El patio trasero del único colegio de secundaria de la comunidad nativa de Copal Sacha, en Santa Cruz, región de San Martín, se ha transformado en un laboratorio científico al aire libre. A las seis de la mañana, antes de que las primeras luces del día iluminen el campo, los árboles de cacao y la losa deportiva donde se extiende una malla para que los alumnos jueguen voleyball, Edy Abad –alumna de quinto de secundaria– apunta en un cuaderno los valores del estado del clima y del agua.
“Cada estudiante viene a registrar los datos tres veces al día. Algunos alumnos miden la temperatura mínima y máxima, y alguien más mide la precipitación del agua con otros instrumentos”, explica Abad, vestida con el buzo verde y blanco de su colegio.
Desde mayo de 2025, en el campo de la Institución Educativa Manuel Seoane, en la Amazonía peruana, un grupo de estudiantes se reúne semana tras semana entre los árboles de cacao para monitorear el crecimiento de esta especie, recolectar el agua de lluvia y medir el caudal del río cercano al colegio. Las herramientas y los aparatos tecnológicos que hasta hace un año eran desconocidos para los alumnos despertaron en ellos la curiosidad y su afán por la ciencia.
Una de esas aprendices es Edy Abad. “Para nosotros todo es nuevo porque no llevamos ningún curso en el colegio en el que usemos herramientas similares, pero como queremos dar una solución [a las problemáticas en torno al cultivo de cacao] decidimos actuar y aprender con la ayuda de los ingenieros”, cuenta la estudiante.
Los estudiantes habían conversado con sus padres y con personas que trabajaban el cacao. Preocupados por las sequías y las lluvias intensas que afectan sus sembríos, los adultos les dijeron que las tierras son cada vez menos fértiles, que no retienen el agua y que no se produce como antes.
“El cultivo de cacao no solo es una de las actividades económicas, sino que también es una de las más antiguas que trabajan nuestros padres”, dice Abad.
Un grupo de seis alumnos se acercó entonces a la Coordinadora de Desarrollo y Defensa de los Pueblos Indígenas de la Región San Martín (CODEPISAM) y a la Federación Kichwa Huallaga-Dorado (FEKIHD), una organización indígena regional, para solicitar el apoyo de entidades que les ayudarán a reforzar sus conocimientos sobre las condiciones climáticas y del territorio para el cultivo de cacao.
Milton Tuanama, miembro de la FEKIHD, cuenta que los alumnos, animados por la presencia del Servicio Nacional de Meteorología e Hidrología del Perú (Senamhi) en el centro poblado, solicitaron asesoramiento de la entidad estatal en temas climáticos. Tras semanas de coordinaciones entre las organizaciones indígenas y docentes del colegio, los estudiantes de la comunidad de Copal Sacha lograron que el Senamhi los incluyera en un proyecto para monitorear los datos del clima y responder al cambio climático.
El Senamhi les enseñó a usar los equipos tecnológicos y obtener instrumentos de bajo costo para la medición del clima y el monitoreo de la calidad del agua y de la tierra. Durante meses, los alumnos trabajaron de la mano de científicos del Senamhi y con docentes. Crearon un Club de Ciencias, un grupo en el que pusieron en práctica los conocimientos aprendidos en el campo de cacao de su colegio y con el que pudieron participar en ferias regionales e influir en la comunidad para que hicieran cambios en sus cultivos, como no sembrar alrededor de quebradas y otros cuerpos de agua.
La llegada del proyecto a la comunidad
Entender los impactos de la deforestación, la degradación del suelo y de la calidad del agua es clave para preservar el futuro de Copal Sacha, un territorio donde la agricultura es una de las principales fuentes de subsistencia económica y familiar.
“Como docentes, este tipo de iniciativas implica dar mucho de nuestro tiempo, amor y educación porque se busca influir en la visión de los estudiantes para rescatar nuestra flora y fauna, nuestros recursos naturales, y a la vez proteger el ambiente”, señala Vanessa Condevasquez. Miembro de la Red de Docentes Innovadores que intercambian metodologías activas y uso de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC), Condevasquez acompañó al grupo de estudiantes de Copal Sacha durante la ejecución del programa piloto del Senamhi.
En la última década, el distrito de San José de Sisa, donde se encuentra la comunidad indígena, volcó sus esfuerzos hacia la producción del cacao tras dejar atrás el cultivo histórico de la hoja de coca. San Martín, donde se encuentra San José de Sisa, produce cerca del 40 % del cacao de Perú, lo que la hace la principal región productora del país, según datos del Ministerio de la Producción.
La mayoría de estudiantes adolescentes participa del trabajo familiar con las chacras de maíz o cacao. Al conocimiento que heredaron de sus padres y ancestros para entender el clima, sumaron la experiencia adquirida al ver el trabajo de los científicos. Cuando empezaron el proyecto entrevistaron a los agricultores de su comunidad para saber porqué ya no se producía el cacao como antes y conocer cuáles son sus desafíos.
“Ellos no nos hablaban de degradación de suelo, pero nos decían que la tierra no tiene nutrientes, que no produce como antes, que había sequías. Aunque se producen flores, ya no se llega al fruto y se pierde la cosecha”, dice Abad.
“Al inicio todo partió como un proyecto educativo más, pero luego se fue expandiendo hacia otros proyectos que nos permitían entender cómo podíamos rescatar los ojos de agua, ya que la quebrada Chumbakiwi [que atraviesa el centro poblado de Santa Cruz y vierte sus aguas en el río Sisa] estaba reduciendo su caudal. En Copal Sacha hay cultivos de cacao cerca a las quebradas y medimos el agua para ver si se estaban afectando”, cuenta Jhoasi Tuanama, ex estudiante que participó en los proyectos de conservación del colegio Manuel Seoane.
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La experiencia surgió en el marco del Proyecto de Mejora de la Capacidad de Adaptación de las Comunidades Andinas a través de los Servicios Climáticos (ENANDES). Este programa, a su vez, se inserta en uno más amplio en el que participan países como Colombia y Chile, liderado por la Organización Meteorológica Mundial de las Naciones Unidas, y que ha contribuido a la elaboración de servicios climáticos que pueden ser codiseñados con la población.
“Tenemos como centro de acción a las cuencas amazónicas, en comunidades altamente vulnerables a las variaciones climáticas”, señala Grinia Ávalos, directora de Meteorología y Evaluación Ambiental Atmosférica del Senamhi, y coordinadora del proyecto en Copal Sacha. “A través del piloto hemos realizado un proceso de sensibilización y capacitación de los productos y servicios meteorológicos para conocer la información disponible de la región”, señala.
Según la experta, estos conocimientos, sumados a los saberes ancestrales de la comunidad, permiten entender mejor los avisos meteorológicos que el Senamhi emite y dotar a las comunidades de más herramientas para la toma de decisiones que beneficien a su territorio.
En San José de Sisa la temperatura mínima ronda los 21 °C, pero se han registrado 31 °C de máxima. El clima es predominantemente húmedo, lluvioso y cálido. La abundancia de lluvias, entre 2000 y 3500 milímetros anuales, es propicia para los cultivos tropicales de la zona. Sin embargo, según proyecciones del Senamhi a 2050, en la zona se daría un aumento general de las lluvias y un aumento de 2.2°C en las temperaturas máximas y mínimas, producto de los efectos del cambio climático.
Este incremento puede afectar los cultivos y la disponibilidad y demanda hídrica, pero también podría agravar problemas de deslizamientos de tierra si coincide con eventos extremos, como el actual fenómeno El Niño.
Los instrumentos científicos caseros de Copal Sacha
Max Lozano es agrónomo de la Dirección Zonal de la región San Martín, a cargo del componente agrometeorológico del proyecto en Copal Sacha. Asegura que los cuatro aspectos que integran el trabajo en las comunidades [meteorológico, hidrológico, agrometeorológico e intercultural] fueron desarrollados gracias a la información recogida por los jóvenes de cuarto y quinto de secundaria con las herramientas instaladas en su propia escuela y en la quebrada Chumbakiwi.
“Se armaron los sensores con los estudiantes. Hicimos una caseta [estructura de madera diseñada para proteger los instrumentos de medición atmosférica] muy pequeña y se dejó operando con una batería para que ellos vayan registrando los datos. Es un acercamiento de los niños hacia la ciencia”, añade Lozano.
Como los jóvenes también notaron que el caudal del río Chumbakiwi fluctuaba constantemente, generando escasez de agua en algunas ocasiones e inundaciones en otras, decidieron instalar dos reglas limnimétricas que sirven para medir y registrar el nivel del agua.
Ese proyecto le dio la continuidad a otro trabajo previo llamado Yaku Kawsanapa (“donde el agua vive”, en español), que ya realizaban los alumnos para restaurar la zona, cuenta la profesora Vanessa Condevasquez. En 2024 la quebrada se secó y el terreno aledaño comenzó a derrumbarse. “En aquel entonces se sembraron plantas de aguaje para rescatar los ojos de agua”, dice la docente.
Esa experiencia hizo que el interés de los alumnos por el proyecto piloto de Senamhi fuera casi inmediato. Con un pluviómetro casero y un Phmetro —instrumento que se usa para medir la acidez o la alcalinidad del agua— que dejó el Senamhi, los estudiantes no solo registraron la cantidad y la calidad del agua de lluvia, sino que identificaron que caía lluvia ácida que impactaba en el agua de consumo y las cosechas.
“No se creó un objeto para solucionar un problema, sino que se hizo un estudio para ver la influencia de parámetros como la acidez, la humedad, entre otros, sobre el agua y los cultivos de cacao. Fue más que nada investigación científica”, señala Condevasquez.
El análisis se centró en los impactos sobre el cacao, dado que se trata del cultivo más importante para la economía de la región. “Con base en eso hicimos las capacitaciones y un pequeño grupo de jóvenes hacía las observaciones fenológicas [relación entre los factores climáticos y los ciclos de vida de las plantas y los animales] del cacao en su colegio”, cuenta el agrónomo Lozano.
Los ánimos por parte de los estudiantes crecían a medida que tomaban las herramientas meteorológicas y asumían un papel protector del futuro de su comunidad.
“Con las herramientas que tenían aprendieron cómo una pequeña maquinita puede saber el estado del agua, conocer qué nutrientes tiene el suelo, su acidez y si es apto o no para sembríos. Todo lo transmitían a sus padres, a los mayores de la comunidad educativa”, dice Condevasquez.
La información obtenida en el proyecto permitió insertar datos del clima para la agricultura en mesas técnicas agroclimáticas, en las que participan diversas entidades decisivas en políticas públicas regionales y nacionales. Pero también se cumplió con la meta más importante: dar a conocer a la comunidad que existen instrumentos, informes y recomendaciones del Senamhi que se pueden incorporar a sus necesidades.
“Hay muchos problemas con los sembríos, pero puede haber una solución. Nosotros mismos hicimos una reunión donde expusimos el proyecto realizado ante todos los padres y el Apu [líder de la comunidad]. Planteamos soluciones, como tener un mejor conocimiento de la temperatura del agua o no sembrar cerca a las quebradas. Algunos mayores empezaron a restringir las siembras cerca a la quebrada y empezaron a ver mejoras en la producción”, cuenta el exalumno Jhoasi Tuanama.
Ahora, el siguiente paso es darle continuidad al proyecto con las próximas generaciones de estudiantes.
El conocimiento científico y el saber ancestral kichwa
“Nuestros antepasados, abuelos y tatarabuelos miraban el cielo, la luna y se tomaba en cuenta cuándo podar, cuándo sembrar el plátano o el cacao. Todas esas cosas nos siguen sirviendo como hijas de esos agricultores”, dice Delly Neyra, integrante de la asociación cacaotera Chocowarmi, integrada por mujeres en la comunidad nativa de Copal Sacha.
“Para la cosecha, que es la fase más importante del sembrío de cacao y de plantas en general, consideramos cinco días antes y cinco después de la luna llena. También para la poda y mejorar la producción. Sea para la siembra o cosecha, tomamos en cuenta las fases de la luna”, señala Neyra, quien resalta que, a diferencia de años atrás, se están presentando muchas enfermedades y plagas que afectan la producción.
Para ella, la información científica ha venido ganando espacio pero todavía no está tan integrada en su día a día. Cree que se necesita más difusión.
Pero como todo proyecto institucional, siempre hay un punto final. Luego de un año, el piloto en Copal Sacha culminó.
“Uno de los medidores que estaba instalado se lo llevó el río”, dice el nuevo director del colegio, Néstor Díaz, mientras esperan que Senamhi pueda reponer el que tenían.
Ahora Edy Abad es la única alumna que conserva el conocimiento impartido por el Senamhi. Los demás estudiantes egresaron. Sin embargo, miembros de la comunidad educativa buscan continuar el proyecto con alumnos más jóvenes para darle continuidad a los procesos de conservación y a la apropiación de los conocimientos obtenidos.
La esperanza de las nuevas generaciones
“El gran desafío es involucrar a las familias de la población. Nos gustaría ser más específicos e involucrar a los sabios de la comunidad. La educación debe ser también comunitaria”, señala Milton Tuanama, de la FEKHID.
Para el comunero, involucrado desde el primer día con los estudiantes y el Senamhi, “el proyecto puede retomar fuerzas e invitar a participar también a los de la escuela primaria, que también es bilingüe. Ellos son el futuro de nuestro pueblo y estamos en conversaciones con autoridades para que más alumnos puedan continuar”.
La experta del Senamhi, Grinia Ávalos, coincide: “Podemos hacer más desde los roles que asumimos, ya sea desde una institución científica, la escuela o la comunidad, porque finalmente el problema nos afecta a todos por igual, va más allá del género, de lo intergeneracional, de la condición social. El cambio climático nos afecta a todos”.
Este año Edy Abad terminará la secundaria y al no haber estudios más especializados disponibles en el pueblo, partirá a alguna de las ciudades más grandes de la Amazonía. “Yo crecí en dos mundos, en la Costa y la Amazonía, pero me enamoré de este, de la selva en mi comunidad de Copal Sacha. Ahora quiero estudiar biología botánica”, dice.
Sus ojos brillan y su expresión muestra el ímpetu de quien acaba de descubrir un tesoro. “Me gustaría que se retomen los esfuerzos del Club de Ciencias con otro grupo nuevo para que los más pequeños sepan, y que haya jóvenes que estudien para cuidar de la biodiversidad”, cuenta.
A solo unas cuadras del colegio, otra alumna del primer año de secundaria, Deisi Tuanama Tapullima, guarda en sacos de rafia negros los granos de cacao que estaban secando extendidos al aire libre. Mientras recoge con sus manos la cosecha familiar desde el patio de su casa comenta: “He visto el trabajo de los otros estudiantes, algún día me gustaría unirme”.
El artículo original fue publicado por Leslie Moreno Custodio en Mongabay Latam. Puedes revisarlo aquí.
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