Cualquier lector local se sentiría ansioso por escuchar a J. M. Coetzee en el Hay de Arequipa. Sin embargo, la expectativa es mayor, teniendo en cuenta la curiosidad por un proyecto en el cual él está inmerso y que lo vincula con el sentimiento romántico del país: los yaravíes del poeta mistiano Mariano Melgar.
El autor de “Desgracia” aceptó esta entrevista con una condición: no hablar de sí mismo, sino de la poesía de uno de los fundadores de la literatura peruana republicana. Así, hablamos de cómo una obra como la del Nobel sudafricano, marcada por la culpa poscolonial, la incomunicación y el dolor ajeno, se refleja en la de Mariano Lorenzo Melgar Valdiviezo (1790-1815), precursor del romanticismo y mártir de nuestra independencia. En este diálogo en exclusiva, nos animamos a buscar puntos de conexión entre ambos.
—Sus más recientes novelas las ha publicado en español antes que en inglés. ¿Su actual trabajo con el poeta Melgar es parte de ese acercamiento personal con nuestro idioma?
Cuando nací, en 1940, Sudáfrica formaba parte de lo que los británicos llamaban su Commonwealth, un conjunto de colonias y excolonias a las que se les había impuesto el inglés como lengua de comercio, educación, cultura y, en general, de ascenso social. Crecí hablando y escribiendo en inglés tan bien como la mayoría de los nativos de las Islas Británicas, pero no tenía ninguna conexión sustancial con Inglaterra. Descendiente de neerlandeses, alemanes y polacos que se habían establecido en Sudáfrica, no tengo motivos personales de lealtad hacia la lengua inglesa y no considero que mis libros estén más “en casa” en inglés que en cualquiera de los idiomas a los que son traducidos. Además, tengo reservas, que se han vuelto más agudas con el paso del tiempo, sobre la expansión del inglés como lengua franca mundial de facto. No soy hostil al uso del inglés como lengua franca en la diplomacia, los negocios y el comercio, el turismo, etcétera. Lo que me inquieta es la extinción gradual de las llamadas lenguas minoritarias en favor del inglés, así como la creencia autocomplaciente, en los países de habla inglesa, de que solo es necesario conocer un idioma: el inglés. Para dar fundamento a mi inquietud sobre el dominio del inglés, llevo muchos años publicando mis libros en traducción al neerlandés y, más recientemente, también en traducción al español, antes de que se publiquen en inglés.
—¿Cómo llega a sus manos la poesía de Melgar y cómo nace su interés en ella?
Me topé por primera vez con Mariano Melgar en una antología de poesía latinoamericana, y me sorprendió saber que no era muy conocido fuera de su Perú natal. Le mostré algunas muestras de su verso a mi amiga Valerie Miles –cuyo español es mucho mejor que el mío– y le sugerí que colaboráramos en la traducción de una selección de los mejores poemas de Melgar. Valerie y yo hemos estado trabajando en nuestras traducciones durante los últimos tres años; el fruto de nuestro trabajo está por aparecer pronto de la mano de editoriales en Escocia y Australia. La editorial Vaso Roto también publicará próximamente una selección de su poesía en español original, con ensayos introductorios escritos por Valerie y por mí.
—Permítame una hipótesis: La tensión lingüística que atraviesa su obra, al escribir en inglés siendo un intelectual de origen afrikáner, resuena con el dilema de Mariano Melgar frente al español y al quechua. Pienso que, en ambos casos, hay una fractura idiomática, dos creadores situados en la frontera entre dos lenguas. ¿Hay allí un vínculo entre usted y Melgar?
Sí, aceptaría su sugerencia de que la doble lealtad de Melgar hacia el español y el quechua tiene paralelismos con mi propia doble lealtad hacia el inglés y el afrikáans. Pero añadiría que los escritores criollos a menudo sienten la necesidad de romper los vínculos de la lengua imperial dotando a su obra de un colorido local.
—En los yaravíes de Melgar, es clave el dolor por el abandono amoroso. ¿Cómo define la experiencia del dolor del poeta arequipeño?
No hay que olvidar que Melgar murió joven, que la Silvia de sus poemas fue probablemente su primera enamorada formal, y que la intensidad de sentimiento en los poemas que le dirige es la de un joven amante. Para alguien cuya vida creativa apenas sumó unos pocos años, Melgar fue sumamente productivo. Sus poemas a Silvia pueden leerse como un diario en verso de sus sentimientos cambiantes y en evolución. Juzgado objetivamente, Melgar tal vez no sea un gran poeta, pero los yaravíes que componía en su último año de vida poseen una música hermosa y delicada que le pertenece de un modo único. Creo que los 30 poemas que Valerie y yo hemos seleccionado para traducir representan lo mejor de su verso.
—Su prosa es reconocible por su economía de recursos y la ausencia de sentimentalismo. Por su parte, los mejores yaravíes de Melgar destacan por su concisión y sencillez. ¿Qué encuentra usted en el estilo del poeta? ¿Cree que coinciden en esa resonancia desoladora de sus imágenes?
Coincido con usted en que la mejor obra de Melgar se caracteriza por la concisión y la sencillez. Estas son virtudes que descubrió tarde en su vida. Su poesía anterior es más recargada en sus imágenes.
—La imagen que tenemos los peruanos de Melgar es la de un héroe típicamente romántico, un poeta entregado al sacrificio a la manera de un Lord Byron, que mezcla melancolía con rechazo a la tiranía. ¿Cómo lo imagina usted?
Uno de los rasgos más fascinantes de Melgar –o, preferiría decir, del fenómeno Melgar– es su evolución, acaecida con bastante rapidez, hacia una figura heroica y, de hecho, hacia la figura de un héroe nacional de la nueva república. Cómo ocurrió esto es un proceso que describo en el epílogo que he aportado a nuestro libro. Aunque su poesía no era muy leída (de hecho, no era muy accesible), se convirtió en una figura del imaginario popular del Perú de la misma manera que Byron pasó a ser una figura del imaginario popular griego, a pesar de que muy pocos griegos podían leerlo.
—Hay algo curioso que sucede con el Perú. Los nombres de nuestros grandes escritores terminan identificando los clubes de fútbol de mayor arraigo. Melgar, por ejemplo, es el nombre del equipo de fútbol más importante de Arequipa. ¿Qué piensa de esa sintonía de los escritores que, sin ser leídos, sus nombres se convierten en referencias de la cultura popular? ¿Le ha sucedido algo parecido?
Ponerle el nombre de escritores a los aeropuertos es una costumbre que –lamentablemente, a mi juicio– ha desaparecido de nuestro mundo. No hay equipos de fútbol que lleven mi nombre, ni tampoco avenidas. Me han dicho que hay un meteorito que lleva mi nombre, pero no tengo forma de confirmarlo.

