En un contexto marcado por la sombra de la inseguridad, la extorsión, la incertidumbre política y el temor latente ante un posible terremoto o los estragos del Fenómeno El Niño, no es de extrañar que los peruanos vivamos preparados para que algo malo suceda, obligando a nuestro cerebro a instalarse en un estado de alerta constante.
“Aparecen pensamientos como “¿y si pasa algo?”, “¿y si ocurre esto?”, “¿qué voy a hacer?”. Es como si nuestro organismo estuviera esperando permanentemente una amenaza”, explicó Flor De María Arrunátegui, psicóloga de Clínica Internacional a Somos.
No necesitamos haber vivido una tragedia directa para experimentarlo. De acuerdo con la psicóloga Amy Sullivan, de Cleveland Clinic, solo basta con la sobreexposición a noticias o imágenes negativas para que nuestro cuerpo entre en estado sostenido que desborda los mecanismos de supervivencia: se dispara el cortisol y se genera tensión muscular, insomnio, taquicardias y fatiga crónica, dando paso a una profunda carga de ansiedad, impotencia y un silencioso agotamiento emocional que envuelve a toda una sociedad.
Sin embargo, algo está cambiando en el aire. Frente a ese modo de emergencia permanente, otra cuenta regresiva ocurre en paralelo y altera el pulso de la calle: faltan pocas semanas para los esperados conciertos del grupo coreano BTS en nuestra capital y un par de meses para la llegada del papa León XIV, quien recorrerá Lima, Chiclayo, Cusco y Pucallpa.
Entradas agotadas, letras coreadas en foros digitales, organización de encuentros y conversaciones que dominan los chats. Para miles de personas, algo genuinamente bueno y emocionante ya está ocupando un espacio privilegiado en el calendario. Y ese simple cambio en el foco mental altera por completo la química de la sociedad.
Cuando la espera se convierte en un refugio
Hay experiencias que empiezan mucho antes de que ocurran. El concierto todavía no ha comenzado, el avión aún no despega y la visita que tanto esperamos sigue en nuestro calendario, pero algo ya se mueve en nuestro interior. Y es que, lejos de ser una espera pasiva, nuestro cerebro tiene la capacidad de representar y anticipar experiencias futuras.
Según Maricielo Silva, psicóloga de la Unidad de Salud Mental de la Universidad de Piura, cuando sabemos que se acerca algo significativo, empezamos a imaginarlo, planificarlo, hablar de ello y dirigir nuestra atención hacia esa experiencia.
“En este proceso participa el sistema de recompensa del cerebro, específicamente la dopamina, pero no simplemente como “la sustancia de la felicidad”, sino porque está vinculada con la motivación, la expectativa y la búsqueda de aquello que consideramos valioso o gratificante”.
Marcar una fecha en el calendario —como el concierto de BTS o la llegada del Santo Padre —introduce así una experiencia emocional distinta en medio de un presente hostil. Aunque no borra los problemas, nos permite proyectarnos hacia adelante. Como señaló la psicóloga, “la ilusión y la expectativa nos permiten recordar que nuestra vida también tiene otros espacios y posibilidades”. La esperanza, en este punto, va un poco más allá: implica sostener la posibilidad de que el futuro puede ser diferente o mejor, aun cuando el presente sea difícil, y tener un horizonte hacia el cual caminar.
Sin embargo, hay una línea muy delgada entre usar la expectativa como un bálsamo y refugiarse en la evasión. Para Arrunátegui, una distracción pasajera nos ayuda a desconectarnos por un momento, pero buscar una actividad tras otra solo para no pensar en los problemas puede convertirse en una forma de evitar la realidad. Una espera con sentido, en cambio, puede funcionar como una pausa psicológica que permite recuperar fuerzas. “No se trata de escapar de la realidad, sino de tomar aire para poder afrontarla mejor”.
Cuando miles de personas esperan, sienten y celebran los mismo
Si tener algo en el horizonte nos permite respirar frente a un presente agotador, ¿qué ocurre cuando dejamos de cargar ese peso solos? Cantar, rezar, celebrar o emocionarnos en masa altera por completo la experiencia emocional, generándose así una sincronía social inigualable.
Víctor Casallo, jefe del Departamento de Filosofía y Teología de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya recalcó que al cantar o celebrar en comunidad no estamos simplemente coincidiendo en un espacio: “Nos hacemos uno con la canción o el ritual; si algo nos gusta, lo vivimos en nuestros rostros, gestos y todo nuestro cuerpo. No solo hacemos algo a la vez, sino que nos hacemos una sola voz”. En la experiencia de fe, por ejemplo, los creyentes abren su atención desde la voz, el cuerpo y la mente hacia una presencia central y compartida.
Ese sentido de pertenencia no es un lujo emocional, sino un escudo protector. Tal como advirtió la doctora Sullivan, la conexión social real reduce el aislamiento y facilita el afrontamiento del estrés. “Una comunidad no resuelve por sí sola la ansiedad o la depresión, pero puede ofrecer compañía, contención, sentido y una red emocional que ayuda a no cargar con todo en soledad”.
Y cuando a esa unión le sumamos ciertos elementos —canciones, símbolos, rituales o códigos compartidos— la pertenencia se vuelve todavía más profunda, generándose una identidad colectiva. Es decir, una parte de cómo nos vemos nosotros mismos se define a través de los grupos a los que sentimos que pertenecemos.
“Una canción o un ritual puede recordarnos quiénes somos, qué valoramos y con quiénes compartimos eso. Esto puede ser especialmente significativo en momentos de incertidumbre o estrés, porque sentir que formamos parte de una comunidad puede aportar continuidad, significado y una sensación de conexión con algo que trasciende nuestra experiencia individual”, sostuvo Maricielo Silva,
A primera vista un concierto de K-pop y una multitud congregada por la visita del Sumo Pontífice parecen universos distantes, pero en su núcleo emocional responden a los mismos engranajes humanos.
En el caso de BTS, la experiencia va mucho más allá de la música. Sus letras abordan vulnerabilidades muy humanas: las inseguridades, la presión, crecer, equivocarse o aprender a valorarse. Los seguidores encuentran allí un espejo donde validar sus vivencias: “Al compartir qué significó una letra en un momento difícil, no están compartiendo solamente música; también están compartiendo parte de sus propias historias. Esta comunidad satisface la necesidad de expresarnos y de darle significado a lo que vivimos”.
Por otro lado, frente al dolor, la pérdida o la crisis, la fe y el ritual comunitario movilizan otra respuesta igual de potente. Una experiencia espiritual permite encontrar sentido y sostener la esperanza cuando el panorama es incierto: “La fe no elimina el dolor ni hace que desaparezcan las dificultades, pero ofrece una manera de comprender y afrontar lo que vivimos. En el caso del papa León XIV, para los peruanos se suma un elemento de cercanía por la labor pastoral que desarrolló en el país”, aseguró Silva.
Entonces, ¿en qué se parecen y en qué se distancian? Para la doctora Amy Sullivan, ambas realidades comparten una misma base: ofrecen pertenencia, identidad compartida, emoción colectiva, símbolos, rituales y un lenguaje común. Tanto una comunidad de fe como un fandom pueden ayudar a que una persona se sienta vista, acompañada y conectada con otros que comparten algo significativo.
Aunque no cumplen exactamente con la misma función, en el fondo, late un anhelo profundamente humano: no solo queremos sentirnos bien; necesitamos urgentemente saber que formamos parte de algo que tiene sentido para nosotros.
“Por unas horas me olvidé de todos mis problemas”
Cuando las luces del estadio se apagan o las multitudes se dispersan, es muy común experimentar esa sensación de hacer conseguido, por unas horas, un respiro absoluto frente a los problemas. Y es que olvidarnos de las preocupaciones durante un rato no tiene nada de negativo, al contrario, todos necesitamos espacios de descanso donde podamos reír, bailar, viajar o compartir con otras personas sin pensar en el peso del día a día.
“Una pausa saludable permite descansar y después regresar a las responsabilidades con más energía”, subrayó Flor de María Arrunátegui.
Sin embargo, ese respiro no se desvanece con el fin del evento. Lo que hace que una vivencia deje una huella duradera es su capacidad de integrarse a nuestra propia historia. Para la psicóloga Maricielo Silva, no se trata solo de pensar “la pasé bien”, sino de reconocer qué significó, qué emociones despertó y qué nos hizo recordar de nosotros mismos.
Una canción puede quedar asociada a una etapa de resiliencia, una celebración puede renovar la fe o un encuentro puede recordarnos que no estamos solos. Con el tiempo, esos recuerdos y esos vínculos construidos se convierten en recursos reales a los que podemos volver cuando necesitamos motivación, consuelo o esperanza.
Por eso, más allá de la fiebre de BTS o de la inminente llegada del papa León XIV, estos fenómenos revelan una verdad fundamental sobre nuestra naturaleza. En una sociedad atravesada por la incertidumbre, es fácil que nuestra atención quede atrapada en lo que puede salir mal. Pero tener algo que esperar, algo que compartir y algo que nos permita sentirnos parte de una comunidad actúa como un poderoso factor protector de la salud mental: nos permite mirar hacia adelante, conectar con otros y recordarnos que nuestra vida tiene significado y futuro.
Al final, la salud mental no consiste en vivir en un mundo sin problemas, sino en contar con los recursos necesarios para afrontarlos o superarlos. Un concierto, una celebración de la fe o cualquier espacio significativo para nosotros si bien no sustituye la atención profesional cuando existe un malestar persistente, sí nos entregan algo vital: un motor para ilusionarnos, una red para sostenernos y un horizonte hacia el cual caminar.
