“La melancolía es la felicidad de estar triste”, dijo Victor Hugo, y debe ser por eso que recuerdo esta historia en la que el famoso escritor francés tiene mucho que ver.
En los años 60, cuando formábamos parte de Trilce, un grupo literario trujillano, Juan Morillo Ganoza se encontró frente al temible desafío de describir París, una ciudad que no había visto jamás.
En esa época, Juan ya era un escritor excepcional. Siempre pensé que los textos le salían perfectos sin pensarlos y que luego corregía para tener, como cualquier otro cristiano, un borrador. En la actualidad, es uno de los más importantes narradores peruanos.
Le habían ofrecido 350 dólares por escribir un texto descriptivo sobre París.
Este pago era solamente una pequeña parte de lo que el –llamémoslo- contratista de la obra había recibido por ejecutarla. Unos meses atrás, Roca, un periodista de la sección deportes del diario Norte, había resultado premiado por una empresa europea que hacía trabajos en Trujillo, con un pasaje a la Ciudad Luz y una generosa bolsa de viaje. Eso sí, su obligación a la vuelta consistía en escribir una serie de artículos sobre esa urbe.
Roca servía para presenciar partidos de fútbol y enfrentar a los árbitros con su mirada de roca, pero para la literatura era también una roca, una pared, y me parece incluso que se apellidaba Roca Paredes.
En esas condiciones, mi amigo Juan Morillo se vio de pronto frente a la enorme obligación de inventar París. A partir de esos días, comenzó una tarea infatigable.
No me acuerdo bien, pero me parece que Morillo comenzó con la catedral de Notre Dame y que le llevó dos noches terminar de poner en orden las torres, la gran nave, las imágenes de los apóstoles, los vitrales, los turistas, los grifos y los monstruos que la cuidan, pero su mayor problema fue dónde colocarla. Obviamente, tenía que estar en el corazón de la ciudad y mirar al Sena por sus dos costados, pero ello significaba ponerla sobre una isla y no podía decidir entre la Île de la Cité y la de Saint Louis. Al final, creo que tiró una moneda al aire, y se quedó con la primera.
Serio y formal como todo intelectual comprometido, diseñó un plan de trabajo y lo colocó en un pizarrín frente a su vieja, pero veloz máquina Remington que lo ayudaría a desarrollar los objetivos propuestos. Después de la gran catedral, pasaría al boceto de los edificios y los museos, el invento de los jardines y los cafés, la creación de los restaurantes y los amantes, el esbozo de los pintores y las aves, la descripción de policías y los urinarios públicos, y por fin, el mapa de los hoteles y las estaciones del tren que debía correr bajo la gran urbe.
Morillo fue por eso el primer escritor comprometido que conocí; y tiempo más tarde, en las discusiones sobre arte puro o arte comprometido, cuando le oí mencionar las Conclusiones del Foro de Yenán y sostener que el artista tenía un encargo, creí entender rápidamente a qué clase de encargo aludía.
Varias y bastante inusuales fueron las fuentes que Juan usó para elaborar París. No me acuerdo si la “descripción de París a vuelo de pájaro” se encuentra en El hombre que ríe o en El jorobado de Notre Dame, pero una de las dos novelas se constituyó en la primera piedra.
Después, sus amigos seríamos las víctimas de sus extrañas preguntas: “¿Qué te parece que debería ir encima de la Torre Eiffel? ¿Crees que se podría construir algo sobre sus estructuras?”, me interrogó en cierta ocasión, y mi flaquísima fantasía me impidió colaborar.
Una década después y durante varios años, yo viviría en París, en la rue Georges Mandel, que comienza en la plaza Trocadero, y sería vecino de Edith Piaf, con quien a veces me encontraba a la hora de comprar el pan. Pero siempre me asaltó un temor extraño: ni la plaza ni mi calle existían en el París de Juan Morillo, y ello podía significar mi propia inexistencia o la falta absoluta de una razón de ser.
Tal vez he querido solamente recordar el París morillesco donde no alcanzó a vivir, entre otras personas bellas, Catherine Deneuve. O quizás, más bien, he recordado uno de los primeros textos de un querido amigo que está de cumpleaños.


