En el Perú del delirio infinito, donde los funcionarios viven obsesionados con la entrevista y el videíto promocional, leo las propuestas que surgen, como globos de ensayo, para el distrito donde crecí, pasé mis mejores años y ahora regreso regularmente. No creo en las casualidades y, aunque espero equivocarme, pienso que La Punta está en la mira “modernizadora” del mismo partido cuyo alcalde, el de Jesús María, perpetró un imperdonable arboricidio además de la canibalización del Campo de Marte, uno de los parques monumentales más bellos de Lima. ¿Qué pasó con los vecinos mientras esta tragedia ecológica e histórica ocurría a vista y paciencia de miles de ciudadanos? Más aún, cómo fue que la indignación ciudadana ante el actual alcalde de Miraflores, también un ‘renovador popular’, no logró salvar al bello distrito de su destructiva intromisión. Y ahí queda para recordárnoslo su horrible fuente psicodélica, sus calles rotas, sus bancas de cemento y el puente con el color de su partido. En el caso de La Punta, el actual alcalde, antiguo chimpunero y ahora inscrito en Renovación Popular –a quien la Fiscalía Especializada en Materia Ambiental le ha iniciado diligencias preliminares tras las denuncias vecinales por una obra municipal valorizada en aproximadamente S/1,5 millones– decidió instalar juegos infantiles en medio de un parque y al lado de una reserva ecológica, La Arenilla, que además es la zona más ventosa del balneario.
En este mundo de tránsfugas, pretensiones desatadas y un inocultable culto a la personalidad, una página denominada La Punta Hoy intenta erigirse como centro de discusión en torno a la forja de una nueva “identidad” punteña en la línea de un ‘Santorini del Pacífico’. Para que ello ocurra, la sugerencia es pintar todas las casas de blanco, transformando a un bellísimo distrito, donde se amalgaman armónicamente todos los estilos arquitectónicos, en una potencia turística con una “iluminación arquitectónica especial” (sic). Ciertamente, el apacible lugar, donde llegué recién nacida, es ahora imaginado como una “postal del Perú y un nuevo atractivo internacional del Callao”. A estas alturas no cabe la menor duda de que la anterior propuesta de erosión identitaria tiene como destinatario a otro ‘renovador popular’ que, como la nueva hornada de comunicadores e influencers, anda a la caza de atención en aras de un futuro político que considera ilimitado. Porque, en palabras del redactor de La Punta Hoy, al distrito chalaco se le abre una ventana de oportunidad de la mano de un alcalde “verdaderamente visionario”, como el recién elegido Renzo Figallo, quien, en palabras de su fan de turno, puede “cambiar la identidad” de un lugar presto a convertirse en el laboratorio de una inédita “transformación histórica”. No contento con ello, este escritor de ciencia ficción distrital se permite discutir otra idea, que no le es propia, pero deja sobre la mesa, como quien no quiere la cosa. El globo de ensayo, que sigue al del Santorini chalaco, es “convertir la Isla San Lorenzo en un destino de lujo”, lo que, como sabemos, significa un doble crimen tanto cultural como ambiental. Esto es contra un centro arqueológico milenario, donde se refugian decenas de especies marinas.
Mientras leía la, en apariencia, “objetiva” evaluación de pros y contras de un ecocidio/historicidio, grado 10, recordé otro proyecto extravagante de otra chimpunera y hasta hace poco ‘renovadora popular’. Es el caso de Patricia Chirinos, cuyo culto al entretenimiento y dispendio ilimitado, del cual hace gala en sus redes, nos remite a su viejo proyecto de un parque temático (sic) para la isla San Lorenzo.
El despilfarro, banalidad e ineficacia en las municipalidades del Perú constituyen uno de los problemas estructurales más graves del gasto público nacional. El tema no son solo los elefantes blancos, donde los alcaldes corruptos lucran con su respectivo diezmo, sino la captura de la “municipalidad como botín” y de ahí la disputa a muerte, como la que ocurrió en La Punta y en otros distritos, por el sillón municipal. En ese contexto y en vez de que se nos lleve de las narices a la peregrina idea de la “reconciliación distrital”, término acuñado por el hiperpromocionado Figallo, lo que se impone es la de los patronatos, conformados por vecinos atentos a lo que está ocurriendo con los recursos públicos y los proyectos “renovadores” de sus respectivos distritos. Una estrategia cívica capaz de resguardarnos de una Isla San Lorenzo plagada de bungalows, probablemente decorados con toda la gama de aves marinas, a la fecha diezmadas por un brutal tsunami “modernizador”.


