos esperando a que el sector público haga bien su trabajo. Pero, como explicó Albert Hirschman, cuando quienes tienen mayor capacidad de exigir calidad abandonan un servicio, puede irse con ellos buena parte de la presión para mejorarlo. Así, se resquebraja el contrato social: lo público deja de ser de todos y pasa a ser para los que no tienen de otra. Y esto alimenta aún más la desconfianza.
Nuestra eterna sorpresa ante El Niño es otra cara del problema. ¿Por qué no prevenimos mejor ante un riesgo conocido? Con poca exigencia y escasa rendición de cuentas, la política elige la obra que se ve y se inaugura antes que el mantenimiento y la prevención que nadie aplaude. Y, una vez más, quienes menos tienen cargan con las peores consecuencias.
Por eso, la solución no pasa por decir que confiemos más o que todos seamos virtuosos (aunque esto es, claro, deseable). Necesitamos instituciones que hagan más difícil desviarse de la regla, más conveniente cooperar y más factible corregir abusos. Eso exige reglas creíbles, servicios que mejoren y cuentas que se rindan, incluso por los daños que pudieron evitarse.
Es tarea del Estado cumplir y hacer cumplir las reglas. Es rol de las empresas cumplir con sus obligaciones y contribuir más allá de las donaciones (muchas lo hacen). Y es rol de los ciudadanos cuidar lo común, aunque puedan pagar alternativas privadas. Eso incluye exigir mejores servicios, pero también renunciar al favorcito, a la coima y al atajo que nos resuelve algo a costa de otro.
Recibamos al Papa con el entusiasmo que merece, pero llevemos este sentido de pertenencia a construir una mejor sociedad. Como dice el refrán, “a Dios rogando y con el mazo dando”. Ese mazo nos toca a todos.


