Cada 19 de octubre nos vestimos de rosa, compartimos mensajes de concientización y recordamos la importancia de la prevención del cáncer de mama. Pero más allá de los lazos, las campañas y las publicaciones en redes sociales, hay una conversación que necesitamos tener: ¿qué podemos hacer realmente para cuidar nuestra salud mamaria?
Empecemos por algo importante: el cáncer de mama es una enfermedad multifactorial. La genética, la edad, las hormonas, el ambiente y los hábitos pueden influir en su desarrollo. Y aunque no todos los factores están bajo nuestro control, existen decisiones cotidianas que pueden ayudarnos a reducir el riesgo. Y aquí entra la nutrición. Pero antes de que aparezca el próximo reel prometiendo curar el cáncer con jugo de apio, aclaremos algo: no existe un alimento que por sí solo cause, prevenga o cure el cáncer de mama.
Lo que sí sabemos es que los patrones de alimentación importan. Una dieta rica en verduras, frutas, legumbres, cereales integrales, frutos secos y grasas saludables aporta fibra, vitaminas y compuestos bioactivos que contribuyen a la salud metabólica. Además, mantener a lo largo de la vida una composición corporal saludable (buena masa muscular y el porcentaje de grasa adecuado) puede ayudar a reducir el riesgo, especialmente después de la menopausia. ¿Cómo construimos músculo? Con ejercicio de fuerza (pesas, ligas, bandas) y asegurando una buena ingesta de proteína y carbohidratos.
Ahora, probablemente has escuchado que “el azúcar alimenta el cáncer”. Mito. Todas nuestras células utilizan glucosa, incluidas las células cancerosas. Pero eso no significa que comer un postre provoque cáncer ni que eliminar el azúcar pueda detenerlo. El verdadero problema está en los patrones alimentarios sostenidos, no en una cucharada de azúcar. Otro mito frecuente involucra a la soya. Durante años se creyó que, por contener fitoestrógenos, podría aumentar el riesgo de cáncer de mama. Sin embargo, la evidencia disponible indica que consumir alimentos tradicionales de soya, como tofu o edamame, es seguro para la mayoría de las mujeres y no se asocia con un mayor riesgo. Eso sí, no confundamos alimentos con suplementos concentrados. Y hay un factor que muchas veces minimizamos: el alcohol. Incluso consumos relativamente bajos pueden aumentar el riesgo de cáncer de mama. No se trata de generar miedo, sino de entender que, desde la perspectiva de prevención del cáncer, cuanto menos alcohol consumas, mejor.
En cuanto al movimiento, sí, también importa. La actividad física regular ayuda a mejorar la sensibilidad a la insulina, la composición corporal y la salud metabólica. Combinar caminatas, ejercicio cardiovascular y entrenamiento de fuerza es una excelente estrategia para cuidar nuestra salud a largo plazo. Lo importante es incorporar estas actividades a la rutina y mantener la constancia, sin realizar esfuerzos extremos ni buscar resultados inmediatos.
Pero hay algo fundamental: los hábitos saludables no reemplazan la detección temprana. Conocer nuestras mamas, prestar atención a cambios como bultos, alteraciones en la piel o secreciones inusuales y conversar con un profesional sobre cuándo realizar mamografías según nuestra edad y riesgo personal puede marcar una diferencia enorme. La detección temprana permite identificar muchos cánceres cuando existen mejores posibilidades de tratamiento.
Este 19 de octubre, que el lazo rosa no sea solo un símbolo que compartimos una vez al año, sino un recordatorio de que cuidar la salud también significa conocer nuestro cuerpo, tomar decisiones informadas y actuar a tiempo. Y si bien nadie tiene control absoluto sobre su salud, sí podemos decidir cómo informarnos, construir hábitos sostenibles y acceder a chequeos oportunos. //


