Las primeras doce guitarras Falcón salieron del interior de un árbol viejo rescatado del lecho de un río seco en Palpa, Ica. Era 1946 y el joven aprendiz de carpintero Abraham Falcón no tenía dinero para comprar madera buena, pero igual decidió probar suerte con un instrumento que nunca antes había construido. Lo empujaban la necesidad y la desesperación de un año particularmente malo para la agricultura y las ventas. El hallazgo de ese árbol parecía algo bíblico, como una cosa del destino. Encerrado con aquel tablón, ya cortado, no descansó hasta terminar su primera guitarra. “En verdad, parecía un tamal mal envuelto”, le dijo a Somos, entre risas, en 2014, sobre aquel primer instrumento que, pese a su look controversial, consiguió vender en Ica por unos soles. Nacido en Coracora, Ayacucho, en 1924, Falcón se hizo lutier a fuerza de intuición y de ensayo y error. Décadas después, sus guitarras estarían en manos de los mayores intérpretes del país. En 1987 obtuvo el tercer lugar en un concurso mundial de lutieres en París. En 1989 recibió las Palmas Magisteriales del Ministerio de Educación y en 2003 fue reconocido como Patrimonio Cultural Viviente de la Nación.
Durante años, en pleno auge de la música criolla y andina, Falcón era sinónimo de prestigio. De su taller de La Victoria salían desde modelos de estudio, las favoritas para los principiantes, hasta guitarras de concierto y otros modelos aún más caros, de topes de línea, que podían costar miles de dólares. Abraham las fabricaba todas a mano, primero solo, luego asistido por aprendices, entre los que estuvieron su hijo y su nieto, ambos llamados Enrique Falcón. “Las guitarras Falcón fueron un boom entre los años 60 y 70. Era la época de la canción criolla y había un contexto muy bueno. Todo eso ayudó mucho a que la gente conociera la guitarra criolla, la guitarra costeña”, dice su nieto Enrique, quien tras la muerte de su abuelo en 2016 y de su padre en 2022 se ha quedado como el heredero espiritual de la marca.
Enrique Falcón recuerda con nitidez la primera vez que entró al taller de su abuelo. Tenía unos cinco años y jugaba a las escondidas con sus primos durante un domingo familiar cuando le vino una suerte de revelación. “Había mucha bulla afuera, los niños estaban correteando. Y cuando ingresé al taller fue como entrar a una habitación del tiempo. Lo que más llamó mi atención fue el silencio”, cuenta. La disposición de las maderas, las herramientas y las guitarras, todo quedó grabado en su mente. A los 19 años regresó con un pedido concreto: quería que su abuelo le enseñara el oficio. Pero Abraham no se lo puso fácil, porque era un hombre parco, y el nieto tuvo que insistir mucho para ganarse un lugar entre sus aprendices. A Enrique le ganaba la impaciencia. Quería fabricar guitarras de inmediato. “Pero mi abuelo me puso a limpiar, a mover cosas, a laquear… y pasaron siete años de eso hasta que me dijo que ya estaba preparado para hacer mi primera guitarra”.
Una guitarra especial
Las guitarras de esta marca han pasado por las manos de los mayores guitarristas del país. El gran Óscar Avilés las promocionaba incluso en muchos de sus conciertos. Se recuerda que en los momentos de mayor entusiasmo, el veterano levantaba su instrumento y gritaba: “¡Guitarras Falcón!”. También las tocaron Raúl García Zárate, Rafael Amaranto, Manuelcha Prado y otros grandes de las seis cuerdas peruanas. Entre sus más entusiastas defensores está también Pepe Torres, maestro de varias generaciones de guitarristas, quien todavía recuerda el día en que, siendo adolescente, llegó al taller de Abraham para comprar una guitarra que no podía pagar al contado.
“Era una guitarra de arce, blanca, que costaba 500 soles de la época, y yo tenía apenas unos 100 soles, que había ganado tocando. Tenía 15 o 16 años y lo que más quería era una guitarra Falcón”, recuerda Torres. En su obsesión, le propuso a Abraham pagar el resto en cuatro letras, y el maestro primero se rió y luego le dijo que no. “Me quedé ahí, en su taller, tocando una guitarra del estante. Seguramente se compadeció de este muchacho que estaba ilusionado”, dice. Finalmente, Abraham aceptó el trato. “Cada mes iba y le pagaba la letra. Ya nos quedó una amistad entre él y yo, entre el muchacho y el señor”. Aquella guitarra lo acompañó durante unos veinte años, cinco de ellos tocando junto a Óscar Avilés.
Casi siete décadas después de aquella primera compra, Torres sigue defendiendo el sonido vibrante de las Falcón. El pasado 17 de octubre, su academia de guitarra y la Universidad Nacional de Folklore José María Arguedas organizaron un homenaje por los ochenta años de la marca. “Ese día varios guitarristas de diversos géneros hemos tocado con Falcón”, cuenta Pepe. Entre él y la familia hay, además, otro vínculo: Enrique, el nieto de Abraham, fue su alumno de guitarra durante un año y medio. Ahora lo reconoce como continuador del oficio. “Está produciendo guitarras de calidad”, afirma.
El peso del apellido
Enrique conoció la verdadera dimensión de esa responsabilidad después de perder a sus dos maestros. “Hemos perdido prácticamente dos generaciones, la de mi abuelo y la de mi papá, en seis años”, dice. Las ausencias dejaron al taller sin dos de sus principales artesanos y sin una experiencia acumulada durante décadas. Tras la muerte de su padre, se tomó una semana para decidir si quería continuar. La posibilidad de elegir otro camino era real. Él es de profesión ingeniero agrícola. Al cabo de ese tiempo, habló con sus tías y les anunció su deseo de seguir con la marca.
A pocos días del Día de la Canción Criolla, los ochenta años de la marca Falcón invitan también a mirar el futuro del oficio. Uno de los desafíos de Enrique es recuperar el ritmo de producción. Recuerda una época en que del taller de su abuelo podían salir entre cincuenta y ochenta guitarras al mes. Los tiempos han cambiado: la música criolla y, en general, la peruana de guitarra acústica ya no tienen la presencia comercial de aquellas décadas. Su meta es llegar a cuarenta guitarras mensuales. También necesita formar nuevos artesanos, pues su equipo tiene en promedio unos sesenta años. Por eso su hijo pequeño ya empieza a reconocer las cuerdas y las maderas, y practica el martillado. Enrique lo acerca al oficio poco a poco, con métodos distintos a los que él conoció como aprendiz. “Estamos ahora en la tercera generación, pero me gustaría que esta marca pueda celebrar cien años y más”. //
Grandes guitarristas peruanos
Óscar Avilés
La Primera Guitarra del Perú hizo de las seis cuerdas una voz protagonista de la música criolla. Nacido en el Callao en 1924, Óscar Avilés acompañó a Chabuca Granda y formó con Arturo ‘Zambo’ Cavero una de las duplas más queridas del país. Sus bordones, silencios y arreglos renovaron el acompañamiento y marcaron a generaciones de guitarristas. Falleció en 2014.
Raúl García Zárate
Gigante de la guitarra ayacuchana, Raúl García Zárate llevó el sonido de su tierra a públicos de todo el Perú. Empezó a tocar a los ocho años, a escondidas de su padre, y ofreció su primer concierto a los doce. Desde 1966, sus discos ayudaron a abrirle espacio a la música andina en un mercado dominado por el criollismo. Falleció en 2017, convertido en uno de sus mayores referentes.
Rafael Amaranto
Puso su guitarra al servicio de Lucha Reyes, Jesús Vásquez y Eva Ayllón, con punteos que dieron identidad a canciones como “Propiedad privada” o “Mal paso”, entre otras. Un accidente cerebrovascular alejó a Amaranto de los escenarios, pero preservó su memoria musical. Su estilo sigue siendo recordado como uno de los grandes sellos de la época dorada del criollismo.


