Son muchos y llegan tomando por las calles aledañas a la primera cuadra del jirón Quilca, con casaca de cuero y una cadenilla colgando del jean para que la billetera no se escape. Son, quizá, los culpables de que medio Centro de Lima tenga baños empapelados de stickers de bandas emergentes, y también son quienes dan vida al Quilcazo, evento de rock al aire libre que empieza cuando la noche del viernes y sábado llega al Centro de Lima.
La logística es sencilla, pero efectiva: se montan unos parlantes, consola, micrófonos y una batería. Del resto se encargan más de quince bandas que tocan un par de sus mejores temas. Cada una convoca a sus amigos, los amigos pasan la voz y se arma el público, aunque el grueso lo ponen los transeúntes y los rockeros que hacen su “previa” antes de internarse en algún bar o casona.
Apoyando en la consola, y con un cigarro en la mano, Aldo Toledo, extecladista de Leuzemia, explica la existencia de este evento. “Este es el epicentro de la contracultura”, dice, y sale corriendo porque un amplificador acaba de pasar de valer 500 soles a cero en cinco minutos. Lo reemplazan por otro y la tocada sigue. “Antes los punks y los metaleros nos decían cabros a los rockeros -continúa explicando- y ahora míranos: todos acabamos en Quilca”, se ríe y vuelve a lo suyo.
Entre canción y canción pasa un carrito convertido en bar móvil. “Pídeme no más, yo hago de todo”, jura el vendedor, que convive con los puestos de fanzines junto al Teatro Colón y con quienes ofrecen polos de bandas de rock caleta. Al acabar la última banda, el público se dispersa sin saber que el Quilcazo vive su momento más difícil. “Ya tenemos el nombre en Indecopi, ahora negociamos tener nuestro espacio en la calle”, cuenta Miguel, organizador del evento que ahora realiza las tocadas en lugares cerrados, pero promete regresar en diciembre a ese rincón de Lima con el Quilcazo Finale.
Nacido en la calle
Cuando Gamarra cierra el último local, lo único que se escucha en el Pasaje Francia con Jr. Huánuco es un DJ. Una virgen atestigua lo que no vio en vida: cómo victorianos de distintas hinchadas y barrios levantan un toldo para proteger las consolas. Giran vinilos de MF Doom, Ice Cube, Grandmaster Flash and the Furious Five y Notorious B.I.G., y suenan también voces menos célebres, como las de los chilenos NFX y Leito Sanhueza, que cruzaron la frontera para rapear en el variopinto Miércoles de Freestyle, que a veces se realiza los lunes.
A ese rincón de La Victoria llegan artistas callejeros con un perro en tutú y repartidores aún con la mochila de Rappi a la espalda. En una esquina los motobikers se posicionan, en otra los breakdancers y los raperos deambulan por todos lados. El anfitrión los pone en orden: “Mano, ¿cómo es? ¿Nos organizamos o zafamos?”. La gente se junta para escuchar la programación y deja unos soles para la rifa solidaria, que cambia de causa en cada edición, desde que el evento nació hace dos años en las primeras cuadras de Sáenz Peña.
El viento entra como en un embudo por eso muchos van con polera de capucha; el short que llevan no tiene defensa argumental alguna. Los breakdancers sueltan pasos al ritmo de Eminem, mujeres con latas de pintura compiten en una pared —con permiso y vigilancia de los vecinos— por la mejor pinta hecha en cinco minutos, y el serenazgo pasa pitando despacito, los mira de reojo y sigue de largo con “Fuck the police” de N.W.A.
El parlante falla un momento y lo arreglan como quien toca cajón. El momento especial de la noche llega con el freestyle, se forma una cola para tomar el micrófono y el resto es puro flow, tanto que alguno rima solo balbuceando. Entre malabaristas y curiosos se recuerda a Truko, por quien pintaron el mural “Truko Presidente”, que la Municipalidad terminó pintando de blanco, poniendo fin a las conversaciones entre ambas partes, aunque cohabitan tranquilamente.
Contra el viento flamea una bandera con los logos de los colectivos que hacen posible el evento. El viento sopla más y la gente sostiene el toldo al ritmo de Canserbero y Dr. Dre. “Estamos aquí porque es nuestra forma de ser algo más, de superarnos y hacer cosas en conjunto. ¿No se trata de eso mejorar un país?”, dice Doken, uno de los organizadores del evento junto a Peko (graffiti), El Dedos (rap) y Manikary (host) y Dj Nazhet, quienes ya preparan la edición 100 para el próximo miércoles.
Al ritmo electrónico
En algún espacio público de Lima —que cambia con cada edición—, un grupo de DJs presenta lo mejor de sus sets. Se anuncia la plaza, el anfiteatro o el parque, y llega EMERGENT Open Air, música electrónica gratuita en plena calle. Detrás está Sebastián Flores Torres, comunicador audiovisual que no es DJ ni artista, sino quien gestiona los permisos, alquila el sonido y lleva las cámaras para que otros suban a la cabina.
La idea nació frente a una pantalla. Flores soñaba con una radio pública peruana como la conocida KEXP, pero armar un estudio costaba demasiado y terminó grabando videosets en la calle. Desde 2023 se montaron más de treinta Open Air en plazas y parques de varios distritos, casi siempre con historia a cuestas. “No queremos ser un rave más del montón”, advierte Flores: aquí no hay madrugada ni entradas, solo música desde el mediodía hasta las ocho de la noche, de lo más tranquilo a lo más bailable, con un DJ por hora.
La matemática del cariño sostiene el asunto. Las municipalidades prestan espacio y seguridad; los artistas pagan una cuota; los proveedores rebajan sus precios, y una cabina que cuesta 600 soles le sale en 150. Al inicio la asistencia no pasaba de treinta personas, luego llegaron los cientos, quienes van desde los 18 hasta los 35 años, o algún que otro curioso que se asoma a ver lo que producen los ritmos en el cuerpo.
El evento apunta a su referente en Francia, Cercle, que lleva la electrónica a escenarios insospechados, sin embargo, solo aquí un heladero puede sumarse al baile, así como mascotas o, en alguna ocasión, los mismos serenazgos. “Apuntamos a ser un festival con locaciones únicas ¿Te imaginas? Bailar música electrónica en la plaza de Acho o, quien sabe, en el mismo Machu Picchu”.


