Los grupos de izquierda que conforman un bloque de pensamiento único en el Congreso de la República, son hechura del radicalismo ideológico. La izquierda en todos sus matices e intensidades le ha declarado la guerra legislativa al Gobierno, pero no desde una perspectiva democrática alturada, para debatir reposadamente las propuestas ni para someter a análisis riguroso las leyes en disputa. Ni quieren ser un dique de contención contra un supuesto avance descomunal del Gobierno que solicita facultades desmesuradas e injustas, ni quieren corregir defectos legislativos. Lo que buscan es permanecer en un estado de inamovilidad, renunciando a la capacidad de diálogo y debate; ambos pilares fundamentales del funcionamiento democrático en el seno del parlamento. ¡La izquierda más hostil padece la enfermedad incurable de la terquedad! Con la intransigencia de Indira Huilca, y con la mirada rabiosa y el gesto agresivo de Íber Maraví, la izquierda radical no busca acuerdos ni pretende alcanzarlos. Con esta mentalidad caprichosa y microscópica, la izquierda demuestra que su brújula orientadora no es el bien común, que sus principios no están arraigados en el mejoramiento de las condiciones de vida de los peruanos y que su persistencia en la terquedad es un signo evidentísimo de su desprecio hacia la institución democrática del Congreso. Con este ensombrecido panorama, pareciera que el Gobierno estuviera condenado a sobrellevar un yugo pesado y encarnar ese viejo poema español del siglo XV, que le pertenece a Juan del Encina: “Las cosas que deseamos tarda o nunca las habemos, y las que menos queremos más presto las alcanzamos”.

