Hay una idea que se repite con demasiada frecuencia últimamente: América Latina está girando hacia la derecha. Después de años de ‘marea rosa’, el péndulo vuelve a moverse en sentido contrario. Pero, con sinceridad, creo que estamos frente a algo más profundo e inquietante: el elector latinoamericano se está quedando sin paciencia.
Durante demasiado tiempo, nuestros políticos han intentado convencer al ciudadano de que la solución está en escoger una determinada ideología: más Estado o menos Estado. Mercado o redistribución. Ricos y pobres. Izquierda o derecha y un largo etc. Pero la vida cotidiana es bastante menos sofisticada: una familia quiere seguridad. Un joven quiere empleo. Un empresario quiere invertir sin que lo extorsionen. Un trabajador quiere que su sueldo alcance. Y todos quieren que el Estado deje de ser una promesa y se convierta en realidad. Ese cambio de prioridades explica buena parte del nuevo mapa político de la región.
La inseguridad, el crimen organizado, la migración descontrolada y el crecimiento a ‘media caña’ han convertido el orden y la eficiencia en demandas electorales centrales. Cuando una persona tiene miedo de salir de su casa, el debate ideológico pierde buena parte de su atractivo y prevalece el sentido de supervivencia natural. Pero, cuidado, “mano dura” tampoco es una política pública. Gobernar exige mucho más que discursos contundentes: exige policías preparados, justicia que funcione, cárceles bajo control, fronteras vigiladas, inversión asegurada, empleo digno y cuentas públicas que sean manejadas con probidad. Y aquí aparece la verdadera prueba para la nueva derecha que ha desplazado al progresismo.
Si llega al poder prometiendo orden, crecimiento y eficiencia, tendrá que entregar resultados contundentes. Porque el elector que hoy castiga a la izquierda mañana puede castigar a la derecha por la misma razón.
Quizá ese sea el fenómeno más interesante de esta nueva etapa latinoamericana: el ciudadano está dejando de enamorarse de los gobiernos para pasar a una zona de “racionalidad moral”: los prueba, los observa… y los castiga.
Puede votar por un socialista, un liberal, un conservador o incluso por alguien que prometa dinamitar el sistema, no necesariamente porque haya cambiado de ideología, sino porque está cansado de las explicaciones y quiere resultados. Por eso, más que una nueva marea rosa o azul, lo que estamos viendo podría ser una marea de ciudadanos hartos. Y esa marea no pregunta de qué color es el gobierno. Pregunta algo mucho más sencillo: ¿va a funcionar?

