El sol limeño de aquel 14 de diciembre de 1975 brillaba con desdén sobre las tribunas del Estadio Nacional, donde nueve mil almas aguardaban el duelo entre Deportivo Junín de Huancayo y Atlético Chalaco. Sobre la cancha, el centrodelantero visitante Ángel Avilés Bolaños, de 28 años, corría con la ilusión intacta de consolidar su carrera en el balompié profesional, sin sospechar que el reloj marcaba sus últimos minutos de vida.
En un abrir y cerrar de ojos, la rutina de una jugada común se transformó en una pesadilla irreversible que sacudió los cimientos del deporte nacional y sumió en el desconcierto a compañeros, rivales y a una hinchada que pasó del grito desaforado al silencio absoluto.
EL MINUTO 20 Y LA SÚBITA CAÍDA
El partido correspondiente al campeonato descentralizado avanzaba con normalidad bajo la atenta mirada del público en el Estadio Nacional. Cuando el cronómetro apenas rozaba los 20 minutos del primer tiempo, una jugada rápida exigió al atacante huancaíno a realizar un pique de 20 metros en busca del balón.
Tras la carrera, Ángel Avilés se detuvo de manera abrupta y se desplomó sobre el césped sin que mediara falta alguna ni contacto violento con los defensas del cuadro chalaco. La caída repentina desconcertó de inmediato a quienes se hallaban cerca de la jugada, presagiando que algo grave ocurría.
Sin comprender la gravedad de lo que se vivía, uno de los aguateros del equipo ingresó raudo al campo provisto de una esponja y un balde para arrojarle agua en la cabeza. En una breve e instintiva reacción, el futbolista intentó incorporarse apoyando una mano en el pecho, pero las fuerzas lo abandonaron por completo.
De inmediato, el cuerpo de Avilés volvió a caer, quedando inmóvil ante la mirada atónita de los futbolistas de ambos equipos. Recién en ese dramático instante el árbitro central Pedro Reyes detuvo las acciones del encuentro, permitiendo el ingreso raudo del cuerpo médico para atender al jugador caído.
El doctor Numa Pompilio Moreno, del Atlético Chalaco, cruzó el campo a toda velocidad para examinar el pulso del atacante. Luego de palpar sus muñecas y cuello con evidente desesperación, constató que no existía ningún latido y solicitó de urgencia una camilla para evacuarlo hacia la zona de vestuarios.
LA ANGUSTIA EN LA ENFERMERÍA Y EL DIAGNÓSTICO FATAL
El traslado hacia la enfermería del Estadio Nacional se realizó en medio de una tensión insostenible mientras los compañeros intentaban asimilar lo que sucedía. Al llegar al tópico, el médico de turno del INRED, doctor Carlos Orellano, intentó reanimarlo por todos los medios científicos disponibles aplicando oxígeno de manera intensiva.
Los esfuerzos médicos resultaron infructuosos debido a la violencia del cuadro clínico, confirmándose que el deportista había ingresado a la zona de primeros auxilios ya sin vida. Ante la gravedad del panorama, se ordenó su evacuación inmediata en una ambulancia hacia la clínica Maison de Santé de Lima, donde los galenos sólo pudieron certificar su deceso.
Posteriormente, el cuerpo sin vida de Ángel Avilés fue derivado a la Morgue Central de Lima por orden del juez instructor de turno para la práctica de la necropsia de ley. Los resultados forenses preliminares determinaron que el joven delantero había sufrido un infarto masivo al miocardio, fulminándolo de manera instantánea en pleno rectángulo de juego.
Los familiares más cercanos aportaron datos desgarradores al conocer la noticia; revelaron que hacía dos años, en 1973, le habían detectado una leve lesión cardíaca. Aquella advertencia médica lo había obligado a alejarse temporalmente de las filas del CNI de Iquitos (donde jugaba entonces), sometiéndose a tratamientos especializados antes de fichar por el Deportivo Junín.
La tragedia familiar fue muy dura, puesto que el malogrado futbolista dejaba a su esposa Martha Quintana de Avilés al cuidado de dos hijos menores. El dolor se ensañó aún más con la familia Avilés al revelarse que la joven esposa se encontraba embarazada del tercer hijo del matrimonio.
EL SILENCIO DEL ESTADIO Y LA SUSPENSIÓN DEL PARTIDO
La infausta noticia corrió como pólvora encendida a través de las emisoras radiales que en ese momento transmitían el cotejo Chalaco-Junín; en tanto, los rumores en las tribunas sembraban dudas, temores y tristezas en los nueve mil asistentes. En el terreno de juego, los futbolistas del Deportivo Junín y del Atlético Chalaco recibieron la confirmación oficial del fallecimiento en medio de un estupor general. Varios lloraron, impotentes, de pura rabia con el destino.
Consternados por la pérdida irreparable de su compañero, los jugadores de ambos equipos acordaron de manera unánime no disputar la etapa complementaria del encuentro. El árbitro Reyes, tras sostener una breve y sobria consulta con los dirigentes deportivos, decretó la suspensión definitiva del partido.
Las tribunas del Estadio Nacional se cargaron de una atmósfera de profundo respeto y congoja colectiva ante la dimensión de la tragedia. Los espectadores abandonaron las instalaciones del coloso de José Díaz de manera silenciosa y ordenada, transformando la habitual algarabía dominical en un funeral masivo de la afición limeña.
La noticia no tardó en repercutir en los demás estadios del país donde se disputaba la fecha del campeonato descentralizado. En plazas como Huánuco, Cusco y Arequipa, los capitanes solicitaron guardar rigurosos minutos de silencio en memoria del delantero caído.
La Asociación Nacional de Fútbol (ANF) y los diversos clubes profesionales comenzaron a coordinar los primeros gestos de solidaridad hacia los deudos. Se proyectó la realización de un partido benéfico con la cesión gratuita del estadio de Alianza Lima para recaudar fondos destinados a sostener a la familia del jugador.
EL DOLOROSO RETORNO A CASA Y EL VELORIO EN SURQUILLO
Cumplidos los trámites legales en la morgue limeña, los restos mortales de Ángel Avilés Bolaños fueron retirados y trasladados de inmediato a su humilde vivienda familiar, situada en la calle Inca, en Surquillo.
Desde las primeras horas del lunes 15 de diciembre, las cuadras alrededor del domicilio comenzaron a recibir a vecinos, amigos, futbolistas e hinchas. Sus colegas de diversos clubes del torneo se alternaron en rigurosos turnos para montar guardia de honor al lado del féretro.
Los entrenadores, dirigentes deportivos y los propios compañeros del Deportivo Junín permanecieron inconsolables junto al ataúd durante toda la jornada de duelo. Destacados periodistas deportivos abandonaron sus libretas de apuntes y grabadoras para sumarse al dolor de la familia.
La atmósfera en Surquillo se tornó desgarradora con la llegada de la señora Cristina Bolaños, madre del futbolista, quien emprendió un viaje urgente desde Patterson, Estados Unidos. Avisada por sus familiares sobre el destino fatal de su hijo, arribó a Lima con el alma destrozada para darle el último adiós.
A su lado, la joven viuda Martha Quintana de Avilés mantuvo una entereza conmovedora a pesar del dolor indescriptible, aferrada a sus pequeños hijos y sosteniendo su vientre con el tercero en camino. Los vecinos y allegados se multiplicaron en muestras de apoyo material y espiritual para mitigar la difícil situación económica que atravesaría el hogar en adelante.
EL CAMINO AL CAMPOSANTO Y EL ÚLTIMO ADIÓS
El martes 16 de diciembre de 1975, el barrio surquillano se convirtió en un hervidero humano cuando el reloj marcó las cuatro de la tarde. En medio de un silencio sepulcral roto únicamente por rezos y sollozos, el cortejo fúnebre levantó el féretro desde el jirón Inca para iniciar la marcha a pie.
La multitud avanzó lentamente por las principales arterias del distrito, enfilaron hacia una concurrida avenida y continuaron el trayecto a pie con dirección al Cementerio General de Surquillo. Los arreglos florales enviados por los clubes profesionales y las federaciones deportivas cubrieron gran parte de las carrozas y las manos de los apenados familiares.
A la cabeza de la comitiva fúnebre marchaban la madre y la esposa del extinto futbolista, secundadas por los conmocionados integrantes del club Deportivo Junín. Decenas de ciudadanos anónimos se sumaron espontáneamente a la caminata fúnebre, lo que transformó el sepelio en una gran demostración de pesar popular.
Al llegar a las instalaciones del cementerio, las muestras de dolor alcanzaron momentos de extrema intensidad durante los discursos de despedida. Los representantes de los gremios deportivos resaltaron las cualidades humanas y la caballerosidad dentro y fuera de las canchas que caracterizaron siempre al jugador de Deportivo Junín.
Los restos mortales de Ángel Avilés fueron sepultados en el nicho D-81 del cuartel San Santiago, cerrando un capítulo trágico para el balompié peruano. Las flores cubrieron su tumba recién cavada mientras la multitud se despedía, llevándose en la memoria la sonrisa del querido “Pichón”, como le decían sus compañeros.
Todos los partidos de la siguiente fecha arrancaron con un minuto de silencio en su memoria. Incluido el Deportivo Junín-Sporting Cristal, que concluyó 0 a 0, en el estadio Centenario de Huancayo. Avilés era el goleador de su equipo.
El resto del partido suspendido a los 20 minutos entre Atlético Chalaco y Deportivo Junín se jugó el 30 de diciembre de 1975. el capitán del Junín, Isaac Correa entregó a la viuda de Avilés la camiseta número 16 que siempre llevaba su esposo. Ese día, el A. Chalaco, un protagonista de ese campeonato, ganó 4 a 0 al equipo huanca.
Ángel Avilés había comenzado en el club Defensor Arica, donde jugó entre 1966 y 1970, debutando en 1967. Posteriormente, entre 1971 y 1972, defendió los colores de Juan Aurich, equipo con el que alternó su participación en el fútbol nacional. En 1971 también integró la selección peruana que disputó el torneo preolímpico. En 1973 pasó al Colegio Nacional de Iquitos (CNI) y, finalmente, entre 1974 y 1975, jugó por Deportivo Junín.
UN ECO EN EL TIEMPO: EL RECIENTE ADIÓS A JESÚS DE MIGUEL EN TENERIFE
Cinco décadas han pasado desde aquella tarde de luto en el Estadio Nacional, pero el fantasma de los problemas cardíacos y las emergencias médicas imprevistas sigue acechando los campos de juego de todo el mundo.
Episodios recientes, como la muerte de Jesús de Miguel (30 años) en el CD Tenerife, demuestran que el riesgo en la alta competencia deportiva nunca desaparece por completo y que la memoria de aquel trágico diciembre de 1975 —cuando Ángel Avilés (28 años) se desvaneció para convertirse en una leyenda para los suyos— sigue siendo una dolorosa, pero necesaria advertencia sobre la fragilidad de la vida incluso en una cancha de fútbol.
Ambos sucesos, el de 1975 y el de 2026, distantes en espacio y tiempo aunque hermanados por el dolor, evidencian que el corazón de un deportista de élite también late al límite de sus propias sombras.


