La doctrina social de la Iglesia tiene una dimensión performativa, una esencia funcional, busca implementarse para servir a la sociedad. No se trata de principios abstractos que nacen de la meditación teórica sobre una realidad política. Toda la doctrina social de la Iglesia (DSI) tiene un objetivo muy concreto: promover el bien común y derrotar al enemigo público. Desde su primer enunciado, la DSI reconoce la existencia de una autoridad que se legitima por la búsqueda realista del bien común. Este bien común solo puede fomentarse resaltando la función esencial del trabajo en la creación de una civilización de paz y justicia.
Esta civilización de paz y justicia puede y debe construirse desde los principios de la DSI. La aplicación de los principios, tan vinculada a la praxis romana, no solo ayudó a consolidar un orden jurídico concreto, también aseguró la viabilidad de un proyecto político sobre el que se fundó todo el orbe occidental. Así, partiendo siempre del principio de realidad (no todas las circunstancias son semejantes), Roma gobernó culturas distintas, civilizaciones antagónicas, poderes de diversa envergadura y origen. Sobre las diferencias, los principios triunfaron, porque todos estaban nutridos no del espejismo de las ideas sino de la solidez de aquello que se puede tocar.
Por eso, la DSI es funcional a nuestra realidad. El Santo Padre, poco antes de iniciar su viaje a Lima, lo acaba de resaltar, una vez más. La autoridad debe buscar el bien común, recordando la opción por los pobres, por los trabajadores, por el débil de la sociedad. Primero el débil, primero el que sobrevive, el que lucha por su subsistencia. He allí la gran razón de nuestro Estado.

