Vivimos llenos.
De información, de pendientes, de mensajes, de ruido. Tenemos el teléfono en la mano, mil pestañas abiertas en la cabeza y la sensación permanente de que siempre hay algo más que hacer.
Estamos tan acostumbrados a estar ocupados que hasta cuando descansamos sentimos que deberíamos estar haciendo algo.
Y en medio de todo ese ruido, a veces se nos olvida algo esencial: escucharnos.
Hace poco volví a pensar en un concepto japonés que me encanta: Ma. Es el espacio, el intervalo, la pausa entre una cosa y otra. No habla de un vacío que hay que llenar, sino de un espacio que permite que algo suceda.
Y pensé en nuestras vidas.
Porque mientras algo llega, algo se va.
Termina un proyecto. Cambia una relación. Nos mudamos. Cumplimos años. Alguien se va. Una versión nuestra deja de existir.
Y nuestra primera reacción suele ser correr a llenar ese espacio.
Pero ¿y si no tuviéramos que hacerlo?
¿Y si eso que hoy sentimos como pérdida también estuviera creando espacio?
Espacio para descansar. Para respirar. Para volver a la naturaleza. Para escuchar una idea. Para descubrir que ya no queremos lo mismo. Para volver a nosotros.
Quizás necesitamos menos ruido y más pausas.
Caminar sin mirar el teléfono. Comer sin una pantalla delante. Dejar momentos sin agenda. Aprender a estar en silencio. Y, sobre todo, dejar de sentir que cada vacío necesita ser inmediatamente ocupado.
Porque quizás la felicidad no consiste en tener una vida llena.
Quizás consiste en tener una vida con espacio para sentirla.
Y tal vez eso que hoy se está yendo no vino solamente a quitarnos algo.
Tal vez también vino a crear el espacio que necesitábamos para lo que viene.


