En enero de este año pocos habrían pensado que Asia emergente estaría entre las grandes apuestas ganadoras del año. Hoy acumula una subida cercana al 20%, aunque los movimientos de las últimas semanas también han dejado claro lo rápido que puede cambiar el panorama. Los bonos del Tesoro americano, en cambio, parecían una alternativa azonable para quienes buscaban refugio y tasas atractivas. Hoy pierden cerca de 4%; y, aunque Asia emergente se vendía como una sola historia, los resultados terminaron siendo muy distintos entre países. No basta con acertar la región, había también que acertar el país.
Pero la incertidumbre no se queda en los mercados. Cuando uno mira la economía, el panorama tampoco es tan claro. Perú atraviesa uno de sus mejores momentos en años: los metales cotizan cerca de máximos históricos, la recaudación minera crece más de 80% y la confianza empresarial está en niveles que no se veían hace quince años. Sin embargo, el fenómeno de El Niño volvió a golpear sectores enteros de la economía, las expectativas de inflación siguen subiendo y algunos de los economistas más respetados de la región no coinciden sobre qué hará el Banco Central en los próximos meses.
Si ni siquiera existe consenso sobre cómo evolucionarán los mercados o la economía en el corto plazo, cuesta creer que alguien pueda anticipar con precisión lo que ocurrirá durante los próximos treinta años, que es precisamente el horizonte sobre el que muchas personas terminan construyendo su jubilación.
Sin embargo, construir un buen portafolio no parece depender tanto de esa capacidad de adivinar el futuro. La experiencia muestra que los resultados suelen venir menos de acertar un gran pronóstico y más de evitar errores capaces de descarrilar todo el camino.
Entre los vehículos de inversión que suelo seguir, ocho de cada diez están en positivo este año y el fondo promedio gana cerca de 10%. Parece que para invertir bien no hace falta acertar con el gran ganador. A veces basta con no apostar demasiado al gran perdedor.
Eso tampoco convierte la inversión en un ejercicio de repartir el dinero por todos lados. La convicción importa. Lo importante es que el resultado no dependa de una sola hipótesis sobre cómo será el futuro.
Precisamente por eso la diversificación ya no se entiende igual que antes. Durante años consistió en combinar distintas clases de activos. Hoy muchos inversionistas de largo plazo buscan algo más: construir portafolios capaces de funcionar bajo escenarios muy diferentes entre sí.
Algunos portafolios se benefician si la inteligencia artificial acelera. Otros si la inflación tarda en desaparecer. Otros si el dólar pierde fuerza, si los bancos centrales bajan tasas más rápido de lo esperado o si las materias primas siguen subiendo. La apuesta ya no es únicamente qué activo comprar. También es reconocer que el futuro puede desarrollarse de formas muy distintas.
Quizás por eso el inversionista más sólido no es el que más acierta. Es el que puede permitirse algunos errores sin que una sola equivocación arruine el resultado final.
Carlo León es gerente de Renta Fija en Prima AFP


