Adaptar la poesía de Blanca Varela al teatro parece, a simple vista, una empresa abismal. Su palabra es dura, encerrada, sin concesiones ni progresiones lineales. Sin embargo, en “Blanca, ponte un alma” (puesta en escena presentada en el Británico Cultural), el director K’intu Galiano y la actriz Alejandra Guerra asumen el desafío de convertir esos versos en cuerpo, acción, espacio y respiración.
Ambos, tanto el director como su actriz, reflexionan sobre el proceso de bordear la figura de la poeta sin erigir una estatua de bronce a su alrededor, el rigor que implica memorizar un lenguaje no convencional, la brecha entre las nuevas generaciones de intérpretes y la literatura, y el valor espiritual del arte en un mundo dominado por el pragmatismo y la competencia.
Traducir el verso en acción
—La poesía de Blanca Varela es dura, hermética; no es sentimental ni lineal. ¿Cómo se aborda el reto de trasladar esos versos a la acción teatral?
Alejandra Guerra: Es un trabajo muy fuerte. Yo soy mamá, entonces el peso de ciertos temas me toca de una manera muy particular. Y Blanca tiene una poesía dura, nada fácil de desentrañar; no te da concesiones de ningún tipo. Convertir eso en acción, lograr que tenga sentido en el escenario. Eso era lo que me parecía más loco y complejo de este proyecto. Normalmente, cuando uno lee a Blanca Varela, el texto te remite a más páginas o a otros autores, pero dar el salto al teatro era un abismo. En la obra, mientras los demás personajes hablan de cosas cotidianas o normales, a mí me toca sostener y articular los textos de Blanca Varela. Y el reto más grande para mí es apropiarme de lo que estoy diciendo, buscar qué hay detrás de la palabra. Ella no tiene una progresión aristotélica, y como actriz no habitas un lugar cómodo, coherente o cotidiano como con otros autores. Aquí hay que decodificar constantemente, tomar decisiones y libertades, porque al fin y al cabo esto es una obra de teatro.
—Mencionabas que, además de la densidad del lenguaje, el proceso de memorización ha sido particular. ¿Cómo es aprenderse de memoria la poesía de Varela a diferencia de un texto dramático tradicional?
Alejandra Guerra: Es dura de memorizar. Yo me considero una actriz con muy buena memoria, pero su poesía no es recta ni lineal en absoluto. En una obra convencional o en poesías con otra métrica o narrativa, vas construyendo una secuencia lógica de ideas. Acá no, acá tienes que ir línea por línea entendiendo el sentido interno, descubriendo por qué una imagen irrumpe tras otra. Afortunadamente, contar con K’intu en la dirección ha sido maravilloso porque él lo tiene clarísimo. Él te guía y te dice: “Esto significa esto, la intención va por aquí”. Pero la memoria física y verbal exige una concentración absoluta.
—K’intu, en tu caso como dramaturgo y director, ¿cómo se encaró la figura de una poeta icónica como Blanca Varela sin caer en la trampa del biopic o la biografía lineal?
K’intu Galiano: El punto de partida requirió dos lugares distintos. El primero fue un profundo respeto y admiración desde el lugar del lector impactado por la poesía de Blanca. En ese sentido, la obra es, en un aspecto muy claro, un homenaje a ella, a su trabajo y a su humanidad. Pero, por otro lado, era indispensable entender que una obra de teatro es una pieza autónoma. De ninguna manera podíamos circunscribirnos al rigor histórico o a la intención de hacer una estatua fiel de lo que fue Blanca. Para empezar, porque Blanca Varela —como cualquier ser humano— es insondable. Una cosa es hacer un ensayo histórico o un trabajo de crítica literaria, y otra muy distinta es hacer una obra de teatro.
He partido de ese respeto, encarando la historia de Blanca principalmente a través de lo que intuyo como una energía que se plasma en sus versos. A partir de ahí me he permitido iluminar hitos de su trayectoria y pasajes de su obra dentro de un tramado que deviene en un acontecimiento en sí mismo: la obra teatral. Aparecen muchos personajes cercanos a ella, pero en ningún caso nuestra intención fue hacer un calco ni una imitación biográfica. Aprovechamos el poder simbólico del teatro para entretejer una pieza compleja, con mucho espacio y mucho tiempo. Creo que es la manera correcta de acercarse a un proyecto como este.
—Además de la palabra, la obra tiene una apuesta muy fuerte por la composición física y el uso del espacio. ¿Cómo se construye visualmente este universo?
Alejandra Guerra: Hay una potencia enorme a nivel espacial. La dramaturgia del espacio y la composición generan estados casi como un resultado automático en el espectador y en nosotros. La forma en que trabaja K’intu no es convencional; yo diría que es casi como una constelación. Hay una energía y una tensión que se compone a partir de cómo estamos situados en el escenario. Y eso nos ayuda muchísimo a sostener el reto de encarnar ese lenguaje. Además, la obra juega con la figura de los espejos: el personaje de Vania Accinelli es la Blanca joven y el mío es la Blanca en el ocaso de su vida, a los 80 años. Obviamente yo no tengo 80 años, pero la energía del personaje, conectada con la juventud de Vania y con la presencia de todo el elenco, le da una fuerza muy especial.
—Mencionan un elenco de seis actores en escena interactuando con elementos muy despojados. ¿Cómo funciona la colectividad en este montaje?
K’intu Galiano: Es un montaje donde le sacamos todo el jugo a la colectividad. Son tres actores y tres actrices que, con apenas un tablón de madera, dan vida a un sinfín de personajes, espacios y tiempos. Ese despojo escénico exige que el trabajo corporal, el ritmo y la confianza entre todos funcionen con absoluta precisión. Es una experiencia teatral muy rica donde el espacio no es solo un fondo, sino un catalizador de las emociones y de la poesía.
—A las funciones asistirán lectores devotos de Blanca Varela, pero también personas que jamás han leído un verso suyo. ¿Qué esperan que le suceda a ese espectador que llega “a ciegas”?
K’intu Galiano: Creo que cada uno recibe y entiende cualquier experiencia artística desde su propio continente y su propia perspectiva. Si viene alguien para quien esta es su primera obra de teatro, el impacto será totalmente distinto al de alguien que consume artes escénicas de manera regular. Pero la posibilidad de que alguien descubra a Blanca Varela a través de esta obra y que sea una puerta de entrada a su poesía es algo que me emociona muchísimo.
Me pasó hace un par de años con un proyecto similar sobre la figura y la obra de José Watanabe. Watanabe es un poeta maravilloso, pero quizás más insular, no goza de la fama masiva que tiene Blanca. En ese momento, muchísima gente que no lo conocía descubrió su trabajo en el teatro y luego fue a buscar sus libros. Eso fue hermoso. En el caso de Blanca, a mí su poesía me estalló cuando era muy joven. Fue un impacto tremendo que me generó una sensación de confianza, de sentirme menos solo en el mundo y entender que esa niebla que yo experimentaba en mi vida también había sido habitada por otra persona. Como decía Octavio Paz, las palabras de Blanca son «una piedra negra tatuada al sol». Mi aspiración más noble es que quienes la conocen disfruten viendo sus versos vivos en el cuerpo de los actores, y que quienes no la conocen tengan esa maravillosa revelación.
—La poesía, entendida no solo como texto escrito sino como una forma de habitarnos, cruza gran parte de tu trabajo. ¿Qué espacio ocupa en tu vida cotidiana?
K’intu Galiano: La poesía me parece un objeto fundamental de la humanidad. Por supuesto que hay circunstancias en las que estamos atrapados, asfixiados o presionados por la miseria en diferentes ámbitos y tenemos que volcarnos a sobrevivir. Pero para las personas que tenemos la fortuna y el privilegio de trascender esa esfera básica, el ámbito artístico en general, y el poético en particular —que desde mi perspectiva es un ámbito profundamente espiritual—, es crucial. Te permite acceder a una dimensión de la vida que es parte fundamental de la existencia. Te da una respiración más amplia.
Yo tengo una hija chiquita de tres años y debo atender una serie de cosas muy pragmáticas del día a día, pero mantener una mirada poética me hace tener una valoración más profunda de lo efímero. Mientras mi hija come los tallarines que le he cocinado, me conmuevo porque sé que este momento está pasando entre mis dedos, que la luz que le cae o su sonrisa son un milagro. La poesía es eso: una forma de ver el mundo. Y no me parece casualidad que el Perú sea un país tan rico y complejo que haya producido un catálogo tan alto de hombres y mujeres poetas.
—Alejandra, en tu rol como docente y mentora de actores jóvenes, ¿cómo ves la relación que tienen hoy las nuevas generaciones con la literatura y la poesía?
Alejandra Guerra: A mí me preocupa y me ocupa mucho. Cuando trabajo con chicos jóvenes les digo siempre: “Antes de empezar con el dramatismo, apropiense del texto, hagan suyo este poema, descubran qué hay detrás de la palabra, renómbrenla. No se queden solo con lo que les doy yo: investiguen, lean, hablen con amigos que leen y que se emocionan con la literatura”. Sin embargo, chocas con que muchos jóvenes hoy te dicen abiertamente: “Yo nunca he leído un poema”. Y quieren ser actores o actrices.
Siento que hay una idea de divorcio entre la actuación, la literatura y la poesía. Hay gente que busca la actuación únicamente para salir en la televisión o buscar una figuración rápida. Se mezclan los estereotipos y una pérdida de curiosidad. Yo les insisto a mis alumnos, les busco precios accesibles para que vayan al teatro, porque es una época difícil donde se ha perdido mística. Cuando yo era joven, no teníamos mucha plata, pero hacíamos lo imposible por consumir arte, por leer, por ver obras, por discutir. Hoy todo es infinitamente más pragmático.
—K’intu, ¿cómo afecta ese pragmatismo a la creación artística en general?
K’intu Galiano: El consumo pragmático e individualista ha llegado a niveles realmente peligrosos. Todo el mundo parece estar en una carrera desesperada por “ser exitoso” bajo los parámetros del mercado. Y el arte no va de eso. El arte es esa avenida lateral de la vida que te devuelve una mirada más profunda y reflexiva. Y además es una práctica esencialmente colectiva, algo que va a contracorriente de la competencia feroz que nos rodea. El teatro nos obliga a reunirnos en una sala a construir algo juntos, a mirarnos a los ojos y a compartir una experiencia humana viva.
—¿En qué momento de sus carreras y de sus vidas los agarra este proyecto sobre Blanca Varela?
Alejandra Guerra: Para ser muy honesta, es algo muy lindo como trabajo colectivo, pero a mí personalmente me agarra atravesando un momento complejo de mi vida. La obra me toca, me interpela y me remueve muchísimo. El grupo humano que se ha formado entre actores y actrices es maravilloso; estamos todo el tiempo entrenando, mirándonos, apoyándonos. No hay un egoísmo de “mi escena” o “tu escena”; es como una gran danza compartida. Abordar este texto en este momento me exige estar presente con todo lo que soy.
K’intu Galiano: Siento que todo el grupo ha atravesado las cosas necesarias en sus vidas para estar hoy en este escenario. Hay obras que suponen un cierto kilometraje, no solo a nivel técnico o profesional, sino vital. Me siento con la capacidad y la madurez de atreverme al desafío que supone una figura como Blanca Varela, con todo el respeto que merece, pero también con las herramientas que he ido acumulando en el tiempo.
Y hay algo fundamental para mí en esta etapa de mi vida: hace tiempo que decidí encaminarme hacia el trabajo desde el amor y el disfrute, habiendo roto palitos definitivamente con ese viejo paradigma que decía que para hacer algo valioso en el arte había que sufrir y empantanarse. Este es un montaje hecho desde el amor. Aunque abordamos circunstancias dolorosas y difíciles —como las hubo en la vida de Blanca—, el horizonte de la obra es profundamente luminoso. Queremos aprovechar la circunstancia particular de Blanca Varela para trasladarla a una vivencia universal de todo ser humano: la vida es compleja de transitar, sí, pero todos somos soplos al viento y todos vamos a llegar al mismo final. Ojalá que cuando a mí me toque el momento de morir, lo haga con una sonrisa en el rostro, con los brazos abiertos y soltando todo lo vivido para descubrir qué viene después.


