¿Qué puede decirnos la marinera sobre la guerra del Pacífico? ¿Qué escenas de la vida cotidiana, social y política pueden develarnos sus letras y compases? ¿Cómo un baile popular se convirtió en el baile emblemático de la costa del Perú?
El 14 de febrero de 1879 se produjo la ocupación de las tropas chilenas en Antofasgasta, territorio boliviano hasta ese entonces. Fue el inicio de la campaña militar de la guerra del Pacífico: posteriormente, el 5 de abril de 1879, llegaría la declaratoria oficial de guerra de Chile a los aliados Perú y Bolivia. Sin embargo, el 8 de marzo de 1879 en el periódico El Nacional apareció una nota en la sección “Crónica local” titulada “No más chilenas”. En ella, el periodista afirmaba: “Los músicos y poetas criollos tratan de ponerle punto final a los bailes conocidos con el nombre de chilenas; quieren que lo nacional, lo formado en el país no lleve nombre extranjero: se han propuesto bautizar, pues, los bailes que tienen el aire y letra de lo que se llamaba chilena, con el nombre de Marineras”.
La marinera se gestó en el siglo XIX y hasta la actualidad es el baile nacional de la costa que más difusión y arraigo tiene entre sus habitantes. Es tal vez el Concurso Nacional de Marinera auspiciado y promovido por el Club Libertad de Trujillo el que haya contribuido significativamente con esta difusión. Sin embargo, existe en las notas de marinera un compás de guerra al que no se le ha prestado la suficiente atención. En 1899, en su texto “Rasgos de pluma”, Abelardo Gamarra “el Tunante” afirma que él le cambió el nombre al baile por marinera. “El baile popular de nuestro tiempo, se conoce con diferentes nombres: se le llama tondero, mozamala, resbalosa, baile de tierra, sajuriana y hasta el año 79 era más generalizado llamarlo chilena; fuimos nosotros los que, una vez declarada la guerra entre el Perú y Chile, creíamos impropio mantener en boca del pueblo y en momentos de expansión semejante título, y sin acuerdo de ningún consejo de ministros, y después de meditar en el presente título, resolvimos sustituir el nombre de chilena por el de marinera”.
—Gamarra le puso el nombre—
Gamarra entonces reclama la paternidad del artículo de marzo de 1879 y se autoproclama como el artífice del cambio de nombre de chilena a marinera. No obstante, este baile contaba con muchas denominaciones, como zamacueca, maisito, ecuador, zanguaraña y chilena, según sostiene Carlos Prince, escritor contemporáneo a Gamarra. La zamacueca era el baile que se popularizó en el siglo XIX, pero que se gestó desde fines del XVIII e inicios del XIX. Las acuarelas de Pancho Fierro son los mejores registros pictóricos con los que se cuenta para poder observar la indumentaria, el uso del pañuelo y algunas poses de este baile. Se bailaba en los barrios populares de Lima, como “Abajo del puente”, es decir, en el distrito del Rímac. Ricardo Palma diferencia la zamacueca entre la zamacueca “de salón” o zamacueca “decente” aludiendo a la bailada por las élites versus la zamacueca “de pueblo”, la que se bailaba en la Pampa de Amancaes en las celebraciones de San Juan cada 24 de junio.
La zamacueca era bailada por los sectores populares; actores sociales esquivos a la ciudad letrada, pues se estima que el 84,4% no sabía leer ni escribir. ¿Eso quiere decir que el público selecto de El Nacional que leyó a Gamarra aceptó el cambio de nombre de chilena a marinera, empezó a utilizarlo automáticamente y a difundirlo? ¿Cómo los de “abajo del puente” aceptaron tan fácilmente el cambio de nombre? ¿Es que acaso ya venía siendo utilizado por los sectores populares y es la élite intelectual la que se apropia de la nueva denominación de este baile?
—Un cambio político—
Lo interesante que ofrece la marinera es que registra su cambio de nombre en marzo de 1879; sin embargo, es de suponer que los de “abajo del puente” ya la denominaban así. Luego la élite empezaría a bailar zamacueca cuando los sirvientes llevaron el cajón y la guitarra para amenizarles las jaranas a las señoras y señores. Allí la élite empieza a hacerla suya.
El cambio de nombre responde a un interés intelectual, pero, sobre todo, político, pues el país se enfrascaba en una de sus guerras más cruentas. Es interesante preguntarse por qué Gamarra no reclamó la paternidad del nombre marinera años antes, y por qué la marinera perdió interés entre los sectores populares para quedar reservada a las élites. La marinera es un baile que se mantiene vivo, porque en su ADN permite rastrear procesos políticos, culturales y sociales del país. Sus letras y compases no se encierran en sí misma, sino que permiten develar hilos históricos de lo que es el Perú: hombres y mujeres, los de “abajo del puente” y la élite todos son llamados a sacar el pañuelo en una jarana que los puede igualar en único compás.