Lluvias persistentes, calor intenso, huaicos, inundaciones, e incluso sequías. Todo esto suele ser efecto del Fenómeno El Niño (FEN), que hoy en día ya asoma sus primeros pasos en la costa del país, en ciudades como Piura, Tumbes y Trujillo, y también en Lima. Pero no se trata de algo nuevo. Por el contrario, la historia muestra que los antiguos peruanos ya convivían con este fenómeno, condicionando su trabajo, sus creencias, su relación con la naturaleza y con la muerte misma.
Como evento climático recién fue entendido en el siglo XIX, pero su pleno estudió comenzaría en el siglo pasado. Es decir, a pesar de su impacto, el fenómeno recién sería asociado a los cambios y al calentamiento del Océano Pacífico.
Señala Víctor Álvarez que su investigación científica se puede remontar a la aparición de las primeras ideas ilustradas. En el caso peruano, las primeras mediciones climáticas se darían a fines del siglo XVIII, y el periódico El Mercurio Peruano con Hipólito Unánue serían clave para la difusión del conocimiento.
Es un camino pausado, tal como sucede con el estudio de los terremotos. Será en el siguiente siglo, en plena época republicana, cuando El Niño se asuma como una alteración climática.
“Todavía no se le correlaciona con corrientes marinas, pero eso va a comenzar a llevar hacia el siglo XIX, cuando la experiencia científica se profundice, las exploraciones y las investigaciones comienzan a tomar sentido. Y ya recién a partir del siglo XX se va a comenzar a hablar de cambios en la naturaleza que provocan estos efectos”, indicó el profesor del Departamento de Humanidades de la Pontificia Universidad Católica del Perú.
Esto no quiere decir que antes no se conocía del fenómeno. Según detalla el especialista, en las crónicas “se hablaba de grandes lluvias, inundaciones, pero nunca se les atribuía un comportamiento común”.
Durante el siglo XX el fenómeno golpearía de manera muy significativa en al menos tres oportunidades. Son reconocidos los casos ocurridos entre los años 1925 y 1926, el de 1982 y 1983, y el de 1997 a 1998, como las grandes catástrofes. Sin embargo, para Álvarez el ocurrido en 1972 “es un punto de inflexión”.
“Es muy importante en el ámbito económico y en el ámbito de la prevención porque, habiendo terminado el terremoto de 1970, ya existe en el Gobierno Militar esta idea de que hay que generar un plan nacional de acción. Se comienzan a estructurar ideas de cómo se podría integrar hasta que llegue el fenómeno de 1972, que es igualmente destructivo”, indica Álvarez.
Otro detalle es que el fenómeno posterior sería conocido también por originar “el colapso de la pesca peruana” y durante 10 años desaparecería la anchoveta, según detalló el historiador. Luego, en ese mismo año se crearía el Sistema Nacional de Defensa Civil.
También es importante conocer la categorización. A finales de los 90 se empieza a dar categorías que “proviene de acuerdo a los grados de intensidad que le ha atribuido a estas alteraciones la naturaleza”, indica Álvarez. Es así que, por ejemplo, el National Oceanic and Atmosferic Administration (NOAA) de Estados Unidos clasifica a El Niño como débil, moderado, fuerte o muy fuerte. Otras clasificaciones populares se han referido al fenómeno como global o costero, según el nivel de impacto. Incluso se suele hablar de Mega Niño o Niño extraordinario.
El Fenómeno El Niño no ha sido visto de la misma manera. Las antiguas culturas peruanas tenían una manera particular de entender los eventos climáticos. Eduardo Torres Aranzibia señala que desde Caral hasta los Incas se entendieron estos cambios “como un acto que está ligado a la religión”.
“En el mundo andino se consideraba que un fenómeno de El Niño, un gran terremoto, una gran catástrofe, como un Pachacuti, que significa como una especie de gran transformación, un mundo al revés, un ciclo crítico en el cual el mundo era destruido para volver a comenzar”, indicó el historiador y docente de la Universidad de Lima.
De esta palabra también deriva el nombre del inca Pachacutec, conocido como el gran transformador del mundo.
Algunas culturas, centros urbanos, ciudades, como Vichama, han dejado evidencia grabada en murales de alto relieve del difícil momento que les tocó vivir, “por efecto de tal vez un fenómeno del niño”. Esto ocurrió hace casi 3.800 mil años.
Tiahuanaco, Lambayeque, Mochica, Chimu, son otras culturas golpeadas por estos fenómenos hasta desaparecer. Sin embargo, Torres Aranzibia remarca que “debemos sacarnos de la cabeza esa idea de que, cual ciudad es Sodoma, una ciudad es destruida en un día”.
No funcionaba así.
“En realidad, es entenderlo como un periodo prolongado en donde se dan pues una serie de sucesivos fenómenos, que no solamente es el fenómeno El Niño, pueden ser terremotos que se mezclan con erupciones volcánicas, y que hacen que la vida sea inmanejable y obliga a las poblaciones a desplazamientos”, indicó.
Otra característica de las antiguas culturas peruanas, y que está ligada a lo religioso, es el sacrificio.
Señala Torres Aranzibia que los largos periodos de crisis “son los periodos en los cuales estas culturas son muy dadas al sacrificio humano”. Es decir, ya no es suficiente sacrificar llamas, hojas de coca, chicha o maíz. Los dioses requieren otro tipo de sacrificio.
Una muestra de esta actividad se encuentra en Huanchaco (Trujillo), donde hace unos ocho años se descubrió el mayor sacrificio masivo de niños de América. National Geographic informó que se hallaron entierros de 140 niños, sepultados mirando hacia el océano, junto a llamas. Una de las teorías es que está vinculado al fenómeno climático El Niño, es decir, como parte de un ritual de sacrificio.
Señala el historiador Torres Aranzibia que la concepción religiosa era práctica “y tiene que ver con considerar a la naturaleza como un Dios, y al Dios se le teme, al Dios se le ofrece sacrificio”.
Con la llegada de los españoles la mirada religiosa tendrá un giro, aunque se seguirá relacionando a los fenómenos climáticos. De los sacrificios se pasará a las procesiones.
Víctor Álvarez comenta que en el mundo virreinal la idea de los cambios en la naturaleza estaba atribuida principalmente a la ira de Dios. “Entonces, la única forma de aplacarla es a través de procesiones, rezos y ciertos códigos de conducta”, explicó.
Será recién en el siglo XVIII, a medida de que se difundan las ideas ilustradas, que los peruanos darán otro sentido a fenómenos climáticos como El Niño.
Para Álvarez tenemos la desgracia y, a la vez, la bendición de la recurrencia. Y es allí donde la Historia cumple un rol importante.
“Si tenemos un registro histórico que nos habla de que en tal lugar bajó el huaico, en tal lugar ocurrió una lluvia importante, o este suelo es inestable, ¿por qué no utilizamos esa información de tragedias pasadas para aprender?“, cuestiona el docente universitario.
Esto debería llevarnos a pensar que no tenemos que ocupar zonas de amenaza natural.
La información de los fenómenos de 1925, 1982 y 1997 podría ser clave. Sin embargo, todo parece ir al revés.
Torres Aranzibia desaprueba la actitud de hoy en que no nos atrevemos si quiera a aminorar los efectos: “Parece que, peor que nuestros antepasados, abrimos los brazos para que venga el fenómeno El Niño y nos arrase con toda su fuerza sin que nosotros hagamos nada”.
En ese sentido, planteó que se puede aprender y “tratar de reflotar la relación que nuestros antepasados han tenido con la naturaleza”, aunque no en un sentido idílico.
Recordó, por ejemplo, que las construcciones de los Incas “estaban planeadas para estar en concordancia con la naturaleza”. Una situación muy diferente a nuestra época.


