Mientras que algunos lo primero que hacen al despertar es correr las cortinas y abrir las ventanas para que se ventile el cuarto mientras que van acomodando las sábanas y colcha antes de irse por un café, otro gran grupo de personas no piensa de esa manera y sabe que su día no se complicada para nada si es que se van al trabajo sin tender la cama. La psicología analizó qué hay detrás de esta costumbre y lo cierto es que no tiene que ver con la pereza o ser desordenados, sino que poseen un enfoque pragmático y hay otras prioridades diarias que merecen más la atención. En esta nota te explico más detalles de la mano de los expertos.
Es una clara señal de flexibilidad mental y creatividad
La psicología no interpreta el hábito de no hacer la cama como un simple sinónimo de pereza, sino como un reflejo de distintos factores mentales, emocionales y de estilo de vida. Esto se asocia a personas con un pensamiento más espontáneo, abierto a la improvisación y menos sujeto a normas estrictas o estética convencional.
Y es que muchas personas prefieren invertir su tiempo matutino en desayunar con calma, hacer ejercicio, atender asuntos urgentes o cumplir responsabilidades laborales en lugar de una tarea que consideran secundaria como es dejar la cama impecable y bien ordenada.
“Para ellas no es una tarea pendiente. Solo nos persigue mentalmente aquello que consideramos que deberíamos haber hecho, y quien no vive la cama deshecha como un asunto sin resolver no tiene nada que cerrar (…) Suele tratarse de personas con mayor tolerancia al desorden visual, que reservan su energía de la mañana para otras tareas a las que otorgan mayor importancia”, explicó la psicóloga Beatriz Gómez Herráez a ‘El Mueble’.
Estas personas se enfrentan a la sobrecarga emocional y fatiga mental
En algunos casos, dejar la cama sin hacer responde a periodos de estrés, agotamiento o dificultad para sostener rutinas diarias de autorregulación, por eso postergan actividades que no ofrecen un estímulo o gratificación inmediata, lo que se conoce como enfoque pragmático. Además, si el hábito es constante, puede ser un reflejo sutil de fatiga, estrés o desánimo emocional.
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